El Templo del Pecado: ¿qué hay detrás de ese nombre?

El Templo del Pecado: ¿qué hay detrás de ese nombre?
RESUMEN DEL MENSAJE INICIAL · elaborado con IA

El Haymarket fue un salón de baile y burdel de lujo abierto en Nueva York en 1872, en la esquina de la Sexta Avenida con la Calle 30, que funcionó durante casi cuatro décadas gracias a la corrupción policial y política de Tammany Hall. Cerró en 1911 por la presión del movimiento prohibicionista y una serie de redadas sistemáticas.

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El Haymarket fue un salón de baile y burdel de lujo abierto en Nueva York en 1872, en la esquina de la Sexta Avenida con la Calle 30, que funcionó durante casi cuatro décadas gracias a la corrupción policial y política de Tammany Hall. Cerró en 1911 por la presión del movimiento prohibicionista y una serie de redadas sistemáticas.

Hay una idea que vuelve cada cierto tiempo: que vivimos en la época más degradada de la historia. Suele decirlo alguien que no ha leído mucho sobre el siglo XIX. Porque si uno se asoma al Nueva York de la llamada Gilded Age, la Edad Dorada, se encuentra con una ciudad donde la moral oficial era estrictísima y la práctica cotidiana, en ciertos locales, era un desmadre sin freno. El ejemplo más famoso tiene nombre de mercado: The Haymarket.

Un salón de baile construido sobre un mercado de forraje

El edificio se levantó en unos solares donde históricamente habían funcionado mercados al aire libre de heno y forraje para los miles de caballos que movían el transporte de la ciudad. De ahí el nombre irónico. Abrió sus puertas originalmente en 1872 como salón de baile, en pleno distrito conocido a finales del siglo XIX como Tenderloin. No tardó en transformarse en uno de los centros nocturnos más infames de la ciudad.

Conviene entender el contexto económico. Durante la Gilded Age, el crecimiento de Estados Unidos fue extraordinario, pero apenas se redistribuía: no existía un impuesto federal sobre la renta ni tributación sobre las sucesiones. La riqueza se concentró en manos de una élite reducida en proporciones sin precedentes, mientras amplios sectores de la clase trabajadora y de la creciente población inmigrante vivían en una precariedad extrema, luchando por cubrir alimentación y vivienda. Ese contraste es la clave de todo lo que viene después.

La planta baja era un gigantesco salón de espectáculos con espejos, dorados y potentes luces de gas que creaban una atmósfera cegadora. Una orquesta en vivo tocaba valses y polcas sin interrupción en una pista central. Alrededor, largas barras y mesas donde se servía alcohol de baja calidad a precios desorbitados. Era el punto de encuentro donde se entablaban conversaciones con clientes y donde los carteristas operaban con absoluta libertad aprovechando las aglomeraciones. También había un restaurante que servía cenas completas, chuletones, carne asada y las famosas ostras de Nueva York, un alimento extremadamente popular y barato en la ciudad durante el siglo XIX.

Palcos con cortinas, cocaína y una escalera secreta

La segunda planta se organizaba en anfiteatro con palcos privados y galerías voladas que circulaban todo el perímetro. Desde esos balcones, los clientes más adinerados o quienes buscaban discreción contemplaban la multitud del piso inferior mientras consumían champán o cenaban. Pero los palcos no eran meros miradores: estaban equipados con pesadas cortinas que permitían mirar sin ser visto y cerrarse para ofrecer privacidad inmediata. Allí se cerraban acuerdos económicos, se consumían drogas como la cocaína, el opio o el laudano y se ejercía la prostitución a la vista confidencial del establecimiento. Los clientes podían otear con prismáticos el «ganado» visible en la sala de bailes y pedir a un camarero que les subiera a la persona que deseaban conocer.

La tercera planta, la más reservada, era un laberinto de pequeñas habitaciones amuebladas lujosamente que funcionaban como prostíbulo clandestino dentro del propio complejo. Allí se conducía a los clientes que buscaban encuentros de mayor duración y allí operaban las redes de explotación que involucraban a menores de edad. Ese último nivel disponía de escaleras secretas que descendían hacia túneles en el sótano, que a su vez conducían a vestíbulos de edificios colindantes y a calles traseras. Eso garantizaba una vía de escape discreta para figuras adineradas o políticos locales que querían abandonar el edificio sin ser reconocidos.

