¿Se desquician las mujeres al cumplir años? La leyenda que no muere
La imagen de la mujer que con la edad se vuelve irascible, controladora y paranoica circula como verdad popular desde hace siglos. Un intercambio reciente de opiniones rescata el tópico con citas de Schopenhauer, referencias a la medicina griega y experiencias personales de hijos que sufren la transformación de sus madres. Pero, ¿hay algún dato que respalde esta idea?
Un estereotipo sin evidencia económica
Desde la antigüedad se vinculó el comportamiento femenino con el útero y las hormonas. Sin embargo, los estudios modernos sobre envejecimiento femenino no confirman un patrón universal de «desquicio» asociado a la edad. La llamada «histeria» nunca ha tenido base fisiológica demostrada. En términos de productividad y cuidado familiar, los datos de absentismo laboral femenino no muestran picos en la menopausia que avalen el mito.
El coste de cuidar a una madre anciana
El único aspecto económico relevante es el impacto del cuidado de personas mayores en las familias. Que una madre se vuelva más exigente o difícil puede traducirse en mayor carga para los hijos, que a menudo reducen jornada o abandonan el empleo. Pero eso no es inherente a la edad de la mujer, sino a las circunstancias de dependencia y salud, tanto físicas como mentales. Patologías como el Alzheimer o la depresión explican los cambios de comportamiento mejor que un supuesto desquicio genérico.
Una tradición misógina que persiste
Lo que revela la discusión es la fuerza del prejuicio: se atribuye a la condición femenina lo que en realidad son reacciones humanas al envejecimiento, la pérdida de autonomía o el estrés familiar. Mientras algunos insisten en que «vienen así de serie», una minoría recuerda que se trata de un estereotipo sin fundamento. La economía del cuidado, por cierto, sigue siendo un campo ignorado por estos debates.
El mito tiene resistencia, pero no supera el filtro de los datos. Como tantas leyendas urbanas, sobrevive porque encaja con una visión simplista del mundo. Sin estudios longitudinales que lo respalden, lo mejor es tomarlo con la misma ironía que merece cualquier prejuicio.
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