Crédito al consumo en niveles de 2007: la fiesta de las vacaciones
¿Cuándo fue la última vez que los hogares españoles pidieron tanto dinero prestado para gastar? Hay que remontarse a 2007, justo antes de que el castillo de naipes se derrumbara. Los créditos al consumo, esos que financian viajes, pantallas y caprichos, vuelven a estar en máximos de hace casi dos décadas. Y la pregunta incómoda es: para pagar qué, exactamente.
La respuesta, según el análisis que circula en los márgenes de la prensa económica, es más simple de lo que parece: para irse de vacaciones. No para comprar una casa ni montar una empresa. Para gastar en el presente con la promesa de que el futuro pase el recibo. Hay quien lo resume sin contemplaciones: si no se puede, no se puede. Pero la realidad demuestra que cada vez más gente decide que sí se puede, apretando otras partidas del presupuesto o directamente pasando del aviso amarillo de Correos cuando lo dejan en el buzón.
Mientras tanto, las playas de Ceuta se llenan de turistas extranjeros que llegan con el ahorro de todo el año para gastarlo en Madrid. La estampa es la de un país que se divide entre quienes juntan dinero durante meses para disfrutarlo y quienes piden prestado para no esperar.
Hay, eso sí, un matiz que no conviene ignorar. El entramado legal ha hecho cada vez más cómodo no pagar: la ley de segunda oportunidad y el IMV blindan parte del patrimonio del deudor. Eso cambia el cálculo. «Que no me lo hubiesen prestado» se convierte en una excusa repetida cuando llega el aviso. Y la consecuencia, avisan los más pesimistas, es que quien ahorra y cumple acabe pagando la fiesta de quien no lo hace.
Con el consumo financiado a niveles de 2007, el precedente no invita a la calma. Aquella fiesta acabó en rescate y recortes. Quienes avisan de que el gasto a crédito sin red tiene el historial de su parte no andan desencaminados. Lo que falta por explicar es cómo se evita que, otra vez, la cuenta llegue a los mismos de siempre.