El 5% del PIB en defensa: 80.000 millones que nadie quiere pagar
Subir el gasto militar del 1,5% al 5% del PIB es la propuesta que planea sobre el presupuesto español, y la respuesta mayoritaria es un no. El montante ronda los
80.000 millones de euros en armamento y satélites, una cifra que, según los críticos, no compra seguridad sino dependencia: cada diez años hay que renovar el material y, con él, volver a la mili y a los conflictos para justificar el gasto. El argumento más repetido no niega la necesidad de defenderse, sino el destino del dinero.
La comparación con Estados Unidos es el primer golpe a la propuesta.
EEUU gasta por debajo del 4% del PIB y aspira a quedarse en el 2,5%, mientras a España se le exige un 5%. Para una parte del análisis, eso no es un estándar de la OTAN sino un
peaje comercial: el dinero acaba en la industria armamentística estadounidense, no en la española. La pregunta que sobrevuela es qué pasaría si la respuesta fuera «de acuerdo, pero el 5% se gasta íntegramente en industria europea».
¿Por qué se rechaza el 5% y no el 2,5%?
Porque el 2,5% se percibe como un suelo asumible y el 5% como una imposición ajena. La propuesta que más consenso genera es
subir hasta el 2% o el 2,5% y parar ahí. Quienes defienden el incremento moderado no discuten la amenaza exterior, discuten la factura: un salto al 5% obligaría a recortar pensiones, sanidad o educación, y el país no está para eso. El gasto militar no es una inversión neutra; sale del mismo bolsillo que la nómina y la consulta médica.
Hay una corriente que va más allá y pide
redistribuir lo ya gastado antes de ampliarlo. Sostiene que el 2% actual se ha diluido en partidas inútiles y que, con una reasignación quirúrgica, se cubrirían defensa antimisiles, submarinos, satélites propios y ciberdefensa sin poner un euro más. El cálculo completo, partida a partida, da para un artículo entero: no es solo cuánto, es en qué.
La trampa de comprar a EEUU: dependencia y veto
El segundo gran bloque de críticas apunta al proveedor. España no podrá comprar armas a Rusia o China, y la industria propia se desmanteló en su día. Queda
comprar a EEUU, con dos consecuencias: se paga sobreprecio y se compra un material que solo se puede usar cuando Washington lo autorice. El precedente de Ifni y el Sáhara planea en la memoria: armas vendidas con interruptor.
La paradoja marroquí cierra el círculo. Mientras se exige a España un 5%,
Marruecos compra armamento estadounidense sin que nadie le ponga deberes. Para una parte del análisis, la OTAN no defendería territorio español ante un ataque marroquí y EEUU favorece a Rabat. Gastar en armas para defender intereses ajenos, y no los propios, es el resumen de la postura más dura.
¿Y si el dinero se quedara en casa?
Aquí aparece el único punto de acuerdo entre bloques opuestos: si hay que gastar, que se gaste en
industria nacional. Navantia, Santa Bárbara, drones, munición, blindados. Quienes defienden el 5% con condiciones exigen que revierta en fábricas españolas, salarios decentes para la tropa y material operativo, no en cazas que se oxidan en almacenes ajenos. Hasta un 6% si el retorno es real.
El problema es la capacidad. Una parte del análisis duda de que España tenga masa laboral cualificada para fabricar armamento: si apenas se cubren puestos de hostelería, ¿de dónde salen los ingenieros de drones? La reconversión industrial no es un decreto, es una década. Y el reloj de la OTAN no espera.
El trasfondo geopolítico: ni OTAN ni Rusia, Europa
La discusión deriva hacia el marco de alianzas. Hay quien pide
abandonar la OTAN y crear una defensa europea, siguiendo el giro de Macron, con capacidad nuclear propia como disuasión. Otros recuerdan que España depende del paraguas occidental para su nivel de vida y que salirse es un ejercicio de irrealismo. El régimen del 78, dicen los más críticos, está montado para que ese debate no se pueda ni plantear.
La opción nuclear aparece como atajo lógico: ningún país con ese nivel de gasto carece de ellas. Pero el artículo 1 del Tratado de No Proliferación y la pertenencia a la UE lo bloquean. La discusión se atasca exactamente ahí: entre pagar el peaje, romper el marco o quedarse en el 2,5% y esperar. Nadie ha encontrado la salida.