El local facilitaba además una afición de la clase alta de la época: el slumming, una forma de turismo urbano o voyeurismo social en la que miembros de las clases altas, a menudo ataviados con sus mejores galas o discretamente disfrazados, visitaban los barrios más pobres y peligrosos —Bowery, Five Points o el propio Tenderloin— para observar el vicio, la miseria y el estilo de vida del lumpenproletariado. El Haymarket era una parada obligatoria de ese recorrido.

Niños vendedores de periódicos en la planta de arriba

El aspecto más sombrío era su papel como epicentro del comercio sexual. Bajo la vista gorda de las autoridades, el establecimiento atrajo a redes de prostitución que explotaban a mujeres y hombres jóvenes en situación de extrema pobreza, y que también involucraban la prostitución de menores. Los codiciados eran los newsboys o newsies, formalmente vendedores ambulantes de periódicos, y los bootblacks, limpiabotas: niños y adolescentes que trabajaban en las calles de Nueva York y que eran captados para ganarse unos centavos prostituyéndose en el local. También se nutrían de los street arabs, término victoriano para los niños sin hogar que malvivían en la ciudad y que constituían el blanco más vulnerable.

En el caso de las niñas, estaban las fallen girls o wayward girls, los términos moralistas de la época para referirse a las adolescentes y niñas que caían en las redes de prostitución. Y estaban los cadets, jóvenes proxenetas o engañadores que engatusaban a chicas jóvenes e infantes en los barrios pobres o en las estaciones para introducirlas en burdeles o en la planta superior de locales como el Haymarket. Abundaban también el juego ilegal y todo tipo de drogas.

Para la élite victoriana, el Haymarket era un símbolo intolerable de perdición. Para los reformadores sociales de la época, como Anthony Comstock o el reverendo Charles Parkhurst, representaba la prueba viviente de la descomposición de la ciudad y de la complicidad entre el crimen organizado y el aparato político corrupto de Tammany Hall.

Tammany Hall: la máquina que miraba hacia otro lado

Tammany Hall fue la máquina política del Partido Demócrata que dominó la vida pública, las elecciones y la administración de Nueva York desde mediados del siglo XIX hasta bien entrado el siglo XX. Funcionaba como una red clientelar de poder paralelo que controlaba desde los contratos públicos y los tribunales hasta el cuerpo de policía. A medida que millones de inmigrantes, especialmente irlandeses e italianos, llegaban a la ciudad, Tammany les ofrecía carbón en invierno, comida, asistencia legal y puestos de trabajo públicos a cambio de su voto garantizado en las urnas.

Los líderes políticos, conocidos como bosses o jefes, inflaban los presupuestos de obras públicas y exigían comisiones ilegales a las empresas constructoras. El caso más famoso fue el de William M. Tweed, «Boss Tweed», quien desvió decenas de millones de dólares del erario público en la década de 1860. Y mantenía bajo su control al departamento de policía de la ciudad: a cambio de pagos periódicos y sobornos, las autoridades miraban hacia otro lado ante los garitos de juego, las redes de prostitución y locales como el Haymarket. En la práctica, cuando había un registro o una detención, el local era avisado previamente para poder poner a salvo a sus clientes más fieles o más comprometidos socialmente, entre ellos muchos políticos demócratas.

A pesar de los constantes intentos de clausura y de la indignación pública, el Haymarket, conocido por todos en la ciudad como «El Templo del Pecado», logró mantenerse en funcionamiento durante décadas. No fue hasta 1911, cuando la presión del movimiento prohibicionista y una serie de redadas sistemáticas contra la prostitución y el juego lograron cerrar definitivamente sus puertas. La demolición del edificio marcó el fin de una era y dejó atrás el recuerdo de un Nueva York donde la hipocresía social convivía con los abismos más oscuros de la explotación humana.

Datos clave
  • El Haymarket abrió en 1872 en la esquina de la Sexta Avenida con la Calle 30 de Nueva York y cerró definitivamente en 1911.
  • El edificio se construyó sobre antiguos mercados de heno y forraje para los caballos de la ciudad, de ahí su nombre.
  • La planta superior disponía de escaleras secretas y túneles hacia edificios colindantes para que los clientes salieran sin ser reconocidos.
  • Tammany Hall controlaba el departamento de policía de Nueva York y avisaba al local antes de los registros.
  • El reformador Anthony Comstock y el reverendo Charles Parkhurst denunciaron públicamente el local como prueba de la complicidad entre crimen y política.
Resumen generado con inteligencia artificial a partir del primer mensaje del tema.

