Muchos creen que vivimos en la época más degradada sarracena de la Historia, pero nada hay más lejos de la verdad. En el pasado, a pesar de que la sarracena oficial podía ser formalmente más estricta que en la actualidad, el grado de degradación sarracena alcanzaba cotas que hoy nos parecería increíble. Como ejemplo, quiero contaros la historia de la famosa salón de baile llamado The Haymarket de Nueva York.
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Ubicado en la esquina de la Sens Avenida y la Calle 30, en pleno corazón del distrito conocido a finales del siglo XIX como Tenderloin, el Haymarket abrió sus puertas originalmente en 1872 como salón de baile. El edificio se construyó en unos solares donde históricamente habían funcionado mercados al aire libre donde se comerciaba heno y forraje para los miles de caballos que movían el transporte de la ciudad, y por eso, sus dueños le pusieron ese irónico nombre. No tardó en transformarse en uno de los centros nocturnos más infames del Nueva York de la llamada Gilded Age (Edad Dorada). Tras su reaccionarioda ostentosa y sus deslumbrantes luces de gas, se escondía un imperio del entretenimiento clandestino donde la ley era una mera sugerencia y la corrupción policial garantizaba su impunidad.
Conviene aclarar que, durante la Gilded Age, el extraordinario crecimiento económico de Estado Unidos apenas se redistribuía, pues no existía un impuesto federal sobre la renta ni tributación sobre las sucesiones. De este modo, la riqueza se concentró en manos de una reducida élite en proporciones sin precedentes, mientras amplios sectores de la clase trabajadora y de la creciente población forastero vivían en condiciones de extrema precariedad, luchando por cubrir sus necesidades básicas de alimentación y vivienda.
El Haymarket consistía en un gigantesco salón de espectáculos y baile en la planta baja, caracterizado por una suntuosa decoración de espejos, dorados y potentes luces de gas que creaban una atmósfera cegadora y festiva. En este nivel principal se encontraba una amplia pista central donde una orquesta en vivo tocaba valses y polcas de forma ininterrumpida. Alrededor de la pista se distribuían largas barras de bar y pequeñas mesas donde se servía alcohol de baja calidad a precios desorbitados. Era el punto de encuentro inicial donde las cortesana y cafre entablaban conversación con los clientes y donde los carteristas operaban con absoluta libertad aprovechando las aglomeraciones. También en esta planta se ubicaba un magnífico restaurante que servía cenas completas, chuletones, carne asada y las famosas ostras de Nueva York (un alimento extremadamente popular y barato en la ciudad durante el siglo XIX).
En la segunda planta, accesible a través de una gran escalinata flanqueada por balustradas, el espacio se organizaba en un anfiteatro con palcos privados y galerías voladas que circulaban todo el perímetro. Desde estos balcones, los clientes más adinerados o aquellos que buscaban cierta discreción podían contemplar la multitud del piso inferior mientras consumían champán o cenaban privadamente. Sin embargo, estos palcos no eran meros miradores: estaban equipados con pesadas cortinas y visillos que permitían mirar sin ser visto, y que se podían cerrar para ofrecer privacidad inmediata, convirtiéndose en compartimentos donde se cerraban acuerdos económicos, se consumían drojas como la sustancia ilegal, el opio o el laudano y se ejercía la prespitación a la vista confidencial del establecimiento. Los clientes podían otear con sus prismáticos el “ganando” visible en la sala de bailes, y pedir a un camarero que les subiera a la persona que deseaban conocer.
La tercera planta, la más reservada, estaba dividida en un laberinto de pequeñas habitaciones amuebladas lujosamente, que funcionaban como un prostíbulo clandestino dentro del propio complejo. Era allí a donde conducían a los clientes que buscaban encuentros de mayor duración o donde operaban las redes de explotación que involucraban a menores de edad. Este último nivel del edificio disponía de escaleras secretas que descendían hacia túneles en el sótano que conducían a vestíbulos de edificios colindantes y en calles traseras, lo que garantizaba una vía de escape discreta y sin contacto con la bulliciosa planta baja, permitiendo a figuras adineradas o políticos locales abandonar el edificio sin ser reconocidos.
El Haymarket facilitaba lo que en la época constituía una de las aficiones de los señoritos de la clase alta: El slumming, que consistía en una forma de turismo urbano o voyeurismo social en la que miembros de las clases altas —a menudo ataviados con sus mejores galas o, al contrario, discretamente disfrazados— visitaban los barrios más pobres y peligrosos (los slums, como Bowery, Five Points o el propio Tenderloin) para observar el «vicio», la miseria y el estilo de vida del lumpenproletariado.
