La DANA convierte las comunidades digitales en campo de batalla de bots
El plan era sencillo: anotar cada cuenta nueva que apareciera al calor de la catástrofe y bloquearla. El autor del mensaje que abrió el asunto quería contabilizar los perfiles falsos y se quedó sin sitio. Rebasa el límite de
1.000 bloqueos que, según su propio relato, permite el sistema, vació la lista dos veces y confiesa el fracaso por escrito: «Me faltó lugar para meterlos a todos». La acusación de fondo —una operación de manipulación pagada con dinero público— no llega acompañada de ninguna prueba. Y ese es justo el nudo del asunto.
Astroturfing: por qué la desinformación se dispara con una catástrofe
Cuando ocurre un desastre, la demanda de información se multiplica antes de que aparezca la oferta verificada. Ese hueco lo ocupan primero los rumores y, si hay organización detrás, las cuentas coordinadas. El fenómeno tiene nombre viejo en la industria:
astroturfing, simular un movimiento espontáneo de base cuando en realidad hay una mano que empuja desde fuera.
En las horas posteriores al temporal que arrasó la provincia de Valencia, un participante empezó a fijarse en un patrón incómodo. Aparecían cuentas con años de antigüedad, sin apenas mensajes publicados ni reputación acumulada, que dejaban valoraciones positivas en los comentarios más incendiarios. ¿Marcaje? ¿Amplificación automatizada? Nadie lo demuestra, pero el comportamiento se repite y quien lo detecta lo cuenta.
El detalle que rompe el relato de la paranoia es otro: la supuesta red lleva meses ganándose una apariencia respetable. Cuentas que parecen «uno más» pesan mucho más que un perfil recién creado, y eso explica la obsesión por identificarlas.
El tope de 1.000 bloqueos y la petición de ampliarlo a 5.000
Bloquear es gratis y no exige pelea. Por eso la propuesta central del mensaje inicial es la más pragmática de todas: que cada cual meta en su lista de descartes a quien trate de minimizar lo ocurrido, y que el administrador de la plataforma eleve el tope de 1.000 a
5.000 cuentas. La lógica tiene su gracia: si los señalados necesitan perfiles nuevos para seguir opinando, se les reconoce antes. La lista, además, se pega en el primer mensaje, visible incluso para quien entra sin registrarse.
Del método se sabe poco y de su eficacia, menos.
Más de 200 bloqueos reconoce un usuario; otro asegura que lleva
17 años en estos sitios sin ignorar a nadie. Entre medias, una petición expresa al dueño de la plataforma que no consta respondida: ampliar el cupo y fijar el asunto arriba.
¿Por qué bloquear en masa puede volverse contra quien lo hace?
Porque aísla. La objeción más repetida contra las listas de descartes no es moral, es metodológica: si solo ves lo que te confirma, acabas radicalizándote tú. El argumento tiene un corolario incómodo para quien promueve la cruzada, y es que el fanático termina siendo el que cierra la puerta, no el que llama.
Hay una segunda línea de resistencia, más escéptica todavía: la de quienes sostienen que el volumen de cuentas falsas se está sobredimensionando. Si hubiera un interés real de manipulación, razonan, el público objetivo no serían los lectores ya convencidos de que el relato oficial miente. Es una crítica circular y difícil de rebatir, pero deja un poso útil: sin datos de tráfico no hay forma de medir cuánto de lo que se lee es artificial.
El camión frigorífico y los bulos de doble filo
El episodio más ilustrativo de la confusión no es una cifra, son dos vídeos. En uno, grabado de noche, se ve un camión frigorífico sin matrícula visible saliendo de un centro comercial de la periferia de Valencia, con controles previos en las rotondas. En el otro, diurno, se presenta un vehículo similar escoltado y se asegura que corresponde al mismo lugar. La acusación que circula es que el segundo se fabricó para desacreditar al primero, y que las dos piezas forman parte de la misma operación.
Nada de eso está verificado. Lo único comprobable es que la circulación simultánea de material auténtico y falso, sin etiquetas que los distingan, deja al lector sin criterio. También corre por las mismas redes la denuncia de que las cifras oficiales de fallecidos no se corresponden con la realidad, afirmación sin respaldo documental alguno. Repetirla no la convierte en dato; ignorarla no la hace desaparecer.
Moderadores automáticos: el frente que viene
Si la vigilancia manual ya se queda corta, la siguiente vuelta de tuerca asusta por aritmética. La predicción que circula es que los gestores de comunidad generados por inteligencia artificial serán imposibles de controlar: no se cansan, cuestan una fracción de lo que cuesta una persona y, además, dialogan entre ellos. Habrá programas dedicados a crear perfiles nuevos de forma continua.
Frente a eso, una lista de bloqueos es un cubo de agua ante un incendio. Y aun así, alguien tenía que llenarlo.
Queda la pregunta que nadie responde con números: si la manipulación es tan masiva y tan cara, ¿por qué se detecta sobre todo en los sitios donde ya nadie se cree nada?