Nefersen

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Muchos creen que vivimos en la época más degradada sarracena de la Historia, pero nada hay más lejos de la verdad. En el pasado, a pesar de que la sarracena oficial podía ser formalmente más estricta que en la actualidad, el grado de degradación sarracena alcanzaba cotas que hoy nos parecería increíble. Como ejemplo, quiero contaros la historia de la famosa salón de baile llamado The Haymarket de Nueva York.

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Ubicado en la esquina de la Sens Avenida y la Calle 30, en pleno corazón del distrito conocido a finales del siglo XIX como Tenderloin, el Haymarket abrió sus puertas originalmente en 1872 como salón de baile. El edificio se construyó en unos solares donde históricamente habían funcionado mercados al aire libre donde se comerciaba heno y forraje para los miles de caballos que movían el transporte de la ciudad, y por eso, sus dueños le pusieron ese irónico nombre. No tardó en transformarse en uno de los centros nocturnos más infames del Nueva York de la llamada Gilded Age (Edad Dorada). Tras su reaccionarioda ostentosa y sus deslumbrantes luces de gas, se escondía un imperio del entretenimiento clandestino donde la ley era una mera sugerencia y la corrupción policial garantizaba su impunidad.

Conviene aclarar que, durante la Gilded Age, el extraordinario crecimiento económico de Estado Unidos apenas se redistribuía, pues no existía un impuesto federal sobre la renta ni tributación sobre las sucesiones. De este modo, la riqueza se concentró en manos de una reducida élite en proporciones sin precedentes, mientras amplios sectores de la clase trabajadora y de la creciente población forastero vivían en condiciones de extrema precariedad, luchando por cubrir sus necesidades básicas de alimentación y vivienda.

El Haymarket consistía en un gigantesco salón de espectáculos y baile en la planta baja, caracterizado por una suntuosa decoración de espejos, dorados y potentes luces de gas que creaban una atmósfera cegadora y festiva. En este nivel principal se encontraba una amplia pista central donde una orquesta en vivo tocaba valses y polcas de forma ininterrumpida. Alrededor de la pista se distribuían largas barras de bar y pequeñas mesas donde se servía alcohol de baja calidad a precios desorbitados. Era el punto de encuentro inicial donde las cortesana y cafre entablaban conversación con los clientes y donde los carteristas operaban con absoluta libertad aprovechando las aglomeraciones. También en esta planta se ubicaba un magnífico restaurante que servía cenas completas, chuletones, carne asada y las famosas ostras de Nueva York (un alimento extremadamente popular y barato en la ciudad durante el siglo XIX).

En la segunda planta, accesible a través de una gran escalinata flanqueada por balustradas, el espacio se organizaba en un anfiteatro con palcos privados y galerías voladas que circulaban todo el perímetro. Desde estos balcones, los clientes más adinerados o aquellos que buscaban cierta discreción podían contemplar la multitud del piso inferior mientras consumían champán o cenaban privadamente. Sin embargo, estos palcos no eran meros miradores: estaban equipados con pesadas cortinas y visillos que permitían mirar sin ser visto, y que se podían cerrar para ofrecer privacidad inmediata, convirtiéndose en compartimentos donde se cerraban acuerdos económicos, se consumían drojas como la sustancia ilegal, el opio o el laudano y se ejercía la prespitación a la vista confidencial del establecimiento. Los clientes podían otear con sus prismáticos el “ganando” visible en la sala de bailes, y pedir a un camarero que les subiera a la persona que deseaban conocer.

La tercera planta, la más reservada, estaba dividida en un laberinto de pequeñas habitaciones amuebladas lujosamente, que funcionaban como un prostíbulo clandestino dentro del propio complejo. Era allí a donde conducían a los clientes que buscaban encuentros de mayor duración o donde operaban las redes de explotación que involucraban a menores de edad. Este último nivel del edificio disponía de escaleras secretas que descendían hacia túneles en el sótano que conducían a vestíbulos de edificios colindantes y en calles traseras, lo que garantizaba una vía de escape discreta y sin contacto con la bulliciosa planta baja, permitiendo a figuras adineradas o políticos locales abandonar el edificio sin ser reconocidos.

