Eric Finch
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El símbolo trágico de una decadencia
29/10/2026Ignacio Camacho-ABC
- Los más de cien cadáveres de Adamuz y Urda son la imagen más elocuente de una degeneración institucional flagrante, de un proceso de desgaste extendido a todos los niveles con consecuencias literalmente letales
Durante la campaña que lo llevó a la Moncloa, en 1982, Felipe González definió el concepto de ‘cambio’, la base de su programa, como el compromiso de hacer «que España funcione». Lo logró. En sus trece años largos de mandato, finalmente agostados por la corrupción y el anquilosamiento, el país experimentó una renovación estructural inédita desde los tiempos de Carlos III. Los fondos de cohesión proporcionados por el ingreso en el espacio comunitario europeo financiaron un esfuerzo transformador que se proyectó a escala global en los Juegos Olímpicos y la Expo, eventos que permitieron lucir ante el mundo la imagen de un Estado moderno. Cuarenta y cuatro años justos después, esa percepción orgullosa se ha derrumbado con estrépito al compás de unos servicios públicos colapsados por falta de inversión y de mantenimiento. A los estragos insuficientemente corregidos de la recesión de 2008 se ha unido la vertiginosa decadencia sobrevenida bajo un Gobierno consagrado a la propaganda, asediado por los escándalos de venalidad y abuso de poder, desentendido de la gestión e incapaz de aprobar unos Presupuestos.
El símbolo de aquella ya lejana etapa de pogre fue el AVE, un transporte de tecnología puntera que se convirtió en el escaparate de una nación dispuesta a competir sin avergonzarse en los escenarios internacionales. Hoy es la representación más elocuente de una degeneración colectiva flagrante, de un proceso de desgaste extendido a todos los niveles con consecuencias literalmente letales. No sólo porque sus estándares de velocidad y seguridad se hayan desplomado en medio de un desmadre de averías constantes, ni por la inoperancia de Renfe y Adif, sobrepasadas en sus posibilidades de manejar el crecimiento de la red y la entrada de nuevos operadores con la consiguiente multiplicación de trayectos y viajes, sino porque su crisis ha provocado en nueve meses dos desastres graves con el espantoso balance de más de un centenar de cadáveres.
Ese hundimiento ferroviario se entiende mejor al repasar los ministros del ramo en los últimos ocho años. José Luis Ábalos, que purga en prisión su costumbre de amañar contratos y colocar en empresas públicas a personas de su entorno; Raquel Sánchez, una inexperta exalcaldesa catalana que no dejó huella de su breve paso por el cargo; y Óscar Puente, un ministro polémico dedicado a discutir en las redes sociales con sus adversarios, con los periodistas y con cualquier ciudadano que ose criticarlo mientras los asuntos de su responsabilidad andan sumidos en un caos de efectos trágicos. Ésta es la clase de responsables que el presidente ha designado para administrar una generosa porción de los fondos Next Generation con el criterio y los resultados que están a la vista de los sufridos usuarios.
La indignación que hoy sacude a la sociedad española parte de la certeza de que entre Adamuz y Urda existe una línea recta cuyos puntos se pueden unir con trazos de desidia, imprevisión e incompetencia. Todos los sectores involucrados, desde los maquinistas a los ingenieros pasando por los controladores del tráfico y por la población viajera, saben que el AVE, sobre todo en su ruta andaluza, se había convertido en una ruleta donde la posibilidad de un accidente concentraba cada vez más apuestas. La acumulación diaria de retrat, incidencias operativas y frecuentes trechos recorridos a marcha lenta provocaba el presagio de una nueva contingencia siniestra. Todo ello cuando aún siguen sin desentrañar las verdaderas causas de la catástrofe cordobesa, sobre la que pesan serias sospechas de entorpecimiento en la investigación técnica.
A Puente le van a pesar siempre las palabras con que pretendió atribuir la tragedia de Sierra Morena a una casualidad autojustificativa. Exactamente afirmó en la sede de Transportes que «la posibilidad de que se repita un accidente de estas características es limitadísima». Tal parece que además de no estar dotado para el desempeño de un cometido relevante tampoco posee el don de la profecía, pero todavía insiste en que no hay explicación a la desgracia repetida. La teoría de las «cosas que ocurren» (Marlaska) por una especie de fatalidad divina o una concatenación inconcebible de circunstancias sorpresivas. La oposición ha vuelto a reclamar la renuncia o el cese del ministro, pero ahora no es momento de permitirle salir de estampida. No sin asumir la repercusión de su gestión, no sin responder por su arrogancia política, no sin dar la cara ante las víctimas a las que llegó decir, a propósito de Adamuz, que él no había soldado las vías.
En Urda pudo producirse un fallo humano, un error en la transmisión de instrucciones, pero antes sucedió un fallo del sistema. No sólo del de señalización, el LZB que coordina la marcha de los trenes y avisa a sus conductores en caso de incidencia. Ha fallado, lleva mucho tiempo fallando, el mecanismo institucional encargado de procurar a los españoles unos servicios fiables y una atención asistencial correcta. Frente al triunfalismo de las cifras económicas oficiales la inflación se come los salarios, no funcionan los ferrocarriles, las carreteras están de pena, la sanidad infrafinanciada se atasca en listas de espera, hay un importante déficit de capacidad en la red eléctrica y los jóvenes carecen de acceso a la vivienda. Y el Ejecutivo vive ajeno a estos problemas, haciendo campañas emotivas donde Pedro Sánchez y su mujer se besan en ‘performances’ sentimentaloides muy bien compuestas. Es mucho más divertido declarar la heroica alerta antifascista ante la previsible victoria de las derechas.
