De la heroína al gimnasio: el relato del daño moral de los 80
Hubo un tiempo, sostiene una tesis que circula con insistencia, en que España convirtió el trapicheo en modelo de conducta. La muerte del dictador en 1975 abrió una década en la que el cine y la televisión, según esta lectura, presentaron al camello como héroe de barrio y a la adicción como puerta de entrada al prestigio social. El resultado, se argumenta, fue una epidemia de heroína que arrasó barrios enteros y dejó una huella que todavía se nota en la manera de votar, de trabajar y de desconfiar del vecino.
La comparación con Estados Unidos se repite en la conversación: allí el ideal de pantalla era el musculoso de valores incorruptibles, el justiciero de acción; aquí, el chaval de barrio que se coloca para ligar. Un contraste que, para los defensores de esta tesis, explica por qué el país se hundió en todos los órdenes mientras otros salían del pozo.
Qué se fomentó y qué se heredó
La acusación no se dirige solo a la ficción. Se apunta a una política deliberada: la de quien habría preferido a un joven tirado en una esquina con una jeringa antes que a ese mismo joven manifestándose contra el gobierno. La cita atribuida a un dirigente socialista en 1986 —«vale más un joven tendido en una esquina con una jeringa en el brazo que ese mismo joven agitando en la universidad contra el gobierno socialista»— circula como prueba documental de una estrategia de anestesia social. El libro que la recoge, según se relata, permaneció meses retenido en la editorial antes de publicarse y luego desapareció del catálogo.
Frente a esa versión, otra corriente del análisis sostiene que no hizo falta fomentar nada. El pueblo español, se dice, estaba predispuesto a desinhibirse con cualquier sustancia que le alejara de la realidad; la droga atrae por sí sola y la culpa no es de un guion. Es la misma discusión que rodea el consumo en el País Vasco en aquellos años, donde algunos atribuían la epidemia a una supuesta operación de intoxicación desde los buzones y otros, con menos épica, a la simple naturaleza viciosa.
El papel de Estados Unidos y la CIA
Hay quien va más atrás y sitúa el origen fuera de España. La epidemia de heroína de los 80, según esta lectura, no fue un fenómeno autóctono sino una importación: en Estados Unidos el problema ya era grave en los 60 y aquí llegó con retraso, de la mano de los mismos intereses que allanaron el terreno. La mención a la agencia de inteligencia estadounidense y al aceite de colza aparece en varios mensajes como pieza de un mismo puzle, con la complicidad, se afirma, de la clase política del momento.
La respuesta más templada recuerda que todo lo malo se importaba de América: primero la heroína, después el resto. Y que la comparación con el país norteamericano tampoco resiste: allí hubo una reacción política y cultural —la era Reagan, el justiciero vengativo de pantalla— que aquí nunca llegó. En España, en cambio, se produjo una contracultura de prestigio con defensores abiertos de las drogas, y el cine de barrio siguió idealizando al delincuente como heredero de la picaresca.
¿Follaban más los jóvenes de entonces?
El mensaje inicial sostiene que hoy la juventud lleva una vida más sana: la mitad de los chavales de 18 a 20 años va al gimnasio, se cuida la imagen y no se emborracha como antes. La respuesta no se hizo esperar. Quien vivió aquella época a los 52 años recuerda lo contrario: los musculados de entonces trabajaban de puertas en discotecas, no paraban de ligar y el local estaba lleno de gente que salía sin control. Otros añaden que hoy se bebe igual o más, que el alcohol se ha normalizado y que tres salidas semanales con cogorza no eran la norma en los 80.
Sobre el sexo, el cruce de acusaciones es total. Unos defienden que ahora se folla más y mejor; otros responden que la libertad sexual era mayor entonces, que había hora de llegar a casa y que lo bueno se hacía esperar. La discusión deriva hacia el feminismo, la demografía y los hábitos de una juventud que, según algunos, vive abducida por las pantallas.
El cine como arma de destrucción moral
La crítica al cine español de aquellos años es transversal: se le acusa de convertir el lumpen en estética, de oler a lefa reseca y a fritura barata, de glorificar al delincuente y de reventar al pueblo español para desarmarlo. La referencia al vídeo que abre el hilo —descrito como un «Barrio YonkiSésamo»— resume el tono.
No todos compran el diagnóstico. Una parte del análisis sostiene que todo esto son mitos sobredimensionados: casos aislados que se han extrapolado al conjunto del país por afición al cuchicheo morboso. Somos exagerados y dramáticos, se dice, y cualquier mentira se publicita como verdad. La discusión, en cualquier caso, sigue viva, y el daño que unos atribuyen a una conspiración y otros a la naturaleza humana sigue sin cuantificarse.