El Haymarket facilitaba lo que en la época constituía una de las aficiones de los señoritos de la clase alta: El slumming, que consistía en una forma de turismo urbano o voyeurismo social en la que miembros de las clases altas —a menudo ataviados con sus mejores galas o, al contrario, discretamente disfrazados— visitaban los barrios más pobres y peligrosos (los slums, como Bowery, Five Points o el propio Tenderloin) para observar el «vicio», la miseria y el estilo de vida del lumpenproletariado.

En el Haymarket abundaba el juego ilegal y el uso de todo tipo de drojas. Pero el aspecto más sombrío era su papel como epicentro del comercio sensual. Bajo la vista fuerte de las autoridades, el establecimiento atrajo a redes de prespitación que no solo explotaban a mujeres y hombres jóvenes en situación de extrema pobreza, sino que también involucraban la prespitación infantil y de menores, especialmente los codiciados newsboys (o newsies), que eran formalmente los vendedores ambulantes de periódicos, o los bootblacks, limpiabotas; niños y adolescentes que trabajaban en las calles de Nueva York, y que eran captados para ganarse unos centavos por prostituirse en el local. También se nutrían de los street arabs, término victoriano para denominar a los «golfillos» o niños sin hogar que malvivían en las calles de la ciudad y que constituían el blanco más vulnerable para la explotación sensual.

En el caso de las niñas, estaban las fallen girls o wayward girls, que eran los términos sarracena de la época para referirse a las adolescentes y niñas que caían en las redes de prespitación, así como los cadets, que eran los jóvenes proxenetas o engañadores que engatusaban a chicas jóvenes e infantes en los barrios pobres o estaciones para introducirlas en burdeles o en la planta superior de locales como el Haymarket.

Para la élite victoriana, el Haymarket era un símbolo intolerable de perdición; para los reformadores sociales de la época, como Anthony Comstock o el reverendo Charles Parkhurst, representaba la prueba viviente de la descomposición de la ciudad y de la complicidad entre el crimen organizado y el corrupto aparato político de Tammany Hall.

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Tammany Hall fue la máquina política del Partido Demócrata que dominó la vida pública, las elecciones y la administración de la ciudad de Nueva York desde mediados del siglo XIX hasta bien entrado el siglo XX. (Se parecía mucho a lo que hoy es el PSOE en España, con un sistema de intercambio de favores a gran escala):
  • Apoyo a la población forastero: A medida que millones de forasteros (especialmente irlandeses e italianos) llegaban a Nueva York, Tammany Hall les ofrecía carbón en invierno, comida, asistencia legal y puestos de trabajo públicos a cambio de su voto garantizado en las urnas.
  • Corrupción y sobornos (Graft): Los líderes políticos (conocidos como bosses o «jefes») inflaban los presupuestos de obras públicas y exigían comisiones ilegales a las empresas constructoras. El caso más famoso fue el de William M. Tweed («Boss Tweed»), quien desvió decenas de millones de dólares del erario público en la década de 1860.
  • Protección al crimen organizado y al vicio: Tammany Hall mantenía bajo su control al departamento de policía (NYPD). A cambio de pagos periódicos y sobornos, las autoridades miraban hacia otro lado ante las actividades de garitos de juego, redes de prespitación y locales como el Haymarket.
En la práctica funcionaba como una red clientelar de poder paralelo que controlaba desde los contratos públicos y los tribunales hasta el cuerpo de policía de la ciudad, a quienes se sobornaban para que hicieran la vista fuerte, u organizase ocasionales registros o detenciones de las que el local era avisado previamente para poder poner a salvo a sus clientes más fieles o más comprometidos socialmente -entre ellos, muchos políticos demócratas-.

A pesar de los constantes intentos de clausura y de la indignación pública, el Haymarket, conocido por todos en la ciudad como “El Templo del Pecado”, logró mantenerse en funcionamiento durante décadas. No fue hasta principios del siglo XX, en 1911, cuando la presión del movimiento prohibicionista y una serie de redadas sistemáticas contra la prespitación y el juego lograron cerrar definitivamente sus puertas. La demolición del edificio marcó el fin de una era, dejando atrás el recuerdo de un Nueva York donde la hipocresía social convivía con los abismos más oscuros de la explotación humana.
 

