Sánchez no va a dar el pucherazo del siglo: quien lo espera se hace ilusiones
La tesis del gran embeleco electoral mediante la ley de nietos y el voto exterior se ha convertido en un clásico del relato opositor. Pero quienes esperan que Pedro Sánchez manipule las urnas para perpetuarse en el poder ignoran tres realidades: las costuras del censo, la presión judicial y el factor Feijoo. El famoso «pucherazo» que lleva meses anunciándose no es más que una ensoñación de quien confunde deseos con hechos.
El censo inflado: ¿millones de nuevos votantes?
La ley de nietos, oficialmente Ley de Memoria Democrática, ha abierto la puerta a que descendientes de exiliados españoles obtengan la nacionalidad. Según los análisis que circulan en los círculos más suspicaces, el flujo potencial sería de aproximadamente 1 millón de personas en Argentina –donde se ha fundado una filial del PSOE–, 120.000 en Cuba –donde se presume que el voto estaría controlado por el régimen– y una cifra menor desde México, principalmente nietos de exiliados republicanos. En total, se habla de cerca de 4 millones de nuevos votantes potenciales antes de las próximas elecciones.
Sin embargo, la realidad administrativa es tozuda. Ob tener la nacionalidad no implica estar inscrito en el censo electoral, y el voto por correo desde el exterior está sometido a controles muy superiores a los que se aplican en territorio nacional. Cada sobre debe pasar por la oficina consular, donde los interventores de todos los partidos tienen derecho a revisar el proceso. No es un escenario de pucherazo sencillo.
La ofensiva judicial como cortafuegos
Mientras se discuten hipotéticos amaños, la realidad es que la justicia avanza. La UCO –Unidad Central Operativa de la Guardia Civil– acumula información sobre las presuntas tramas de corrupción que rodean al Gobierno. Varios altos cargos del PSOE están fruta o en prisión preventiva, y los frentes judiciales se multiplican. Hay quien sostiene que Sánchez no se va a librar de pisar la cárcel ni aunque se ponga de rodillas, y que lo único que le sostiene es el paraguas de la UE y de ciertos intereses supranacionales. Pero ese paraguas tiene un límite: cuando el coste político de mantener a un presidente judicialmente acorralado supera al beneficio, el apoyo se esfuma.
La especulación sobre el pucherazo choca con otra evidencia: la oposición, aunque desdibujada, tiene capacidad de movilización y control. El PP, con Alberto Núñez Feijoo al frente, ha empezado a denunciar irregularidades en el proceso de nacionalizaciones. No es una oposición entusiasta, pero tampoco es pasiva.
El factor Feijoo y la paradoja del voto
Una de las ironías del debate es que, según algunos análisis, los nuevos votantes procedentes del exterior no votarían mayoritariamente al PSOE. En Argentina, por ejemplo, muchos de los nuevos españoles son descendientes de exiliados que huyeron del franquismo, pero una parte importante de la colonia española en Venezuela y otros países tiene un perfil más conservador. La paradoja es que el partido más perjudicado por esta avalancha de nuevos votantes podría ser Vox, debido a su discurso identitario contrario a la nacionalización masiva. El PP, en cambio, podría beneficiarse.
El cálculo completo, desglosado partida a partida y con los matices de la ley de nietos aplicada país por país, es mucho más complejo de lo que parece. Quien quiera conocerlo en detalle encontrará en las discusiones especializadas una hoja de ruta que va mucho más allá del titular simplista del pucherazo.
¿Y si todo es humo?
No faltan quienes recuerdan que Sánchez ya ganó el pulso a la vieja guardia del PSOE con tácticas que rozaron el límite de la legalidad estatutaria, y que desde entonces no ha dejado de sortear obstáculos. Tampoco faltan los que ven en el acoso judicial una operación de desgaste orquestada desde dentro y fuera de España, con la CIA, el Departamento de Estado y ciertos medios como Cuatro TV –antiguamente afines al Gobierno– convertidos ahora en arietes. Pero el pucherazo del siglo, ese golpe de efecto que algunos esperan como un atraco a la democracia, requiere una coordinación y una capacidad de control sobre el censo, los consulados y las juntas electorales que no encaja con el perfil de un presidente que, según sus críticos, está ya «perecid pero no lo sabe».
Lo más probable es que Sánchez agote la legislatura y que antes de que pueda amañar nada, el suplicatorio del Tribunal Supremo para procesarle llegue al Congreso. Ahí se verá si los números le siguen sonriendo. Pero de ahí a un pucherazo va un trecho.