Trump anuncia que EE UU tomará el control de Gaza y desplazará a su población
Donald Trump lo dijo sin rodeos en la Casa Blanca, junto a un Benjamin Netanyahu que no disimulaba la
Estados Unidos «tomará el control» de la Franja de Gaza, la «poseerá» y la demolerá para reconstruirla como la «Riviera de Oriente Próximo». El plan incluye desplazar de forma «permanente» a los 1,8 millones de gazatíes hacia Egipto, Jordania «y otros muchos países». No hubo detalles sobre cómo se ejecuta algo que choca con el derecho internacional, con media docena de resoluciones de la ONU y con la voluntad de quienes viven allí.
El anuncio cayó en una rueda de prensa con todas las alharacas en la Sala Este, la de mayores dimensiones de la residencia presidencial. Antes, reunión a solas, luego con los equipos al completo y después cena de trabajo. El momento era clave: sobre la mesa estaban la segunda fase del alto el fuego y el programa nuclear iraní. Trump firmó además una orden ejecutiva que devuelve la «máxima presión» contra Teherán.
Un dos por uno.
Qué significa «tomar el control» de Gaza
La letra pequeña no existe. Trump habló de «desmantelar todas las bombas peligrosas sin explotar y otras armas», crear «miles y miles de puestos de trabajo» y convertir el enclave en un lugar «internacional» donde «también» podrían vivir palestinos. En una entrevista posterior reconoció que la población no tendría derecho a regresar: «No, no lo harían», respondió al ser preguntado. Acto seguido matizó que se refería a que no hay nada a lo que volver, porque Gaza es hoy un solar de escombros.
Hay quien sostiene que se trata de una operación inmobiliaria disfrazada de política exterior, y el propio Trump alimentó esa lectura al describirse como promotor: «Piensa en ello como un desarrollo inmobiliario de futuro». El problema es que debajo de ese desarrollo viven personas que no han firmado ningún contrato de compraventa.
La solución de los dos Estados, enterrada sin ceremonia
La política oficial de Washington durante décadas —dos Estados, Israel y Palestina— quedó sepultada en una frase: «Hemos tratado la otra manera durante décadas y décadas y décadas. No va a funcionar». Netanyahu remató la faena calificando la iniciativa de «algo que puede cambiar la historia» de Oriente Próximo y alabando a Trump por llevar «a un nivel mucho mayor» el objetivo de que Gaza «nunca vuelva a suponer una amenaza para Israel».
El primer ministro israelí definió al presidente estadounidense como «el mejor amigo que Israel ha tenido nunca en la Casa Blanca». La luna de miel entre ambos, después de una relación más que borrascosa en el primer mandato, parece consolidada.
Egipto y Jordania: el «no» que Trump cree que se convertirá en «sí»
El plan exige que dos países vecinos absorban a casi dos millones de personas. Ambos han rechazado la idea de forma tajante. Trump, sin embargo, apeló a la generosidad: «Tengo la sensación de que aunque digan que no, el rey de Jordania y el de Egipto abrirán sus corazones y nos darán el tipo de tierra que necesitamos». La frase resume el nivel de realismo de la propuesta.
En el terreno económico, la ecuación es sencilla: Egipto atraviesa una situación financiera delicada y Jordania ya carga con millones de refugiados. Aceptar un traslado permanente de población gazatí no es solo un problema humanitario, es un riesgo directo para su estabilidad interna. Ninguno de los dos gobiernos ha dado señales de ceder.
El debate sobre si esto es limpieza étnica o reconstrucción
La discusión pública se ha partido en dos. Una corriente sostiene que expulsar a toda una población de su territorio tiene un nombre técnico en derecho internacional, y que el desplazamiento «permanente» encaja en esa definición. Otra defiende que Gaza es hoy un campo de escombros inhabitables y que la única salida pasa por reconstruir desde cero con financiación externa.
El cálculo más optimista asume que la reconstrucción generará empleo y riqueza; el escenario pesimista parte de que nadie garantiza el retorno ni la propiedad de la tierra. En medio, un dato incómodo:
el 90% de los edificios está derrumbado o inutilizable, según la descripción que se maneja en el propio anuncio. Reconstruir eso lleva años. Desplazar a la gente, un decreto.
El precedente de Gibraltar y el miedo a que la fórmula se exporte
No faltan quienes buscan paralelismos históricos. La operación recuerda, salvando las distancias, a lo que hizo Inglaterra con Gibraltar: echar a la mayoría de la población nativa y sustituirla por gente traída de fuera. La comparación circula con retintín y no es gratuita.
La pregunta que sobrevuela es si este tipo de soluciones se normalizan. Si el desplazamiento forzoso de población se convierte en herramienta legítima de política exterior, el precedente queda abierto. Y los precedentes, en geopolítica, siempre encuentran imitadores.
Trump ha prometido un desarrollo inmobiliario en una de las zonas más conflictivas del planeta. No ha explicado quién pone el dinero, quién garantiza la seguridad ni qué pasa si Egipto y Jordania mantienen el «no». Con estos mimbres, lo más probable es que el anuncio quede en eso, en un anuncio, y que la Franja siga siendo durante años un solar con gente debajo. Pero la solución de los dos Estados ya está enterrada, y eso no lo desentierra nadie.