El calendario vital español: 80 años de vida, prisa máxima a los 30
El material parte de que se vive muchos años —«es fácil pasar de 80 años con facilidad»— y, a la vez, de que la sociedad española mete prisa en la primera mitad de la existencia. La tesis que ordena todo el material es incómoda: formarse, encontrar un empleo estable, emparejarse y tener hijos son hitos que se concentran en una franja de unos
20 años, y quien se sale del carril no siempre encuentra una segunda vuelta. El diagnóstico se lanza desde un perfil muy concreto, el del hombre joven, y con una frase que resume el resto: quien no alcanza cierta estabilidad laboral y experiencia «está muerto en vida». El resto del asunto es, sobre todo, economía.
Veinte años de formación y una crisis que partió el relato
Para uno de los participantes, el punto de no retorno se sitúa en
2008. A partir de ahí, la secuencia que sostuvo a la generación anterior —estudiar, colocarse, casarse, hipotecar, criar— deja de encajar con el mercado laboral. El punto de partida que se maneja es demoledor:
20 años estudiando, con la infancia y la adolescencia dentro del paquete, y la exigencia de haber conseguido cierta estabilidad y experiencia «a los 30 o algo más» para no quedarse arrastrando trabajos temporales hasta resultar demasiado caro a quien contrata. La misma lógica se extiende al final del recorrido. Si a los 50 te quedas fuera, la vuelta por cuenta ajena se complica y el paso natural es el subsidio para mayores de esa edad y, después, una pensión por debajo del sueldo de quien sigue en activo. El cierre del calendario tampoco consuela: la
jubilación se sitúa entre los
67 y los 70 años, con menos salud y menos dinero para hacer lo que se aplazó.
¿Por qué se sostiene que emparejarse cuesta más después de los 20?
Porque, según este planteamiento, en la adolescencia se parte de un estatus homogéneo entre iguales y a partir de ahí el abanico se rompe. En la etapa universitaria aparecen planes que antes no existían —viajar, grandes eventos, más autonomía— y, con ellos, un elenco de candidatos mucho más amplio para elegir y ser elegido. La consecuencia que se extrae es que quien no acumuló experiencia social en el instituto arrastra ese lastre durante años, y que las relaciones de pareja se leen cada vez más en clave de competencia. Hay quien lleva el pronóstico al extremo y avisa de que sin pasar por ese trámite se puede llegar a los 30 sin haber tenido relaciones. No hay unanimidad: otra corriente sostiene justo lo contrario, que las relaciones esporádicas están sobrevaloradas y no aportan gran cosa a largo plazo, y una tercera vía, más pragmática, traslada el problema al empleo.
Empleo estable, oposiciones y el tractorista que factura 4.000 euros
El contraste más repetido para desmontar el relato de la carrera larga no es un informe: es un vecino de 20 años con un grado medio de agricultura, que trabaja de tractorista para un terrateniente y además labra tierra propia. La cifra que se le atribuye ronda los
4.000 euros al mes. Frente a esa foto, la vía académica se presenta como una apuesta con retorno incierto y muchas plazas ocupadas de antemano. De ahí sale una frase que resume el malestar: «cuanto más estudios, más tontos». La salida que aparece como más segura es el funcionariado, con el argumento de que sacar una oposición a los 25 desactiva de golpe el problema laboral. El problema es aritmético: no hay plazas para todos y quien se pasa años preparando una convocatoria que no llega ha quemado un tiempo que no vuelve.
El divorcio a los 45 y la lista de requisitos para no ser un fracasado
Uno de los mensajes destacados por la comunidad pone un listón provocador: llegar a los 40 sin ser propietario, sin estar casado, sin misa, sin hijos y sin
100.000 euros de ingresos familiares convierte al sujeto, dice, en un fracasado. El problema es que ese listón se puede cumplir entero y romperse igual. Hay quien empezó con novia a los 17, se casó a los 22 y se divorció a los 45: recupera casa y algo de ahorro, pero se queda solo, con los mejores años atrás, sin ganas de volver a empezar y con los amigos que eran «de los dos» desdibujados. El patrón se repite a los 50, cuando el divorcio devuelve a la casilla cero a quien ya había cumplido todos los plazos.
Los que dejan de remar: aislamiento y vida a contracorriente
Quien no encaja en el guion tiene salidas conocidas. Una es no remar: quedarse en casa de los padres y estirar la adolescencia. Otra, el aislamiento voluntario después de haber probado y haber concluido que el esfuerzo no compensa, con el añadido de que la pensión futura no se contempla como premio. Y una tercera, la que más se defiende: vivir a contracorriente, que es, se argumenta, donde está el disfrute. En medio quedan advertencias sin resolver, como la idea de que el Estado añade trabas a una vida parecida a la de los padres, o la sentencia de que no es buena señal estar adaptado a una sociedad enferma. El tono se vuelve sombrío en varios tramos y algunos mensajes bajan al terreno personal, sin más dato que la propia biografía.
El relato tiene un problema de fondo: si los hitos se concentran en 20 años y el mercado no garantiza 20 años de estabilidad, el desajuste no es solo individual. ¿Cuántos de los que hoy se sienten fuera de plazo lo están por sus decisiones y cuántos por un calendario que ya nadie cumple?