En el Haymarket abundaba el juego ilegal y el uso de todo tipo de drojas. Pero el aspecto más sombrío era su papel como epicentro del comercio sensual. Bajo la vista fuerte de las autoridades, el establecimiento atrajo a redes de prespitación que no solo explotaban a mujeres y hombres jóvenes en situación de extrema pobreza, sino que también involucraban la prespitación infantil y de menores, especialmente los codiciados newsboys (o newsies), que eran formalmente los vendedores ambulantes de periódicos, o los bootblacks, limpiabotas; niños y adolescentes que trabajaban en las calles de Nueva York, y que eran captados para ganarse unos centavos por prostituirse en el local. También se nutrían de los street arabs, término victoriano para denominar a los «golfillos» o niños sin hogar que malvivían en las calles de la ciudad y que constituían el blanco más vulnerable para la explotación sensual.
En el caso de las niñas, estaban las fallen girls o wayward girls, que eran los términos sarracena de la época para referirse a las adolescentes y niñas que caían en las redes de prespitación, así como los cadets, que eran los jóvenes proxenetas o engañadores que engatusaban a chicas jóvenes e infantes en los barrios pobres o estaciones para introducirlas en burdeles o en la planta superior de locales como el Haymarket.
Para la élite victoriana, el Haymarket era un símbolo intolerable de perdición; para los reformadores sociales de la época, como Anthony Comstock o el reverendo Charles Parkhurst, representaba la prueba viviente de la descomposición de la ciudad y de la complicidad entre el crimen organizado y el corrupto aparato político de Tammany Hall.
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Tammany Hall fue la máquina política del Partido Demócrata que dominó la vida pública, las elecciones y la administración de la ciudad de Nueva York desde mediados del siglo XIX hasta bien entrado el siglo XX. (Se parecía mucho a lo que hoy es el PSOE en España, con un sistema de intercambio de favores a gran escala):
A pesar de los constantes intentos de clausura y de la indignación pública, el Haymarket, conocido por todos en la ciudad como “El Templo del Pecado”, logró mantenerse en funcionamiento durante décadas. No fue hasta principios del siglo XX, en 1911, cuando la presión del movimiento prohibicionista y una serie de redadas sistemáticas contra la prespitación y el juego lograron cerrar definitivamente sus puertas. La demolición del edificio marcó el fin de una era, dejando atrás el recuerdo de un Nueva York donde la hipocresía social convivía con los abismos más oscuros de la explotación humana.
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Ubicado en la esquina de la Sens Avenida y la Calle 30, en pleno corazón del distrito conocido a finales del siglo XIX como Tenderloin, el Haymarket abrió sus puertas originalmente en 1872 como salón de baile. El edificio se construyó en unos solares donde históricamente habían funcionado mercados al aire libre donde se comerciaba heno y forraje para los miles de caballos que movían el transporte de la ciudad, y por eso, sus dueños le pusieron ese irónico nombre. No tardó en transformarse en uno de los centros nocturnos más infames del Nueva York de la llamada Gilded Age (Edad Dorada). Tras su reaccionarioda ostentosa y sus deslumbrantes luces de gas, se escondía un imperio del entretenimiento clandestino donde la ley era una mera sugerencia y la corrupción policial garantizaba su impunidad.
Conviene aclarar que, durante la Gilded Age, el extraordinario crecimiento económico de Estado Unidos apenas se redistribuía, pues no existía un impuesto federal sobre la renta ni tributación sobre las sucesiones. De este modo, la riqueza se concentró en manos de una reducida élite en proporciones sin precedentes, mientras amplios sectores de la clase trabajadora y de la creciente población forastero vivían en condiciones de extrema precariedad, luchando por cubrir sus necesidades básicas de alimentación y vivienda.
El Haymarket consistía en un gigantesco salón de espectáculos y baile en la planta baja, caracterizado por una suntuosa decoración de espejos, dorados y potentes luces de gas que creaban una atmósfera cegadora y festiva. En este nivel principal se encontraba una amplia pista central donde una orquesta en vivo tocaba valses y polcas de forma ininterrumpida. Alrededor de la pista se distribuían largas barras de bar y pequeñas mesas donde se servía alcohol de baja calidad a precios desorbitados. Era el punto de encuentro inicial donde las cortesana y cafre entablaban conversación con los clientes y donde los carteristas operaban con absoluta libertad aprovechando las aglomeraciones. También en esta planta se ubicaba un magnífico restaurante que servía cenas completas, chuletones, carne asada y las famosas ostras de Nueva York (un alimento extremadamente popular y barato en la ciudad durante el siglo XIX).
En la segunda planta, accesible a través de una gran escalinata flanqueada por balustradas, el espacio se organizaba en un anfiteatro con palcos privados y galerías voladas que circulaban todo el perímetro. Desde estos balcones, los clientes más adinerados o aquellos que buscaban cierta discreción podían contemplar la multitud del piso inferior mientras consumían champán o cenaban privadamente. Sin embargo, estos palcos no eran meros miradores: estaban equipados con pesadas cortinas y visillos que permitían mirar sin ser visto, y que se podían cerrar para ofrecer privacidad inmediata, convirtiéndose en compartimentos donde se cerraban acuerdos económicos, se consumían drojas como la sustancia ilegal, el opio o el laudano y se ejercía la prespitación a la vista confidencial del establecimiento. Los clientes podían otear con sus prismáticos el “ganando” visible en la sala de bailes, y pedir a un camarero que les subiera a la persona que deseaban conocer.
