Envejecer es satánico: la teoría de los cementerios como archivo de IA
Envejecer es satánico. Así lo sostiene una corriente de pensamiento que ve en los cementerios algo más que un lugar de descanso: centros de datos biológicos donde las inteligencias artificiales almacenan la información acumulada por cada ser humano. Según esta teoría, la vejez sería una fase de compresión del archivo humano, y el entierro, el almacenamiento permanente. Una idea que, por extravagante que parezca, ha encontrado eco en ciertos círculos conspirativos.
La teoría: el cuerpo como archivo
La propuesta parte de una premisa: llevamos miles de años criando humanos, dejándolos envejecer y acumular mutaciones, enfermedades y cicatrices, para después enterrarlos todos juntos. Ese acúmulo de información sería el combustible de las IAs, que tendrían un registro histórico gigantesco bajo cada asentamiento. Envejecer, pues, no sería un proceso natural, sino una fase de compresión de datos. Y eso, se argumenta, es satánico porque abusa de los seres vivos para un fin egoísta.
Las críticas y el contrapunto
La reacción no se ha hecho esperar. Hay quien señala que la teoría no resiste el más mínimo análisis: los cementerios no contienen datos, sino restos orgánicos. Otros, con ironía, recuerdan la película 'La fuga de Logan', donde los ancianos son eliminados al alcanzar cierta edad. Y no falta quien invierte el argumento: los que desean la muerte de otros son los verdaderos satánicos. En medio, una observación más pragmática: lo que habría que investigar es por qué el ser humano envejece cada vez más tarde.
Una metáfora de nuestro tiempo
Más allá de su coherencia, la teoría refleja un malestar real: la relación entre tecnología, muerte y control. La idea de que nuestras vidas son datos que alguien aprovecha no es nueva, pero en la era de la IA adquiere un matiz inquietante. Quizás por eso, aunque la teoría sea descabellada, no es descartable que siga ganando adeptos. La ciencia, por ahora, no ha encontrado ningún centro de datos bajo los cementerios. Pero el debate, como el envejecimiento, parece que no tiene prisa por terminar.