Ciarán llega con fuerza de huracán al Reino Unido y Francia
¿Cuántos adjetivos aguanta una borrasca antes de que deje de avisar de nada? Dos, de entrada. A la fecha de esta discusión, los avisos sitúan dos bajas profundas camino de Europa occidental: la primera,
Ciarán, apunta al Reino Unido y Francia con vientos que ya se comparan con los de un huracán, y la segunda volcará humedad sobre el arco alpino, incluida la zona de Italia, Austria y Eslovenia golpeada semanas antes. La península, entre tanto, sigue mirando al cielo desde una
sequía que no se ha movido.
Qué es la ciclogénesis explosiva que anuncia Ciarán
El nombre técnico de lo que viene es
ciclogénesis explosiva: una borrasca que se profundiza a toda velocidad hasta convertirse en lo que los titulares llaman un
ciclón bomba. El motivo de esa fortaleza, según el análisis que circula, es un proceso de
seclusión cálida, en el que aire húmedo y cálido es advectado hacia el centro del sistema. El aviso que más ha corrido lo resume sin matices: el impacto de Ciarán «será muy parecido al de un huracán». Detrás del titular queda la trastienda técnica —hay quien pregunta si el patrón responde al modelo Shapiro-Keyser o al noruego—, que es justo lo que separa una predicción de un eslogan.
Una borrasca monstruosa, colosal y ya un poco cansina
La ronda de etiquetas se agota por saturación:
ciclogénesis explosiva, ciclón bomba, superborrasca. La descripción que acompaña a los avisos —bajas de dimensiones «colosales» y fuerza «monstruosa»— compite en épica con cualquier tráiler. Y ahí aparece el primer problema: cuando cada otoño trae un monstruo nuevo, el adjetivo deja de asustar. La reacción escéptica es amplia y sostiene que este vocabulario se ha vuelto un género en sí mismo, más útil para llenar minutos de televisión que para explicar qué va a pasar el jueves.
«Borrasca en Gran Sol»: la cita anual que nadie se salta
Hay una frase que resume media conversación: borrasca en Gran Sol. La idea de que lo de estas fechas llega puntualmente a su cita anual, como lo decía el clásico
Mariano Medina, se repite una y otra vez. La sentencia «estamos viendo cosas que no habíamos visto nunca» se responde sola: o los meteorólogos tienen dos años, o la novedad es relativa. Frente a eso, otra parte mantiene que el episodio es real y severo, y que quitarle hierro es cerrar los ojos. Ninguna de las dos posturas se mueve del sitio.
¿Por qué la sequía no se arregla con esta borrasca?
Porque el agua que cae de golpe no siempre acaba en el embalse. El cálculo que circula en el hilo juega con el paso del
28,3% al 33,2% de reserva embalsada, y con la sospecha de que buena parte de ese torrente acabará en el mar sin pasar por los ríos. El punto incómodo: llevamos meses hablando de lluvia y de pantanos, y seguimos sin cuadrar las dos cosas.
Temporales de antes y de ahora
La comparación con el pasado recorre casi toda la discusión. Un participante recuerda que hace 25 años, en Mallorca, había temporales que borraban las playas entre la lluvia y el viento, y que el
cap de fiblo llegaba a levantar a los bañistas. Eso, hoy, abriría telediarios. En Asturias hay quien se toma la alerta con retranca y asegura que el jueves llega el juicio final. Y las pruebas irrefutables del cataclismo, de momento, son nieve en Sierra Nevada y lluvia en Galicia.
Los datos más llamativos del episodio los aporta, cómo no, la propia alarma. En Suiza, según una versión ya de chiste, el lago de Zúrich subió 50 metros en tres horas. Aquí la predicción más honesta quizá sea la más aburrida: va a hacer viento y va a llover. Rarísimo en otoño.