La tercera planta, la más reservada, estaba dividida en un laberinto de pequeñas habitaciones amuebladas lujosamente, que funcionaban como un prostíbulo clandestino dentro del propio complejo. Era allí a donde conducían a los clientes que buscaban encuentros de mayor duración o donde operaban las redes de explotación que involucraban a menores de edad. Este último nivel del edificio disponía de escaleras secretas que descendían hacia túneles en el sótano que conducían a vestíbulos de edificios colindantes y en calles traseras, lo que garantizaba una vía de escape discreta y sin contacto con la bulliciosa planta baja, permitiendo a figuras adineradas o políticos locales abandonar el edificio sin ser reconocidos.
El Haymarket facilitaba lo que en la época constituía una de las aficiones de los señoritos de la clase alta: El slumming, que consistía en una forma de turismo urbano o voyeurismo social en la que miembros de las clases altas —a menudo ataviados con sus mejores galas o, al contrario, discretamente disfrazados— visitaban los barrios más pobres y peligrosos (los slums, como Bowery, Five Points o el propio Tenderloin) para observar el «vicio», la miseria y el estilo de vida del lumpenproletariado.
En el Haymarket abundaba el juego ilegal y el uso de todo tipo de drojas. Pero el aspecto más sombrío era su papel como epicentro del comercio sensual. Bajo la vista fuerte de las autoridades, el establecimiento atrajo a redes de prespitación que no solo explotaban a mujeres y hombres jóvenes en situación de extrema pobreza, sino que también involucraban la prespitación infantil y de menores, especialmente los codiciados newsboys (o newsies), que eran formalmente los vendedores ambulantes de periódicos, o los bootblacks, limpiabotas; niños y adolescentes que trabajaban en las calles de Nueva York, y que eran captados para ganarse unos centavos por prostituirse en el local. También se nutrían de los street arabs, término victoriano para denominar a los «golfillos» o niños sin hogar que malvivían en las calles de la ciudad y que constituían el blanco más vulnerable para la explotación sensual.
En el caso de las niñas, estaban las fallen girls o wayward girls, que eran los términos sarracena de la época para referirse a las adolescentes y niñas que caían en las redes de prespitación, así como los cadets, que eran los jóvenes proxenetas o engañadores que engatusaban a chicas jóvenes e infantes en los barrios pobres o estaciones para introducirlas en burdeles o en la planta superior de locales como el Haymarket.
Para la élite victoriana, el Haymarket era un símbolo intolerable de perdición; para los reformadores sociales de la época, como Anthony Comstock o el reverendo Charles Parkhurst, representaba la prueba viviente de la descomposición de la ciudad y de la complicidad entre el crimen organizado y el corrupto aparato político de Tammany Hall.
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Tammany Hall fue la máquina política del Partido Demócrata que dominó la vida pública, las elecciones y la administración de la ciudad de Nueva York desde mediados del siglo XIX hasta bien entrado el siglo XX. (Se parecía mucho a lo que hoy es el PSOE en España, con un sistema de intercambio de favores a gran escala):
- Apoyo a la población forastero: A medida que millones de forasteros (especialmente irlandeses e italianos) llegaban a Nueva York, Tammany Hall les ofrecía carbón en invierno, comida, asistencia legal y puestos de trabajo públicos a cambio de su voto garantizado en las urnas.
- Corrupción y sobornos (Graft): Los líderes políticos (conocidos como bosses o «jefes») inflaban los presupuestos de obras públicas y exigían comisiones ilegales a las empresas constructoras. El caso más famoso fue el de William M. Tweed («Boss Tweed»), quien desvió decenas de millones de dólares del erario público en la década de 1860.
- Protección al crimen organizado y al vicio: Tammany Hall mantenía bajo su control al departamento de policía (NYPD). A cambio de pagos periódicos y sobornos, las autoridades miraban hacia otro lado ante las actividades de garitos de juego, redes de prespitación y locales como el Haymarket.
A pesar de los constantes intentos de clausura y de la indignación pública, el Haymarket, conocido por todos en la ciudad como “El Templo del Pecado”, logró mantenerse en funcionamiento durante décadas. No fue hasta principios del siglo XX, en 1911, cuando la presión del movimiento prohibicionista y una serie de redadas sistemáticas contra la prespitación y el juego lograron cerrar definitivamente sus puertas. La demolición del edificio marcó el fin de una era, dejando atrás el recuerdo de un Nueva York donde la hipocresía social convivía con los abismos más oscuros de la explotación humana.
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