España ya es el primer destino de los nacidos en Francia
La paradoja precede al pronóstico. Mientras se especula con una oleada de
refugiados franceses cruzando los Pirineos, el dato que ya existe dice casi lo contrario de lo que parece: España es el país que más personas nacidas en Francia ha recibido, según los registros de Datosmacro que se citan al abrir el asunto. El diagnóstico de partida es otro: un país vecino que se habría vuelto «extremadamente violento» en muy poco tiempo, con el tráfico de drogas extendido y una inseguridad que ya no se queda en la periferia de París. Entre lo que se teme y lo que se mide hay un trecho que nadie recorre del todo.
Por qué se habla de una salida masiva de Francia
El planteamiento inicial no habla de turistas ni de estudiantes de Erasmus. Habla de franceses nativos, muchos
con familia, que estarían buscando salida a un deterioro descrito como rapidísimo, con episodios de inseguridad en ciudades de provincia como Burdeos, Grenoble o Nantes, y no solo en la capital. Las alternativas que se barajan de entrada son tres: Bélgica, Suiza y Quebec.
Ahí aparece el primer matiz. Suiza y Quebec exigen visado de entrada; España, no. Eso deja como perfil probable al francés de clase media, emprendedor, que ya conoce el país por vacaciones y chapurrea algo de castellano. La memoria aporta un precedente: hace más de veinte años Barcelona ya tenía una colonia francesa considerable, con hijos de emigrantes españoles retornados, nombre de pila francés y apellido español.
¿A dónde irían de verdad los franceses que se marchan?
La respuesta no es unánime. Suiza, Quebec, Nueva Caledonia y Polonia aparecen como destinos más lógicos para quien tiene recursos. De Bélgica se duda: hay quien la considera un destino peor que el propio país de origen. Y una corriente escéptica sostiene que el francés está muy apegado a su tierra y acabará en su propio mundo rural —
el Périgord, el Macizo Central, Auvernia, Bretaña—, de modo que el volumen real de refugiados franceses que cruce la frontera sería marginal. En esa misma línea se apunta que siguen viniendo más españoles a Francia que franceses aquí.
El dato demográfico juega en otra dirección: si España es ya el primer receptor de nacidos en Francia, la pregunta no es si vendrán, sino cuántos llevan viniendo sin que el fenómeno tenga nombre.
El freno español: sueldos y mercado laboral
Es el argumento que más pesa contra el pronóstico.
Salvo que teletrabaje o llegue con un puesto cerrado en Francia y nómina francesa, un francés que se instale en España baja varios escalones de estatus económico. El norte peninsular, Asturias por ejemplo, encaja por clima y paisaje, pero no genera el empleo que exige una familia. De ahí que el flujo más probable sea el de jubilados con poder de compra y no el de trabajadores en activo.
Hay un segundo cuello de botella que se menciona con retintín: el parque de
vivienda pública. Se sostiene, sin aportar prueba alguna, que entre repartos y comisiones no queda suelo público con el que alojar a nadie, lo que limitaría cualquier política de acogida.
Qué efecto tendría en la vivienda
Para una parte del análisis, la llegada es sencillamente una buena noticia: dinamiza el sector inmobiliario y mete optimismo en la economía de las zonas receptoras. Málaga, Baleares y Madrid se señalan como los mercados con más capacidad de absorber compradores europeos con liquidez; Barcelona se descarta por otros motivos. Para otra parte, el efecto es el de siempre:
un motivo más para que el precio no baje.
Y aquí la geografía del dinero pesa más que cualquier discurso. Un jubilado francés con pensión completa compra donde le tratan bien; quien cobra en euros españoles no compite en esa liga.
Colegios, integración y el menú del comedor
El asunto se cuela en las aulas. Hay quien relata que en las clases de sus hijos ya hay varios niños franceses llegados por esta vía, y de ahí salta una queja muy concreta: la implantación de un menú halal para todo el comedor. Es una afirmación que se lanza sin ningún respaldo y que conviene tratar como lo que es, un testimonio suelto.
La crítica de fondo no apunta al origen de los recién llegados, sino a su
modus vivendi: pensionistas y familias del norte de Europa que, se argumenta, llevan veinte años en un pueblo sin integrarse, sin mezclarse, mientras las costumbres locales se apagan a su alrededor. La anécdota que resume el choque es la de un jubilado francés que, al ver a un vecino cargado con las bolsas de la compra, le espetó que el mundo estaba al revés: él comprando comida y las mujeres de fiesta.
Queda la pregunta que ninguna cifra responde. ¿Se está anunciando una llegada que aún no se ve, o describiendo con retraso una que ya ocurrió y a la que nadie puso nombre?