Antisionismo: patología, refugio o etiqueta que lo tapa todo
El antisionismo no es un diagnóstico clínico. Es un cajón de sastre donde caben la crítica legítima a un gobierno, la obsesión conspirativa y el odio viejo reciclado. La discusión arranca con un caso concreto: un sabotaje en plantillas de botas descubierto por el servicio de seguridad ruso, con explosivos que habrían llegado desde Polonia a través de Bielorrusia camuflados como ayuda humanitaria y un mensajero detenido. La noticia original no menciona ni a Israel ni a tecnología israelí. En las respuestas, sin embargo, el culpable ya estaba decidido antes de leer el artículo.
El patrón se repite: cada noticia negativa se convierte en prueba de una conspiración global. Explosivos, atentados, crisis económicas, lo que sea. El filtro ya está puesto. Quien sostiene esta tesis lo llama
refugio psicológico: paranoidismo elevado, resentimiento crónico contra los que triunfan, necesidad de sentirse moralmente superior sin esfuerzo. No hay pastillas ni internamiento. Hay burbuja de likes y repetición.
Qué se discute cuando se discute el sionismo
La definición del término es el primer campo de batalla. Un participante pide que se defina sionismo antes de opinar; otro responde que no piensa invertir la carga de la prueba. El intercambio revela el problema de fondo:
cada cual usa la palabra para lo que le conviene. Para unos es la autodeterminación de un pueblo; para otros, un proyecto colonial. Sin definición compartida, no hay debate posible.
Aparece entonces el argumento económico. Se enumeran bancos supuestamente fundadores de la Reserva Federal —Rothschild, Lazard, Warburg, Lehman, Kuhn Loeb, Chase Manhattan— para sugerir que el control financiero explica el apoyo occidental a Israel. Es el viejo mecanismo:
sigue el dinero, pero solo el dinero que conviene seguir. La respuesta es tajante: eso no tiene nada que ver con el sionismo. Y es verdad que la lista, por sí sola, no demuestra nada.
La alianza rojo-verde y el antisemitismo de manual
El mensaje inicial desarrolla una tesis más ambiciosa: la convergencia entre izquierda radical e islamismo político. Se remonta a 1920, al Congreso de los Pueblos de Oriente en Bakú, donde los bolcheviques habrían llamado a los musulmanes a una guerra santa contra el imperialismo británico. Se cita la Revolución iraní de 1979, cuando comunistas y ayatolás se aliaron contra el Shah y los islamistas acabaron masacrando a los comunistas.
La lección, dice el texto, la izquierda nunca la aprende.
Hoy se llama alianza rojo-verde. Los rojos ponen el marco moral, las universidades y los medios; los verdes ponen la masa demográfica, la violencia callejera y el dinero de Qatar, Irán o Turquía. El pegamento es el antisionismo. En los campus, banderas arcoíris ondean junto a banderas de organizaciones islamistas. En Europa, partidos de izquierda defienden políticas migratorias y atacan a Israel como Estado genocida.
Para la izquierda radical es una forma de mantener viva la revolución cuando el proletariado occidental le falló. Para los islamistas, una manera de usar las libertades occidentales para crecer demográficamente.
El elemento neonazi y la herencia hitleriana
No todo es izquierda. El mensaje inicial dedica un apartado al neonazismo: Hitler, el Mein Kampf, los Protocolos de los Sabios de Sión, la conspiración judía mundial. Grupos como los Proud Boys más radicales o figuras como Nick Fuentes siguen repitiendo que los judíos son una raza parásita que controla el dinero y los medios.
El antisionismo les viene de maravilla: Israel como cuartel general sionista. La diferencia con la izquierda es el envoltorio, no el fondo.
En el intercambio se cuela un dato histórico: en Alemania, en 1919, los judíos eran menos del 1% de la población, unos pocos cientos de miles. Aun así, el régimen nazi los convirtió en objetivo central. Otro participante recuerda que en esa época había campos de concentración en varios países —Estados Unidos con japoneses, Rusia con alemanes y chinos—, a lo que se responde que el antisemitismo no era un efecto colateral de la guerra, sino la idea fija del nazismo desde antes de tomar el poder.
¿Cómo no va a existir el sionismo?, zanja.
Del foro a la calle: el antisionismo como etiqueta social
La discusión deriva hacia el uso político del término. Hay quien sostiene que el antisionismo es una postura razonable, incluso obligada desde un punto de vista ético, ante las actuaciones del gobierno israelí. Otros responden que los únicos crímenes contra la humanidad que reconocen son los de Hamás, y que Israel mata civiles pero no ataca deliberadamente a civiles como hacen los terroristas.
La distancia entre ambas posiciones no es de matiz.
Aparece también la sospecha de manipulación organizada. Se afirma que la mayor parte del antisionismo militante en internet es agitprop ruso-iraní, con consignas idénticas repetidas en muchos idiomas. No son personas con problemas mentales, dice esta corriente: son cuentas coordinadas. La respuesta es que, aunque exista coordinación,
el odio preexistente es el caldo de cultivo sin el cual la propaganda no prendería.
Qué pasa cuando el antisionismo se convierte en coartada
El cierre del arco argumental es una advertencia: mientras Occidente siga negando el fenómeno por corrección política, seguirá creciendo. La etiqueta antisionista permite decir cosas que antes exigían disimulo. Ya no hace falta hablar de judíos: basta con hablar de sionistas.
El resultado práctico es el mismo.
Hay quien lo resume con una frase que no admite matices: mucho texto y siglos de expulsiones. Otros piden prudencia: una cosa es criticar a un gobierno y otra convertir cada noticia en una prueba de conspiración. La línea es fina y cada cual la coloca donde le conviene.
Con estos mimbres, el antisionismo seguirá siendo un cajón donde cabe todo, desde el análisis serio hasta el resentimiento más rancio. La pregunta no es si es un trastorno. La pregunta es quién paga la factura.