España ya absorbe el 28% de la inmigración que llega a la UE
En una farmacia de Vallecas, pedir un medicamento y encontrarlo es rutina. En otras latitudes, ese mismo gesto obliga a peregrinar de botica en botica. La escena, relatada por quien pasa largas temporadas fuera, sirve para calibrar el punto de partida. Porque España acaba de añadir a su currículum una medalla que no venía en el folleto: es el país que más población gana de la Unión Europea y su crecimiento económico se apoya, en buena medida, en esa entrada constante de personas.
Los datos que publica la prensa económica obligan a leer dos veces. España absorbió el 28% de toda la inmigración que recibió la UE y aportó por sí sola el 65% del incremento de población del bloque. Recibe más migrantes que Francia y Alemania juntas. La locomotora económica y la demográfica, viene a decirse, son las dos caras de la misma moneda.
El 65% del crecimiento de población de la UE, en un solo país
De cada tres personas que la Unión Europea sumó a su padrón, dos lo hicieron en España. El 28% de la inmigración comunitaria también aterrizó aquí, con Barajas, los flujos desde África y la llegada desde América Latina como principales puertas de entrada.
El argumento oficial es de manual: sin esa aportación, la economía española no lideraría el crecimiento europeo. El matiz es que sumar trabajadores no equivale a producir más por cada trabajador. Una economía puede engordar el PIB y seguir igual de magra en productividad y salarios. Crecer no es mejorar.
Paro alto y récord de entradas: la paradoja del mercado laboral español
El dato que descoloca no es el volumen, sino la combinación: España sigue siendo el país con más paro de Europa y es, a la vez, el que más personas recibe. Para una parte del análisis no hay paradoja, sino síntoma: existen segmentos que no se cubren con mano de obra local, de la hostelería al cuidado de mayores, pasando por la agricultura y la logística.
La lectura opuesta sostiene que la entrada constante de trabajadores presiona a la baja los salarios de la base y consolida un modelo de servicios de bajo valor añadido. Los dos diagnósticos pueden ser ciertos al mismo tiempo. Ese es, precisamente, el problema.
Vivienda: la comparación con 2005 que nadie quiere repetir
Hay un precedente incómodo. En 2005, España también construyó más viviendas que Francia y Alemania juntas; la historia acabó como acabó. Ahora el patrón se repite en otro registro: la construcción residencial española vuelve a superar a la suma de Alemania, Italia y Francia.
El resultado se ve en los alquileres, en las habitaciones compartidas y en la cuenta de quien llega sin arraigo y con un contrato de temporada. Entre propietarios con la hipoteca pagada circula una idea defensiva: blindar la casa. Suena a precaución individual. Es la constatación de que el parque de vivienda no absorbe población al ritmo al que la población llega.
Quién gana con el motor demográfico
A corto plazo gana el gran consumo y las compañías del IBEX 35: cada persona nueva es un cliente potencial, aunque compre poco. Si no tiene ingresos, el coste lo asume el aparato público —ayudas, servicios sociales, entidades— y el saldo, según una lectura crítica, se parece a una transferencia de renta desde las clases trabajadoras hacia las grandes empresas.
En el reparto de responsabilidades aparecen todos. Unos señalan las regularizaciones y la ley de nietos, que puede añadir cientos de miles de nacionalizaciones. Otros recuerdan que el grueso de las entradas viene de etapas anteriores y que ningún gobierno ha frenado la tendencia. Mientras se discute de culpables, la pregunta práctica —sanidad, transporte, vivienda, colegios— sigue sin respuesta presupuestaria.
Queda una cifra para los próximos años: Italia, con unos 56 millones de habitantes, aparece como la próxima en ser superada. No es una proyección oficial, es una estimación que circula. Las proyecciones demográficas tienen la mala costumbre de cumplirse antes de que alguien se moleste en discutirlas.