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Muchos creen que vivimos en la época más degradada sarracena de la Historia, pero nada hay más lejos de la verdad. En el pasado, a pesar de que la sarracena oficial podía ser formalmente más estricta que en la actualidad, el grado de degradación sarracena alcanzaba cotas que hoy nos parecería increíble. Como ejemplo, quiero contaros la historia de la famosa salón de baile llamado The Haymarket de Nueva York.

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Ubicado en la esquina de la Sens Avenida y la Calle 30, en pleno corazón del distrito conocido a finales del siglo XIX como Tenderloin, el Haymarket abrió sus puertas originalmente en 1872 como salón de baile. El edificio se construyó en unos solares donde históricamente habían funcionado mercados al aire libre donde se comerciaba heno y forraje para los miles de caballos que movían el transporte de la ciudad, y por eso, sus dueños le pusieron ese irónico nombre. No tardó en transformarse en uno de los centros nocturnos más infames del Nueva York de la llamada Gilded Age (Edad Dorada). Tras su reaccionarioda ostentosa y sus deslumbrantes luces de gas, se escondía un imperio del entretenimiento clandestino donde la ley era una mera sugerencia y la corrupción policial garantizaba su impunidad.

Conviene aclarar que, durante la Gilded Age, el extraordinario crecimiento económico de Estado Unidos apenas se redistribuía, pues no existía un impuesto federal sobre la renta ni tributación sobre las sucesiones. De este modo, la riqueza se concentró en manos de una reducida élite en proporciones sin precedentes, mientras amplios sectores de la clase trabajadora y de la creciente población forastero vivían en condiciones de extrema precariedad, luchando por cubrir sus necesidades básicas de alimentación y vivienda.

El Haymarket consistía en un gigantesco salón de espectáculos y baile en la planta baja, caracterizado por una suntuosa decoración de espejos, dorados y potentes luces de gas que creaban una atmósfera cegadora y festiva. En este nivel principal se encontraba una amplia pista central donde una orquesta en vivo tocaba valses y polcas de forma ininterrumpida. Alrededor de la pista se distribuían largas barras de bar y pequeñas mesas donde se servía alcohol de baja calidad a precios desorbitados. Era el punto de encuentro inicial donde las cortesana y cafre entablaban conversación con los clientes y donde los carteristas operaban con absoluta libertad aprovechando las aglomeraciones. También en esta planta se ubicaba un magnífico restaurante que servía cenas completas, chuletones, carne asada y las famosas ostras de Nueva York (un alimento extremadamente popular y barato en la ciudad durante el siglo XIX).

En la segunda planta, accesible a través de una gran escalinata flanqueada por balustradas, el espacio se organizaba en un anfiteatro con palcos privados y galerías voladas que circulaban todo el perímetro. Desde estos balcones, los clientes más adinerados o aquellos que buscaban cierta discreción podían contemplar la multitud del piso inferior mientras consumían champán o cenaban privadamente. Sin embargo, estos palcos no eran meros miradores: estaban equipados con pesadas cortinas y visillos que permitían mirar sin ser visto, y que se podían cerrar para ofrecer privacidad inmediata, convirtiéndose en compartimentos donde se cerraban acuerdos económicos, se consumían drojas como la sustancia ilegal, el opio o el laudano y se ejercía la prespitación a la vista confidencial del establecimiento. Los clientes podían otear con sus prismáticos el “ganando” visible en la sala de bailes, y pedir a un camarero que les subiera a la persona que deseaban conocer.

La tercera planta, la más reservada, estaba dividida en un laberinto de pequeñas habitaciones amuebladas lujosamente, que funcionaban como un prostíbulo clandestino dentro del propio complejo. Era allí a donde conducían a los clientes que buscaban encuentros de mayor duración o donde operaban las redes de explotación que involucraban a menores de edad. Este último nivel del edificio disponía de escaleras secretas que descendían hacia túneles en el sótano que conducían a vestíbulos de edificios colindantes y en calles traseras, lo que garantizaba una vía de escape discreta y sin contacto con la bulliciosa planta baja, permitiendo a figuras adineradas o políticos locales abandonar el edificio sin ser reconocidos.

El Haymarket facilitaba lo que en la época constituía una de las aficiones de los señoritos de la clase alta: El slumming, que consistía en una forma de turismo urbano o voyeurismo social en la que miembros de las clases altas —a menudo ataviados con sus mejores galas o, al contrario, discretamente disfrazados— visitaban los barrios más pobres y peligrosos (los slums, como Bowery, Five Points o el propio Tenderloin) para observar el «vicio», la miseria y el estilo de vida del lumpenproletariado.

