Lo que está pasando en Estados Unidos y en Argentina no es una anomalía. Es un tráiler. Y Europa es la próxima sala de proyección.
Milei ha cortado el suministro al aparato cultural subsidiado. Washington ha cerrado el grifo del audiovisual público. En ambos casos, nos prometían el colapso de la civilización. No ha pasado nada, salvo una cosa: una parte del ruido de fondo se ha silenciado.
Ahora imaginen lo mismo en Francia. France Télévisions, Radio France, el CNC, la red de subvenciones culturales: todo lo que vive del dinero público y les explica cada noche cómo pensar. El día en que este sistema pierde sus fondos, no muere de golpe. Simplemente deja de emitir. Y es ahí donde todo comienza.
Porque un país son millones de personas que viven desde hace años con una disonancia cognitiva. Lo que ven en su calle, en su nómina, en sus facturas, en su hospital, en su escuela, no concuerda con lo que les cuentan a las 21:00 en el telediario. Esa disonancia se mantiene mientras el relato oficial se martillea todos los días. Corten el martilleo, y la realidad recupera su lugar.
Y una vez que la gente comprende que les han contado una historia sobre la cultura, sobre la sociedad, sobre lo que está permitido pensar, se plantean la siguiente pregunta, la única que importa: ¿sobre qué más me han mentido?
La respuesta llega rápido: la economía.
Les han explicado durante cincuenta años que el Estado providencia era un modelo, que el gasto público era inversión, que el impuesto era solidaridad, que la deuda no era un problema. Y sin embargo: récord de recaudación obligatoria, servicios públicos que se degradan, clases medias estranguladas. El relato solo se sostiene porque existe un aparato cultural entero para hacerlo creíble.
Ese es el punto que nadie quiere ver: el estatismo cultural y el estatismo económico no son dos temas. Es el mismo sistema. El yin y el yang. Uno produce los fracasos, el otro produce el relato que excusa los fracasos. Un Estado que gasta mal necesita un aparato cultural que explique que todo va bien y que el problema siempre es el mercado, los malos que no se creen el cuentecillo de las maricarmen, el patrón, el emprendedor. Retiren el relato, y el fracaso se hace visible. El discurso económico de la izquierda se vuelve inaudible, no porque lo hayamos prohibido, sino porque ya nadie paga por hacerlo audible.
Y es ahí donde el RN debe hacer una elección. No se puede desmantelar la hegemonía ideológica sobre la cultura mientras se conserva el estatismo económico. Si cortan uno, el otro se derrumba detrás. Son dos piezas de un mismo mecanismo. Querer privatizar el audiovisual público mientras se promete siempre más redistribución, siempre más gasto, siempre más Estado, es serruchar la rama sobre la que se pretende sentarse. Los votantes que hayan abierto los ojos a la cultura abrirán los ojos a la economía. Y pedirán cuentas a todo el mundo, incluidos aquellos que les ayudaron a despertarse.
El estatismo no existe sin la mentira del estatismo. Y la mentira del estatismo no existe sin el control de la cultura. Tire de un hilo, y todo el jersey viene con él.
La ola llega. La única pregunta es quién estará listo cuando toque Europa.
(versión ligeramente tuneada)
Milei ha cortado el suministro al aparato cultural subsidiado. Washington ha cerrado el grifo del audiovisual público. En ambos casos, nos prometían el colapso de la civilización. No ha pasado nada, salvo una cosa: una parte del ruido de fondo se ha silenciado.
Ahora imaginen lo mismo en Francia. France Télévisions, Radio France, el CNC, la red de subvenciones culturales: todo lo que vive del dinero público y les explica cada noche cómo pensar. El día en que este sistema pierde sus fondos, no muere de golpe. Simplemente deja de emitir. Y es ahí donde todo comienza.
Porque un país son millones de personas que viven desde hace años con una disonancia cognitiva. Lo que ven en su calle, en su nómina, en sus facturas, en su hospital, en su escuela, no concuerda con lo que les cuentan a las 21:00 en el telediario. Esa disonancia se mantiene mientras el relato oficial se martillea todos los días. Corten el martilleo, y la realidad recupera su lugar.
Y una vez que la gente comprende que les han contado una historia sobre la cultura, sobre la sociedad, sobre lo que está permitido pensar, se plantean la siguiente pregunta, la única que importa: ¿sobre qué más me han mentido?
La respuesta llega rápido: la economía.
Les han explicado durante cincuenta años que el Estado providencia era un modelo, que el gasto público era inversión, que el impuesto era solidaridad, que la deuda no era un problema. Y sin embargo: récord de recaudación obligatoria, servicios públicos que se degradan, clases medias estranguladas. El relato solo se sostiene porque existe un aparato cultural entero para hacerlo creíble.
Ese es el punto que nadie quiere ver: el estatismo cultural y el estatismo económico no son dos temas. Es el mismo sistema. El yin y el yang. Uno produce los fracasos, el otro produce el relato que excusa los fracasos. Un Estado que gasta mal necesita un aparato cultural que explique que todo va bien y que el problema siempre es el mercado, los malos que no se creen el cuentecillo de las maricarmen, el patrón, el emprendedor. Retiren el relato, y el fracaso se hace visible. El discurso económico de la izquierda se vuelve inaudible, no porque lo hayamos prohibido, sino porque ya nadie paga por hacerlo audible.
Y es ahí donde el RN debe hacer una elección. No se puede desmantelar la hegemonía ideológica sobre la cultura mientras se conserva el estatismo económico. Si cortan uno, el otro se derrumba detrás. Son dos piezas de un mismo mecanismo. Querer privatizar el audiovisual público mientras se promete siempre más redistribución, siempre más gasto, siempre más Estado, es serruchar la rama sobre la que se pretende sentarse. Los votantes que hayan abierto los ojos a la cultura abrirán los ojos a la economía. Y pedirán cuentas a todo el mundo, incluidos aquellos que les ayudaron a despertarse.
El estatismo no existe sin la mentira del estatismo. Y la mentira del estatismo no existe sin el control de la cultura. Tire de un hilo, y todo el jersey viene con él.
La ola llega. La única pregunta es quién estará listo cuando toque Europa.
(versión ligeramente tuneada)
