El desencanto de la juventud china
La juventud china se encuentra en una encrucijada histórica marcada por expectativas incumplidas y horizontes que se estrechan.
Tras décadas de crecimiento económico vertiginoso que prometía ascenso social a cambio de esfuerzo, millones de jóvenes graduados descubren que las reglas del juego han cambiado.
El desempleo juvenil se mantiene por encima del 17% desde julio de 2025, con 12.22 millones de universitarios —la promoción más numerosa de la historia— compitiendo por vacantes cada vez más escasas y muchos optan por trabajos muy por debajo de su cualificación. Por ejemplo más del 20% de los repartidores de las principales plataformas de entregas a domicilio tienen título universitario.
Ante la incertidumbre del sector privado, un número récord de graduados está virando hacia el funcionariado: 3.7 millones de candidatos se presentaron al examen de servicio civil en diciembre de 2024, compitiendo por apenas 38.100 plazas, un ratio de casi 100 aspirantes por puesto.
La preferencia por empleos públicos ha saltado del 42% en 2020 al 63% en 2024, mientras quienes buscan trabajo en empresas privadas han caído del 25% al 12.5% en el mismo periodo.
Esta frustración ha cristalizado en movimientos culturales de resistencia pasiva que las autoridades no logran contener. El 'tang ping' (tumbarse) y el 'bai lan' (dejarlo podrir) expresan el rechazo de una generación a seguir participando en una competencia feroz que ofrece rendimientos decrecientes.
Frente a jornadas laborales de 9 a 9 durante seis días semanales, la infame cultura 996, muchos jóvenes han decidido reducir al mínimo sus ambiciones de consumo, carrera y familia.
Un documento oficial de Guangzhou reconoció que los
cuatro no (no citas, no matrimonio, no comprar vivienda, no tener descendientes) se están extendiendo ya al 10% de la juventud encuestada.
Las consecuencias demográficas son irreversibles a corto plazo. China registró en 2024 el menor número de matrimonios desde que existen estadísticas (6.1 millones, un desplome del 20.5% respecto al año anterior), mientras la tasa de fertilidad ha caído a 1.0, muy por debajo del nivel de reemplazo de 2.1.
El gobierno ha respondido con subsidios, cursos universitarios sobre amor y matrimonio, y campañas de energía positiva, pero estas medidas chocan contra realidades estructurales, con viviendas que cuestan más de 20 veces el ingreso anual, discriminación laboral hacia las mujeres que son madres, y un sistema educativo que somete a los estudiantes a más de 11 horas diarias de estudio preparando el gaokao, la selectividad china.
En el fondo, lo que atraviesa China es una crisis de fe en el futuro.
Como señalan los demógrafos, detrás del colapso de la natalidad hay dos grupos: quienes quieren descendientes pero no pueden permitírselos, y quienes simplemente han dejado de ver sentido a traer niños a un mundo que perciben como hostil.
Encuestas entre universitarios revelan que solo el 49% de las mujeres y el 74% de los hombres expresan intención firme de casarse. Para una generación que vio a sus padres sacrificarlo todo por el pogre colectivo, la respuesta ha sido un repliegue individual.
Si el sistema no cumple su parte del contrato social, ellos tampoco cumplirán la suya.