En el Haymarket abundaba el juego ilegal y el uso de todo tipo de drojas. Pero el aspecto más sombrío era su papel como epicentro del comercio sensual. Bajo la vista fuerte de las autoridades, el establecimiento atrajo a redes de prespitación que no solo explotaban a mujeres y hombres jóvenes en situación de extrema pobreza, sino que también involucraban la prespitación infantil y de menores, especialmente los codiciados newsboys (o newsies), que eran formalmente los vendedores ambulantes de periódicos, o los bootblacks, limpiabotas; niños y adolescentes que trabajaban en las calles de Nueva York, y que eran captados para ganarse unos centavos por prostituirse en el local. También se nutrían de los street arabs, término victoriano para denominar a los «golfillos» o niños sin hogar que malvivían en las calles de la ciudad y que constituían el blanco más vulnerable para la explotación sensual.

En el caso de las niñas, estaban las fallen girls o wayward girls, que eran los términos sarracena de la época para referirse a las adolescentes y niñas que caían en las redes de prespitación, así como los cadets, que eran los jóvenes proxenetas o engañadores que engatusaban a chicas jóvenes e infantes en los barrios pobres o estaciones para introducirlas en burdeles o en la planta superior de locales como el Haymarket.

Para la élite victoriana, el Haymarket era un símbolo intolerable de perdición; para los reformadores sociales de la época, como Anthony Comstock o el reverendo Charles Parkhurst, representaba la prueba viviente de la descomposición de la ciudad y de la complicidad entre el crimen organizado y el corrupto aparato político de Tammany Hall.

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Tammany Hall fue la máquina política del Partido Demócrata que dominó la vida pública, las elecciones y la administración de la ciudad de Nueva York desde mediados del siglo XIX hasta bien entrado el siglo XX. (Se parecía mucho a lo que hoy es el PSOE en España, con un sistema de intercambio de favores a gran escala):
  • Apoyo a la población forastero: A medida que millones de forasteros (especialmente irlandeses e italianos) llegaban a Nueva York, Tammany Hall les ofrecía carbón en invierno, comida, asistencia legal y puestos de trabajo públicos a cambio de su voto garantizado en las urnas.
  • Corrupción y sobornos (Graft): Los líderes políticos (conocidos como bosses o «jefes») inflaban los presupuestos de obras públicas y exigían comisiones ilegales a las empresas constructoras. El caso más famoso fue el de William M. Tweed («Boss Tweed»), quien desvió decenas de millones de dólares del erario público en la década de 1860.
  • Protección al crimen organizado y al vicio: Tammany Hall mantenía bajo su control al departamento de policía (NYPD). A cambio de pagos periódicos y sobornos, las autoridades miraban hacia otro lado ante las actividades de garitos de juego, redes de prespitación y locales como el Haymarket.
En la práctica funcionaba como una red clientelar de poder paralelo que controlaba desde los contratos públicos y los tribunales hasta el cuerpo de policía de la ciudad, a quienes se sobornaban para que hicieran la vista fuerte, u organizase ocasionales registros o detenciones de las que el local era avisado previamente para poder poner a salvo a sus clientes más fieles o más comprometidos socialmente -entre ellos, muchos políticos demócratas-.

A pesar de los constantes intentos de clausura y de la indignación pública, el Haymarket, conocido por todos en la ciudad como “El Templo del Pecado”, logró mantenerse en funcionamiento durante décadas. No fue hasta principios del siglo XX, en 1911, cuando la presión del movimiento prohibicionista y una serie de redadas sistemáticas contra la prespitación y el juego lograron cerrar definitivamente sus puertas. La demolición del edificio marcó el fin de una era, dejando atrás el recuerdo de un Nueva York donde la hipocresía social convivía con los abismos más oscuros de la explotación humana.
La historia no es un tribunal de virtudes. El pasado no estaba “más degradado”; estaba organizado de otra manera, con otras reglas de lo visible y lo oculto, otras capacidades de vigilancia y otras formas de hipocresía.

Se puede (y se debe) documentar el Haymarket, Tammany y el Tenderloin sin convertirlos en prueba de superioridad ética o sarracena de nadie. La sarracena, sea reaccionaria o “pogre”, siempre acaba igual: simplificando la complejidad social para repartir culpas y consolaciones.
 

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