El Tesoro de Príamo: la obsesión de Schliemann que reescribió la historia
¿Existió realmente Troya? Hasta que un alemán excéntrico cogió una pala y se fue a Turquía con la Ilíada bajo el brazo, la mayoría de los eruditos consideraban la guerra de Troya un mito sin base histórica. Heinrich Schliemann no solo creyó en Homero: demostró que tras el poema había una ciudad real, aunque el tesoro que llamó «de Príamo» resultó ser mil años más antiguo que el rey legendario.
El excéntrico que tomó a Homero al pie de la letra
Schliemann, un comerciante multimillonario autodidacta, llevaba desde niño fascinado por los poemas homéricos. El impulso definitivo se lo dio La Eneida de Virgilio. En 1868 llegó a Grecia con un tomo de Homero en la mano, impresionado por las ruinas de Micenas y Tirinto. «Si Micenas es real, ¿por qué no iba a serlo Troya?», debió pensar. Convencido de que la Ilíada era una guía literal, buscó en Turquía los dos manantiales descritos en el poema —uno caliente y otro frío— a orillas del Helesponto. Los encontró y empezó a excavar en la colina de Hisarlik. La comunidad académica lo tomó por loco. Pero él tenía un plan.
El hallazgo y la polémica
En 1873, tras meses de trabajo con cientos de obreros, Schliemann descubrió un conjunto de joyas y objetos de oro que bautizó como «Tesoro de Príamo». Según su relato, lo encontró él solo, una tarde de descanso, acompañado únicamente por su esposa Sophia —a la que inmortalizó luciendo las joyas—. Las circunstancias levantaron sospechas: muchos académicos lo acusaron de haber encargado las piezas a un joyero turco para inventar un fraude que validara los poemas homéricos. La «leyenda negra» lo retrató como un comerciante sin escrúpulos y un mitómano.
Sin embargo, la arqueología forense del siglo XX desmontó esas acusaciones. En los años 90, cuando Rusia permitió el acceso al tesoro en el Museo Pushkin (adonde llegó tras ser confiscado por Stalin al final de la Segunda Guerra Mundial), los análisis químicos y de microscopía confirmaron que las técnicas de soldadura y las impurezas del oro corresponden exactamente a la Edad del Bronce inicial, hacia el 2400 a.C. Un joyero del siglo XIX habría usado herramientas industriales y aleaciones imposibles de camuflar. El tesoro es auténtico, pero no es de Príamo.
Nueve Troyas, una equivocación y una lección
La estratigrafía demostró que Schliemann había excavado hasta el estrato Troya II (2600-2200 a.C.), cuando la ciudad homérica —la del rey Príamo— corresponde a Troya VI (1800-1240 a.C.). Al cavar sin método, destruyó gran parte de Troya VI, la capa correcta, y encontró un tesoro mil años más antiguo. En la colina de Hisarlik hay al menos nueve ciudades superpuestas, desde la Edad del Bronce hasta la época romana. El error de Schliemann fue mayúsculo, pero su intuición —que Homero narraba hechos reales— resultó acertada: los archivos hititas mencionan a Wilusa, una ciudad que los historiadores asocian con Troya, y las evidencias de incendios y asedios hacia el 1200 a.C. respaldan un conflicto histórico.
En resumen: Schliemann fue un buscador de tesoros chapucero, un heterodoxo que revolucionó la arqueología a pesar de sí mismo. Su tesoro no era de Príamo, pero gracias a él hoy sabemos que tampoco hace falta que lo fuera. A veces, la verdad es más extraña que la ficción.