Verano de 2026: el más cálido desde 1869 y septiembre sigue a 34 grados
El verano cerró oficialmente el 22 de septiembre y el termómetro no se ha enterado. En el norte de España se han registrado 33-34 grados en plena cuesta de septiembre, temperaturas de pleno verano y no de un otoño recién estrenado. La paradoja no está en el calendario: el verano más cálido jamás medido en España se está midiendo, precisamente, cuando ya debería haber acabado.
El balance oficial no admite matices. El verano de 2026 se coloca como el más cálido en España desde 1961, cuando arranca la serie histórica de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet), y también como el más cálido de los últimos 157 años si se toma la reconstrucción climática que la agencia prolonga hasta 1869. El informe, presentado en Valencia por el equipo de climatólogos y el portavoz Rubén del Campo, añade un segundo aviso: la previsión apunta a un otoño más caluroso de lo habitual.
Veranillo de San Miguel: la explicación que no explica todo
El calor de finales de septiembre tiene nombre desde hace siglos. El veranillo de San Miguel, en torno al 29 de septiembre, sube las temperaturas entre 3 y 6 °C por encima de lo normal, con máximas de 28-30 °C o más en el sur e interior y hasta 35-38 °C en los valles del suroeste. Detrás llega el de San Martín. Que el fenómeno exista no está en discusión; que sirva para justificar 33-34 grados en el norte, bastante menos.
Qué dicen los datos del 22 de septiembre en Madrid-Barajas
La estación del Aeropuerto de Madrid-Barajas tiene registro para esa fecha desde 1961. Los 33,0 °C de 2026 quedan por debajo de los 34,2 °C de 1970, los 34,0 °C de 1983 o los 33,6 °C de 2018, pero muy por encima de los 28-30 °C que dominaron buena parte de los ochenta, los noventa y los dos mil. La recopilación completa, año a año, está ahí para quien quiera comparar. No es el récord absoluto de la fecha: es que la franja alta se ha convertido en la nueva normalidad.
Cambio climático, ciclos naturales o vapor de agua
Aquí el consenso se rompe. Una corriente sostiene que la estadística no deja margen: la sucesión de veranos extremos y la persistencia del calor fuera de los episodios de ola de calor apuntan a una causa antropogénica. Otra defiende que el clima siempre ha oscilado, que las reconstrucciones históricas son discutibles y que el vapor de agua pesa más que el CO2 en el balance. Una tercera acepta el fenómeno pero rechaza las políticas de mitigación mientras otros países no recorten emisiones. Ninguna de las tres tiene intención de moverse.
Con el otoño arrancando por encima de lo habitual y un invierno que nadie se atreve a pronosticar, queda la pregunta incómoda: ¿cuántos septiembres a 34 grados hacen falta para dejar de llamarlo veranillo?