El relato del triunfo total de Israel se agrieta
La celebración duró lo que un alto el fuego. En el momento en que se anunció la liberación de los cautivos y la rendición de los ejércitos que sostenían a Hamás en Gaza, una parte de la conversación pública dio por cerrada la guerra con una victoria histórica de Israel.
Un país de cuatro gatos había vencido a las hordas de leones, resumía el mensaje más eufórico: los objetivos militares alcanzados, los secuestrados de vuelta y la guerra terminada. La euforia tenía fecha de caducidad y la fecha era la misma que la del comunicado.
En pocas horas, el tono cambió. Los que celebraban el triunfo tuvieron que escuchar que
la tregua ya se ha roto y que había durado menos que la anterior. Los que lo negaban recibieron el argumento contrario: si Hamás ha aceptado el plan, aunque sea a medias, es porque ya no puede más. Entre esas dos certezas incompatibles se ha construido todo el asunto.
Qué se celebró exactamente y con qué datos
El punto de partida fue una rendición. Los ejércitos que respaldaban a Hamás quedaban cautivos y desarmados, los objetivos militares se daban por alcanzados y los secuestrados debían quedar libres. Sobre ese esqueleto, la facción más optimista añadió un
66% de apoyo que citaba como respaldo popular al plan, y una cifra que se repitió como prueba de victoria: Israel había ganado una guerra a siete bandas contra media región.
La facción contraria no discutió el marco, discutió la aritmética.
Solo se han aceptado dos de los veinte puntos del acuerdo, y uno de ellos lo rechazan Israel y su principal aliado. La tregua se rompió en cuestión de horas. Hamás no ha entregado las armas ni ha dejado de patrullar las calles: solo cuatro de los fallecidos han sido devueltos. Un país que gana una guerra no negocia veinte puntos para aplicar dos.
El desarme que nunca llegó a producirse
La pieza central del relato era el desarme. Los combatientes aceptaban entregar las armas y ser enviados al desierto. Ese era el gesto que convertía una pausa en una derrota. No ocurrió. Los que debían rendirse siguieron operando sobre el terreno, y la propia parte que celebraba la victoria admitió que
aún no está hecho del todo: quedaba por saber si los últimos resistentes iban a esperar sentados al dron, vengarse en los secuestrados o hacer lo correcto.
Ese matiz es el que separa una victoria militar de una operación de imagen. La versión más dura sostiene que dejar vivos a millones de personas equivale a garantizar los próximos asesinatos, y que el trabajo quedó a medias. La versión más pragmática responde que no había una posibilidad mejor. Ninguna de las dos afirma que la guerra haya terminado.
El frente que no aparece en los comunicados
Mientras se discutía el desarme, el foco se desplazó a los daños colaterales del propio relato. Se denunció que civiles detenidos habrían sido obligados a mirar la bandera israelí y a ser identificados como terroristas en presencia de un ministro. La acusación circuló sin verificación independiente y sin resolución conocida. Es el tipo de material que ninguna de las dos partes quiere poner en el balance.
El otro frente es el de los desplazados. Miles de personas regresaron a la ciudad de Gaza tras el alto el fuego, según las imágenes que se difundieron. Ese regreso es, a la vez, la prueba que esgrime la parte que dice que los palestinos se quedan en Palestina y la prueba que esgrime la que dice que vuelven a una escombrera. Las dos usan la misma foto.
Por qué la victoria se cuenta en clave civilizatoria
El marco del que más se abusó no fue militar, fue cultural. La victoria se presentó como un triunfo de Occidente, de la libertad de espíritu y del individualismo sobre el fanatismo. Quien no lo veía así quedaba automáticamente del otro lado. Ese encuadre tiene un problema práctico: convierte cualquier disidencia en traición y cualquier dato incómodo en propaganda enemiga.
La respuesta desde el otro lado fue igual de gruesa. Se acusó a Israel de ser una creación propia del problema, de financiar a los grupos que dice combatir y de matar a su propia gente para justificar la invasión. Son afirmaciones lanzadas sin prueba en el fragor de la discusión, y como tales deben leerse. Lo que sí quedó claro es que nadie está discutiendo ya los hechos: se discute quién tiene derecho a contar la historia.
Qué queda del triunfo cuando se apaga el eco
El resultado, a la fecha de esta discusión, es una victoria declarada y no consumada. Los rehenes vivos salieron, los muertos volvieron a cuentagotas, las armas siguen donde estaban y la tregua se rompió antes de que nadie pudiera fotografiarla. La parte que celebra admite que falta el último paso. La que niega admite que el acuerdo existe.
Queda un dato que descoloca. En una guerra que se vendió como total, el indicador más citado por los dos bandos no fue el número de bajas ni el territorio conquistado: fue
cuántos puntos del acuerdo se habían aplicado. Dos de veinte. Ese es el marcador real de un conflicto que nadie ha ganado todavía.