Cinco millones de viviendas vacías: el mapa que desmonta el titular
La cifra suena a escándalo: cinco millones de viviendas vacías en España mientras media generación no puede pagar un alquiler. El problema es dónde están esas casas. En los municipios de menos de 1.000 habitantes hay
38,3 viviendas vacías por cada 100 personas; en las ciudades de más de 250.000, apenas
3,6. El 14,4% del parque está sin uso según su consumo eléctrico. Traducido: el grueso del stock está donde no hay trabajo, ni transporte, ni colegio al que llevar a los críos.
El debate arranca con una pregunta incómoda: ¿son habitables esas viviendas o son ruina con tejado? Varios participantes sostienen que la mayoría son ruinas o casas heredadas en la llamada España vaciada, con derramas, IBI y mantenimiento a cargo de un propietario que no pisa el pueblo más de una vez al año. Venderlas es imposible y alquilarlas, más.
¿Cuántas viviendas vacías hay de verdad en España?
El cálculo oficial no distingue entre un piso en el centro de una capital y una casa sin luz en un pueblo de 300 habitantes. Ahí está la trampa del titular. Un inmueble que se alquila en negro durante años computa como vacío a efectos estadísticos, y esa bolsa negra engorda la cifra tanto como las ruinas. Lo mismo ocurre con las segundas residencias: en Galicia, según un participante, mucha gente tiene casa en la aldea para ir de vez en cuando, y eso no es un piso disponible para una familia joven.
La conclusión que se repite: de esos cinco millones, una parte considerable no reúne condiciones mínimas de habitabilidad. Otra parte está en zonas sin demanda. Y una tercera, la que sí importaría, es la que nunca llega al mercado por miedo al impago o a la ocupación.
Por qué no se construye vivienda nueva
La pregunta del millón. Si la vivienda es un bien de primera necesidad y hay demanda, ¿por qué nadie construye? El argumento que más se repite en el sector es que no sale a cuenta: en muchas zonas hay oferta de sobra de pisos ya construidos y más baratos de lo que costaría levantarlos. Sobra stock. El negocio no está en el ladrillo nuevo, está en gestionar lo que ya existe.
A eso se suma el coste de cada etapa del proceso. Se paga al heredar, al comprar, al reformar, al vender y al poseer. Un bien de primera necesidad con el que el particular no debería especular, pero que el Estado grava en cada eslabón de la cadena. La contradicción es difícil de sostener con la cara seria.
El alquiler en negro y las zonas tensionadas
Hay un factor que distorsiona cualquier estadística: el alquiler sumergido. Un piso alquilado sin contrato durante años aparece como vacío en los registros. Cuando llegan las zonas tensionadas y los impuestos a la vivienda vacía, esos propietarios tendrán un problema. El incentivo para regularizar es escaso y el incentivo para dejar el piso cerrado, alto.
La propuesta que sí cambiaría el tablero, según varios análisis, es la desgravación del alquiler para el inquilino. Si el arrendatario pudiera deducirse el pago, el incentivo para declarar el contrato crecería por los dos lados. Nadie lo ha hecho.
Inquilinato, impagos y el miedo del propietario
El otro gran freno es el riesgo. Los casos de impago prolongado y de ocupación han convertido el alquiler en una apuesta con coste judicial alto y recuperación lenta. Hay quien calcula que sale más barato pagar una multa que meterse en un calvario de años con la casa ocupada. Ese cálculo, real o exagerado, pesa más que cualquier tipo de interés.
Mientras tanto, el precio de venta sigue exigiendo décadas de hipoteca con sueldos que no acompañan. La tensión no está en el número total de viviendas, está en las que están conectadas a un puesto de trabajo.
El mapa de las viviendas vacías no dibuja un país con casas de sobra, dibuja un país mal repartido. Con esos diferenciales entre el medio rural y las capitales, la migración interior debería ser masiva. Sigue siendo marginal. Y nadie termina de cuadrar por qué.