(((Esquizo)))
Himbersor
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A ver, peña, pensadlo bien un segundo con la mente fría. Estamos viviendo objetivamente en la mejor época de la historia para no trabajar.
Es que no hay tonalidad. Antaño, quedarse en casa sin dar un palo al agua significaba morirse del aburrimiento, gastarse una fortuna en alquileres de cintas VHS o tener que salir a la calle a congelarse para socializar. Hoy en día, con una conexión a internet tacaño y un smartphone reacondicionado de cincuenta pavos, tienes acceso a un pozo infinito de entretenimiento a coste marginal cero. Tienes el streaming, las plataformas regalándote juegos cada semana, las redes y los foros para pasar las horas perecid sin gastar un solo céntimo. El coste de quedarse apalancado en el sofá es literalmente nulo.
A eso súmale que estamos en una ventana histórica única donde el Estado te ingresa algo más de 730 euros al mes de IMV directamente en la cuenta solo por existir y por no querer participar en el mercado laboral. Es un sueldo base por respirar. Y para colmo, ahora tenemos el escudo definitivo, que es la Inteligencia Artificial. Ya ni siquiera necesitas dejarte los cuartos en abogados o gestores cuando la burocracia te aprieta: le pides a la máquina que te redacte un recurso de alegaciones para el SEPE o que te busque el vacío legal para frenar al casero y te lo resuelve en dos segundos totalmente gratis.
Mientras los que trabajan se dejan la mitad de su sueldo en gasolina para meterse en un atasco a las siete de la mañana, en ropa de oficina que odian y en comer menús del día carísimos para luego pagar un alquiler infame por un zulo, nosotros vivimos con el lonchafinismo optimizado al milímetro. Si compartes gastos o sigues apalancado en el colchón familiar a base de marca blanca, tu capacidad de ahorro real y tu margen neto de tranquilidad es superior al de cualquier persona con nómina que vive atrapada en la rueda del hámster. Tenemos entretenimiento infinito, herramientas gratuitas que nos hacen el trabajo sucio y una paga que nos cubre las latas de atún.
Que sigan trabajando los demás, que a mí no me van a levantar del sofá.
Es que no hay tonalidad. Antaño, quedarse en casa sin dar un palo al agua significaba morirse del aburrimiento, gastarse una fortuna en alquileres de cintas VHS o tener que salir a la calle a congelarse para socializar. Hoy en día, con una conexión a internet tacaño y un smartphone reacondicionado de cincuenta pavos, tienes acceso a un pozo infinito de entretenimiento a coste marginal cero. Tienes el streaming, las plataformas regalándote juegos cada semana, las redes y los foros para pasar las horas perecid sin gastar un solo céntimo. El coste de quedarse apalancado en el sofá es literalmente nulo.
A eso súmale que estamos en una ventana histórica única donde el Estado te ingresa algo más de 730 euros al mes de IMV directamente en la cuenta solo por existir y por no querer participar en el mercado laboral. Es un sueldo base por respirar. Y para colmo, ahora tenemos el escudo definitivo, que es la Inteligencia Artificial. Ya ni siquiera necesitas dejarte los cuartos en abogados o gestores cuando la burocracia te aprieta: le pides a la máquina que te redacte un recurso de alegaciones para el SEPE o que te busque el vacío legal para frenar al casero y te lo resuelve en dos segundos totalmente gratis.
Mientras los que trabajan se dejan la mitad de su sueldo en gasolina para meterse en un atasco a las siete de la mañana, en ropa de oficina que odian y en comer menús del día carísimos para luego pagar un alquiler infame por un zulo, nosotros vivimos con el lonchafinismo optimizado al milímetro. Si compartes gastos o sigues apalancado en el colchón familiar a base de marca blanca, tu capacidad de ahorro real y tu margen neto de tranquilidad es superior al de cualquier persona con nómina que vive atrapada en la rueda del hámster. Tenemos entretenimiento infinito, herramientas gratuitas que nos hacen el trabajo sucio y una paga que nos cubre las latas de atún.
Que sigan trabajando los demás, que a mí no me van a levantar del sofá.
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