NINIS: el sello que culpa al parado de una España sin industria
Un hombre de 26 años salió del consultorio con una palabra pegada a la espalda: «parásito». Se la había dicho su médica de cabecera por no estudiar ni trabajar. No replicó. Se cambió de médico y lo contó después, medio en broma, en una discusión económica que terminó hablando de algo más grande que su caso: quién decide a quién se llama NINI y por qué esa etiqueta cuaja tan bien en un país con problemas estructurales de
empleo.
La chispa la enciende un texto incendiario. Sostiene que las élites usan los medios para que la población se sienta culpable de su propia situación —miedo, humillación, silencio— y que el resultado es una masa
aborregada incapaz de rebelarse. El escrito acaba recomendando literalmente agredir a quien emplee la etiqueta. Casi nadie recoge ese guante por la vía de la violencia; muchos, en cambio, entran a discutir la parte económica del asunto.
De la octava potencia industrial a la economía de camareros
El planteamiento inicial asegura que España fue la
8ª potencia industrial del mundo y que el llamado Régimen del 78 la desmanteló para venderla «a precio de saldo», con
2 bancarrotas en 15 años y una economía de sueldos bajos. La crítica no tarda. Un análisis recuerda que la desindustrialización llegó al retirarse las medidas proteccionistas y compara el caso con
Corea del Sur, que mantuvo protección en sectores clave y de la que salieron Samsung, Hyundai, Daewoo, KIA o LG. El contraste se repite: aquí se optó por el seguidismo; allí, por la industria propia.
El diagnóstico de fondo —un país con precios de país rico y sueldos de país pobre— se discute menos que la salida. Hay quien culpa a la asfixia impositiva y regulatoria de que nadie monte un negocio. Otros señalan que el problema es el modelo productivo, no el esfuerzo individual. Y una tercera vía, más incómoda, sostiene que el mercado laboral español no está roto por accidente.
¿Por qué se llama NINI a un parado de larga duración?
Porque traslada al individuo una responsabilidad que, según un argumento recurrente del intercambio, es del ciclo. La etiqueta nació para jóvenes que ni estudian ni trabajan, pero el intercambio la desborda pronto: cada vez son más los adultos que han estudiado, han trabajado y, tras encadenar contratos de seis meses, han tirado la toalla. Se recuerda también a los mayores de 50 en paro, padres de familia que no encuentran salida. Un argumento recurrente sostiene que el «ninismo» es una invención para descargar al sistema de la culpa del paro estructural y enfrentar a los ocupados con los excluidos.
La postura más dura no admite matices: si no trabajas y no estudias, el problema es tuyo. Esa corriente pone el foco en el esfuerzo, en la iniciativa y en lo que considera victimismo, y responde con una frase que reaparece una y otra vez: «búscate un trabajo».
El choque migratorio como pantalla
Parte de los textos culpa a la llegada de trabajadores extranjeros de la presión a la baja sobre los salarios. Otros replican que quienes madrugan para recoger hortalizas no son el enemigo, y avisan de que convertirlos en ejemplo de sacrificio frente al desempleado local es una forma de enfrentar a los de abajo. Hay también quien recuerda que un país que maltrata a su propia gente no tiene autoridad para dar lecciones. La tensión recorre el intercambio, pero el fondo que más se repite es otro: el funcionamiento del mercado laboral.
El enchufismo y el plan de huida
Entre dimes y diretes se cuela un diagnóstico incómodo: sin contactos no hay empleo, ni chollo. Quien no cultiva amistades útiles lo tiene peor, se afirma. De ahí sale el consejo más repetido entre los que pasan de la queja: estudiar, trabajar hasta los 30, ahorrar y, con idiomas y experiencia, emigrar a un mercado más serio antes de que aquí se deje de contratar a los que cumplen años. No es optimismo. Es una orden de desalojo.
La teoría del control mental, sin pruebas
El texto inicial no se queda en lo económico. Habla de técnicas de manipulación atribuidas a la masonería y llega a vincular el accidente del avión de Germanwings con la aprobación de una ley de seguridad ciudadana. Son afirmaciones sin ningún respaldo. Aparecen mezcladas con un descontento laboral que sí es real, y ahí está buena parte del problema: cuando el malestar auténtico se envuelve en conspiraciones, la crítica se vuelve fácil de descartar.
El cierre que descoloca lo firma sin querer el propio planteamiento. Quien pide quemar las calles comparte el marco del que dice combatir: llama NINI a su enemigo y da por hecho que trabajar es la prueba de la virtud. En un país que, según el planteamiento inicial, tendría la tasa de paro más alta del mundo, la discusión no acaba en cifras, sino en decidir si el parado es víctima o culpable. Nadie termina de ponerse de acuerdo.