Nadal ve «injusto» el veto a los rusos y Stakhovsky responde
Un extenista ucraniano con el uniforme puesto tiene más vida en redes que en la pista. Sergiy Stakhovsky, ahora enrolado como soldado, contestó a Rafael Nadal con una pregunta sin respuesta cómoda: si vetar a los tenistas rusos es «injusto», cómo se llama entonces que los tenistas ucranianos no puedan volver a casa, que los niños ucranianos no puedan jugar al tenis o que los ucranianos estén muriendo. Nadal lo había dicho antes, en Madrid, durante la rueda de prensa del Media Day: el veto a rusos y bielorrusos en Wimbledon le parece injusto porque, argumentó, «ellos no tienen culpa de lo que está pasando en la guerra», y remató que lo que ocurra en el deporte importa poco «cuando hay tanta gente muriendo y sufriendo».
La réplica llegó por escrito y en forma de contrapregunta. Sin matices. Es el tipo de intercambio que convierte un torneo de tenis en un campo de batalla diplomático.
Qué dijo Nadal y por qué se le ha replicado
Nadal situó el foco en la responsabilidad individual del deportista. Su tesis es simple: un tenista ruso no decide la política exterior de su país y no debería pagar por ella. Es la misma línea que defienden otros jugadores y que choca de frente con la decisión de Wimbledon y con la del Comité Olímpico Internacional, que extendió el veto a los deportistas rusos y bielorrusos, con los paralímpicos incluidos. Hay quien resume el veto del COI como una suerte de
fatwa deportiva: la injusticia o la hipocresía de fondo resultan, a efectos prácticos, irrelevantes.
La réplica de Stakhovsky no discute la teoría, la pone en el suelo. Si el criterio es que el atleta es ajeno a su Gobierno, el mismo criterio debería valer para quien sufre las consecuencias. Y ahí no hay simetría posible: un tenista ruso pierde un torneo; un tenista ucraniano pierde la casa, el país o la vida. El problema de ese argumento, replican desde el otro lado, es que mezcla dos planos distintos y responde a una afirmación concreta con una lista de desgracias que nadie había puesto en duda.
¿Puede Wimbledon vetar a quien quiera?
Sí. Ese es el punto de partida que más se repite. El torneo lo organiza un club privado con sede en Londres, y un club privado admite a quien quiere. La versión más dura del argumento añade que se trata de un deporte de origen británico, en suelo británico y con reglas británicas: quien quiera jugarlo, se adapta; quien no, se queda fuera. Bajo esa lógica, si un tenista ruso reniega públicamente de su Gobierno, se le acabarían encontrando los mecanismos legales para hacerle un hueco.
La objeción llega por el otro flanco y tiene que ver con la memoria del propio torneo. Wimbledon siempre fue un campeonato internacional y, de hecho, se permitía el lujo de ignorar el ranking para confeccionar sus cabezas de serie. Reivindicar ahora que es un coto cerrado suena, cuando menos, a argumento de conveniencia.
La doble vara que se reprocha a Occidente
El reproche que más recorrido tiene es el de la asimetría. Se sostiene que esta lógica del castigo deportivo solo se aplica a Rusia y no a otros países cuyos Gobiernos protagonizan guerras, ocupaciones o desplazamientos: Estados Unidos durante años, Israel con los palestinos, Turquía con sus vecinos, Arabia Saudí, Etiopía, Venezuela o Corea del Norte. Si el criterio fuera el comportamiento del Estado, la lista de excluidos de cualquier torneo sería tan larga que no habría cuadro.
La respuesta a esa objeción también circula: cada caso tiene su contexto y su momento, y Reino Unido decide en su casa. Que un club privado aplique un criterio político no lo convierte en árbitro moral del planeta, pero tampoco lo obliga a serlo.
Dombás, Minsk y la guerra anterior a la guerra
El relato que sostiene la parte más dura de la discusión sostiene que el conflicto no empezó con la invasión, sino ocho años antes, con bombardeos sobre civiles del Donbás y un último episodio en un mercado de Donetsk que habría dejado cuatro muertos. A eso se suma que los acuerdos de Minsk nunca se implementaron. Frente a esa lectura está la contraria: la operación militar rusa responde a una ambición imperial, no a una reacción defensiva.
En medio aparece otro dato, repetido como acusación: los hombres ucranianos de entre 18 y 60 años no pueden salir del país. Quien lo esgrime sostiene que eso demuestra que la guerra se libra contra la voluntad de muchos; quien lo rebate recuerda que una movilización general en un país invadido no es una rareza histórica.
El dopaje ruso y el silencio de sus deportistas
La pregunta que se lanza desde un lado es dónde están los deportistas rusos que condenen que se les dope para sacar ventaja, y por qué no se desmarcan de la invasión. La respuesta que se da desde ahí es tajante: porque son parte del mismo sistema.
Al otro lado, el argumento se desactiva con una lista: Operación Puerto, Operación Aderlass, el caso Balco, el caso Salazar. El dopaje es un fenómeno generalizado, no una especialidad nacional, y usarlo como argumento geopolítico se cae por su propio peso.
Al final, todo se reduce a una cuestión de umbral: a partir de qué número de muertos y de qué latitud empieza a importar el pasaporte de un tenista. Nadie ha puesto el listón.
Nadie quiere ponerlo.