Aznar llama a Vox a aceptar inmigrantes para sostener el empleo
José María Aznar ha vuelto a disparar contra su propia trinchera. El expresidente del Gobierno respaldó que España necesita trabajadores de fuera para sostener la actividad y lo hizo con una frase que ha encendido el flanco derecho del tablero: «Si cada vez somos menos españoles, alguien tendrá que hacer el trabajo». La salida del expresidente no sorprende a quien haya seguido su hoja de ruta, pero llega en un momento en que su partido y la formación que muchos señalan como su heredera se disputan el mismo electorado a golpe de titular.
Qué dijo Aznar y por qué incomoda a Vox
El expresidente critica el discurso de Vox sobre la inmigración y lo hace desde un argumento estrictamente laboral: la demografía española cae y alguien tiene que cubrir los puestos. La frase ha caído como una bomba porque Aznar es, para buena parte del espectro conservador, la referencia histórica de la derecha gobernante; y para otros, el padrino político de la propia Vox. Resultado: es casi imposible criticarlo sin que alguien recuerde a quién apoyó en su día.
Enfrente, la respuesta es contable. Se citan dos millones de españoles en paro para preguntar quién va a contratar a nadie de fuera antes de colocar a los de dentro. El choque entre las dos cifras —la que mide la falta de brazos y la que mide el desempleo— es el nudo que nadie termina de atar. Los dos números existen. Solo se elige uno en función de lo que se quiera argumentar.
El milagro económico de Aznar, a revisión
Años después, el relato del milagro económico de finales de los noventa se somete a inventario. La crítica más dura sostiene que aquello fue prestidigitación, no política económica: se privatizaron empresas públicas estratégicas —Telefónica entre las citadas— y el Estado pasó de gestionarlas a que lo hicieran consejos de administración con nombres conocidos. Las puertas giratorias quedaron instaladas como mobiliario fijo del sistema.
El contraargumento es el endeudamiento. Finales de los noventa y los primeros 2000 se construyeron sobre crédito fácil: los bancos regaban dinero y la expansión se financiaba con deuda privada, no con productividad. Un país que crece a base de préstamos no tiene milagro, tiene una cuenta pendiente. La duda sigue viva: ¿éxito económico o el colchón de una burbuja que reventó después? La etiqueta, además, se ha vuelto un género propio: la acusación que se admite a medias y se rebautiza con un término nuevo para que suene a categoría y no a cargo.
Rubén Gisbert, el crítico que incomoda a propios y ajenos
En el centro del ruido está Rubén Gisbert, comentarista cuyos vídeos han encontrado en YouTube un altavoz que muchos consideraban imposible de sostener sin que le cerraran el canal. Su tesis: el gran problema de España es que está gobernada por traidores. Una parte de la audiencia lo aplaude; otra, igual de ruidosa, le recuerda que no vende crítica sino marca personal, que todo en su discurso es subsidiario a su figura y que su deriva, con incursiones en teorías conspirativas sin pruebas, le ha restado crédito. La simpatía que despierta su diagnóstico choca con la desconfianza que genera su método.
¿Es Vox distinto del PP? El eje que ordena la pelea
Debajo del fuego cruzado late una pregunta vieja: si votar a Vox es distinto de votar al Partido Popular. Hay quien sostiene que son la misma cosa con dos marcas, que la derecha clásica y su escisión comparten financiación, agenda y dueños de verdad. Frente a eso pesa el argumento contrario: un partido se define por lo que hace cuando gobierna, y ahí los registros no siempre coinciden.
El asunto se enreda cuando entra el dinero. Se especula con quién paga las campañas y con la sospecha, nunca probada, de que todo responde a un mismo interés superior al del votante. Es un género que crece: cuantas más piezas no encajan, más fácil resulta culpar al mecanismo oculto.
Con Aznar criticando a Vox por la inmigración y su propio legado puesto en duda, la derecha tiene un problema que no se arregla con un eslogan. El diagnóstico compartido —que España está gobernada por traidores— no aclara quién traiciona exactamente ni a quién. Y ahí, en esa imprecisión, el análisis se queda atascado sin que nadie se atreva a poner nombres.