España lidera Europa en cocaína: 12 de cada 100 la han probado
Doce de cada cien españoles, más de cinco millones de personas, confirman haber probado la cocaína. Es la estadística más alta del mundo, según los datos que maneja el ensayo
¿Una rayita?, que radiografía por qué España se ha convertido en el país europeo donde más se consume. En 2007 eran ocho de cada cien. A comienzos de los 2000, cinco. La cifra se ha triplicado en dos décadas y el gramo sigue costando lo mismo que entonces: 60 euros. La pregunta ya no es si se consume, sino por qué aquí más que en ningún sitio.
El perfil del consumidor rompe el tópico del yuppie de Wall Street. La media europea de consumo se sitúa en el 1% de la población, el doble de la media mundial. En España esa media se dobla y se dispara hasta el quíntuple entre los 35 y los 45 años, con 400.000 adultos de esa franja como mayores consumidores. No es un fenómeno de ricos ni de marginados: es transversal, normalizado y silencioso.
Por qué España lidera el consumo de cocaína en Europa
La respuesta corta es que aquí hay más droga que en ningún sitio. La larga tiene que ver con la geografía, con la economía sumergida y con una cultura del ocio que difumina la frontera entre trabajo y fiesta. El ensayo describe un país donde la cocaína pasó de los bolsillos de la
beautiful people de los 80 a las bandejas de los estrenos, y de ahí a las colas del baño de cualquier bar un sábado por la noche. La ceremonia sigue siendo parte del consumo: se toma a escondidas, no se confiesa, pero es habitual.
Hay quien sostiene que el consumo se dispara porque el español medio necesita sentirse superior a quien tiene al lado, y la cocaína le da esa falsa autoestima durante unas horas. En contra pesa el argumento de que buena parte de lo que se vende como cocaína tiene poco de cocaína y mucho de otros polvos blancos, lo que abarata el hábito y reduce el daño real. El resultado es una sociedad que consume más por menos, con la pureza por los suelos y el precio congelado.
El precio que no sube desde la llegada del euro
El gramo cuesta 60 euros y lleva costando lo mismo desde los años 90. Es la única cosa que no ha subido de precio con el euro, ironizan algunos análisis. Esa estabilidad no es buena noticia: significa que la oferta se ha vuelto tan elástica y la competencia tan feroz que el margen se compensa con volumen y con corte. La adulteración es la norma, no la excepción. Hay relatos de vendedores que mezclan analgésicos molidos con tiza y rascan el pladur del baño para completar gramos. El cliente, con unas copas, no distingue.
El negocio, sin embargo, mueve dinero limpio hacia arriba. La pregunta que sobrevuela el análisis es quién blanquea. Los bancos aparecen una y otra vez en las sospechas: cualquier entidad financiera que se busque por su nombre más la palabra blanqueo arroja resultados. También se apunta a sectores económicos concretos, como el inmobiliario, donde se compran pisos en el extranjero con efectivo de origen desconocido. La impunidad de esas lavadoras es, para muchos, el verdadero escándalo.
Una sociedad agotada que necesita excitación artificial
El consumo no se explica solo por dinero. Hay una lectura más incómoda: España es un país triste, aburrido y deprimente, y la cocaína ofrece la excitación que la vida diaria no da. Esa tesis conecta con la idea de que la sociedad vive de
networkings y presentaciones, donde todo momento es bueno para celebrar y los límites entre trabajo y ocio se han difuminado. Un profesor entre clases, un camarero que se escabulle al baño, dos médicos en una guardia: el consumo atraviesa sectores y clases.
Frente a esa lectura, otra corriente subraya que el consumo es un síntoma de éxito mal entendido. La cocaína va asociada a droga de triunfadores, y en un país donde hasta el que gana 2.000 euros se cree el rey del mambo, el consumo se democratiza. El que más y el que menos se mete una raya mientras la economía va bien. Cuando lleguen las vacas flacas, el caballo volverá a correr desbocado, como en los 80.
El narcoestado que nadie quiere mirar
La hipótesis más incómoda sostiene que España funciona como un narcoestado desde la Transición. Las campañas políticas y las estructuras de poder se habrían financiado en parte con dinero de la droga, gestionado por redes que cruzan colores políticos. La ruta del bacalao no fue casualidad, sino un diseño del estado profundo: a cada época le corresponde un
boom de sustancias. En los 80 fue la heroína, en los 90 las drogas de diseño, y la cocaína siempre tuvo buena entrada porque la mayoría se iba para Europa. Por las Rías Baixas llegó a entrar el 90% de la que se consumía en el continente.
Es una tesis sin pruebas firmes, pero encaja con la sensación de que nadie tiene interés en combatir el problema. Si se hicieran tests de drogas a los políticos, se especula, no se salvaría casi ninguno. Y si el dinero del narcotráfico riega campañas y negocios, la guerra contra la droga es un simulacro. El análisis se atasca exactamente ahí: en la frontera entre la sospecha razonable y la prueba que nunca llega.
La cocaína se ha normalizado tanto que ya no sorprende a nadie. Ni a quien la consume ni a quien no. El gramo sigue a 60 euros, la pureza sigue cayendo y el país sigue liderando el ranking. Con estos mimbres, lo raro no es que España sea la primera de Europa. Lo raro es que a alguien le extrañe.