Rory B Bellows
Madmaxista
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En Venezuela, como en España
Trump no hace sino aplicar a Venezuela el modelo que en su día Kissinger aplicó en España
Resultan grimosas esas condenas pogre a la agresión de Estados Unidos en Venezuela que empiezan subrayando el autoritarismo de Maduro, o sus abusa de los «derechos humanos», o no sé cuántas zarandajas más. Aunque Maduro hubiese sido Francisco de Asís revivido, Estados Unidos habría cometido la misma tropelía: pues le importa poco que los regímenes políticos de las naciones que desea someter y despojar sean autoritarios, con tal de que asuman el papel subordinado que les ha asignado. Así que esos pogre que sueltan el sermoncito censorio preliminar sobre Maduro son agentes encubiertos al servicio del imperialismo yanqui, mucho más alevosos que los derechistas que aplauden la agresión.
Habría que empezar recordando que el derecho internacional, en un mundo dominado por el anglosajonismo, es una rama de la literatura fantástica, a diferencia de sus predecesores (que enviaban sus agresiones envueltas en retóricas aparentemente respetuosas del derecho internacional). Trump no se anda con paños calientes y declara sin ambages que desea apropiarse del petróleo y los recursos naturales venezolanos. Ciertamente, para justificar el secuestro de Maduro los estadounidenses han montado el «relato» del «narcoterrorismo», como en otra ocasión montaron el «relato» de las «armas de destrucción masiva»; pues, como nos enseñó cierto maestro de la propaganda, cualquier intoxicación que se precise debe adaptar su nivel a sus destinatarios menos críticos. Pero, fuera de estas concesiones, debemos agradecer a Trump su avaricia empresarial, sus modales zafios, su descarnada franqueza, que hacen más patentes los propósitos rapaces de Estados Unidos.
A los derechistas que aplauden una acción tan vil como en su día lo fueron la voladura del Maine o el ataque de Dewey a la flota española en Cavite les ha desconcertado que Trump se dirigiera con palabras respetuosas a Delcy y que, en cambio, se refiriese con displicencia a esa señora que le quitó el premio instituido por el inventor de la dinamita. Pero Trump no hace sino aplicar a Venezuela el modelo que en su día Kissinger aplicó en España. Primeramente, se deshacen del gobernante que impide o dificulta la «transición» que han diseñado (Carrero Blanco en España, Maduro en Venezuela); y a continuación promueven una «transición» tutelada con los traidores del viejo régimen, a los que añaden en contubernio una «oposición» de gentes al servicio de Estados Unidos que ofrecen una imagen fresca y renovadora. En España se hizo condenando a la irrelevancia a estantiguos como Carrillo, incluso a Nicolás Redondo, y encumbrando a Felipe González, que era el mancebo predilecto de la CIA. Y ahora en Venezuela Trump se quita de encima a la estantigua nobelera, para propiciar un acuerdo entre traidores del viejo régimen y postulantes serviles que no estén quemados y puedan engañar lo mismo a pogre que a derechistas ingenuos.
Trump no hace sino aplicar a Venezuela el modelo que en su día Kissinger aplicó en España
Resultan grimosas esas condenas pogre a la agresión de Estados Unidos en Venezuela que empiezan subrayando el autoritarismo de Maduro, o sus abusa de los «derechos humanos», o no sé cuántas zarandajas más. Aunque Maduro hubiese sido Francisco de Asís revivido, Estados Unidos habría cometido la misma tropelía: pues le importa poco que los regímenes políticos de las naciones que desea someter y despojar sean autoritarios, con tal de que asuman el papel subordinado que les ha asignado. Así que esos pogre que sueltan el sermoncito censorio preliminar sobre Maduro son agentes encubiertos al servicio del imperialismo yanqui, mucho más alevosos que los derechistas que aplauden la agresión.
Habría que empezar recordando que el derecho internacional, en un mundo dominado por el anglosajonismo, es una rama de la literatura fantástica, a diferencia de sus predecesores (que enviaban sus agresiones envueltas en retóricas aparentemente respetuosas del derecho internacional). Trump no se anda con paños calientes y declara sin ambages que desea apropiarse del petróleo y los recursos naturales venezolanos. Ciertamente, para justificar el secuestro de Maduro los estadounidenses han montado el «relato» del «narcoterrorismo», como en otra ocasión montaron el «relato» de las «armas de destrucción masiva»; pues, como nos enseñó cierto maestro de la propaganda, cualquier intoxicación que se precise debe adaptar su nivel a sus destinatarios menos críticos. Pero, fuera de estas concesiones, debemos agradecer a Trump su avaricia empresarial, sus modales zafios, su descarnada franqueza, que hacen más patentes los propósitos rapaces de Estados Unidos.
A los derechistas que aplauden una acción tan vil como en su día lo fueron la voladura del Maine o el ataque de Dewey a la flota española en Cavite les ha desconcertado que Trump se dirigiera con palabras respetuosas a Delcy y que, en cambio, se refiriese con displicencia a esa señora que le quitó el premio instituido por el inventor de la dinamita. Pero Trump no hace sino aplicar a Venezuela el modelo que en su día Kissinger aplicó en España. Primeramente, se deshacen del gobernante que impide o dificulta la «transición» que han diseñado (Carrero Blanco en España, Maduro en Venezuela); y a continuación promueven una «transición» tutelada con los traidores del viejo régimen, a los que añaden en contubernio una «oposición» de gentes al servicio de Estados Unidos que ofrecen una imagen fresca y renovadora. En España se hizo condenando a la irrelevancia a estantiguos como Carrillo, incluso a Nicolás Redondo, y encumbrando a Felipe González, que era el mancebo predilecto de la CIA. Y ahora en Venezuela Trump se quita de encima a la estantigua nobelera, para propiciar un acuerdo entre traidores del viejo régimen y postulantes serviles que no estén quemados y puedan engañar lo mismo a pogre que a derechistas ingenuos.