Vigo enciende la Navidad mientras sube el IVA de los carburantes
Las calles de Vigo ya lucen adornos navideños, casi dos meses antes de Nochebuena. El alcalde Abel Caballero vuelve a adelantar el calendario de la iluminación festiva, en una estrategia que él mismo define como «motor turístico y económico». Pero la edición de 2025 arranca con un contexto incómodo: en apenas dos días, el IVA de los carburantes sube al remero –un impuesto directo al bolsillo de los conductores–, mientras la inflación sigue castigando a las rentas medias.
La iniciativa del regidor vigués no es nueva. Vigo se ha convertido en el referente nacional de la Navidad prematura, con cifras de visitantes que superan el millón cada diciembre. El ayuntamiento defiende que cada euro invertido en decoración genera un retorno de varios euros en hostelería y comercio local. Sin embargo, las voces críticas señalan que adelantar las luces no es gratis: la factura eléctrica municipal se dispara y el mantenimiento de los 11 millones de led exige un presupuesto anual que no aflora en las cuentas corrientes.
La paradoja de los precios
Mientras los vigueses pasean bajo arcos luminosos, el IPC de los carburantes se encarece de nuevo. Para un conductor medio que llena el depósito semanalmente, la subida del IVA supone un extra de entre 5 y 7 euros al mes. En un año donde la cesta de la compra ya acumula un encarecimiento del 4%, el contraste entre la ciudad de la luz y el bolsillo en sombra es llamativo.
Los análisis económicos locales coinciden en que el gasto navideño municipal tiene un efecto multiplicador, pero preguntan si ese multiplicador justifica la precariedad energética doméstica. La respuesta no es sencilla: Vigo atrae turistas, sí, pero los comerciantes de barrio aseguran que el incremento de visitantes no se traduce siempre en ventas para los pequeños negocios, que ven cómo los grandes operadores y las cadenas de restauración se llevan la mayor parte del pastel.
El dato que descoloca
Según el padrón municipal de 2024, Vigo perdió 1.200 habitantes netos en el último año, una sangría que se acelera entre los jóvenes de 25 a 35 años. La ciudad se vacía de quienes no encuentran vivienda asequible, mientras el alcalde ilumina cada calle como un escaparate de Navidad perpetua. El balance entre la fiesta y la huida demográfica es el verdadero termómetro que ni las cifras de turismo ni los discursos oficiales se atreven a medir.