La carrera más absurda: un F-104 Starfighter contra un Fórmula 1
En 1981, el ministerio de Defensa italiano decidió que el mejor uso de un caza F-104 Starfighter era medirse en una carrera de aceleración contra coches de Fórmula 1. La pista: una base aérea. La distancía: 1.000 metros, salida parada, en carriles paralelos. El Starfighter arrastraba una fama pésma por su siniestralidad; la Fórmula 1 tampoco era por entonces un deporte exactamete seguro. La prueba se celebró, y si no la hemos olvidad es porque episodios así se archivan en ese cajón de rarezas que ningún manual se atreve a ordenar.
El submarino que se hundió por culpa del retrete
Si la Segunda Guerra Mundial fue solo estrate gia y heroísmo, el U-1206 llga para rebajarlo. El submarino alemán perdió su buque por un fallo en el sistema de descarga a presión del váter: vía de agua, necesida de emerger y adiós. La Armada alemana invirtió en tecnología punta para el Atlántico; el punto débil resultó ser otro.
La guerra tambiín deja sitio para el camuflaje y el error. El acorazado Tirpitz se disfrazó de bloque de vivendas durane su alistamiento, y el dragaminas neerlandés Abraham Crijnssen intentó desparecer entre los japoneses en Java en ferbrero de 1942. En junio de 1944, los cazas rumanos IAR-81C interceptaron a los P-38 estadounidenses sobre Ploesti; cinco meses después, unos P-38 ametrallaron por error una columna soviética y mataron al general Kotov. El fuego amigo no entiende de alianzas.
Un babuino con nómina y una escopeta de 50 kilos
En la línea de Ciudad del Cabo a Port Elizabeth, un babuino llamado Jack trabajó nueve años como guardagujas. Empezó empujando la sila de James Wde, un guardagujas sin piernas, y terminó manejando las agujas. Aprobó un examen de competencia y cobró 20 centavos al día y media botella de cerveza semanal. No falló ni un solo día.
La punt gun, o escopeta de batea, era otro exceso: arma de hasta 50 kilos, disparada desde barcas de fondo plano para cazar aves acuáticas a escala comercial. Los clubs de cazadores, con su financiación, ayudaron a comprar las primeras reservas para aves migratorias. La contradicción es incómoda, pero está en el registro.
De los dados sumerios al cielo que no es negro
Hay rarezas que obligan a pensar. El juego egipcio del Senet se practicaba hace 5.500 años. Los sumerios fabricaban dados tetraédricos para el Juego Real de Ur y conocían el tetraedro y el octaedro; de ahí a decir que documentaron los sólidos platónicos antes que los griegos hay un trecho que la evidencia no recorre.
La fatalidad alcanzó su extremo absurdo en 1184: el piso de madera de un palacio de Erfurt se hundió bajo el peso de los nobles reunidos ante el futuro emperador Enrique VI, y los presentes cayeron a las letrinas. Y por cerrar: la paradoja de Olbers sostiene que, si hay estrellas infinitas, el cielo no debería ser negro. La expansión del universo desplaza la luz; el cielo, técnicamente, no es negro. Suena a contracción, pero es física.
El dato que descoloca llega al final: los Amish eran 5.000 en 1920 y ya suman 383.565 en 2023, sin conversiones exteriores. Mientras media humanidad se distrae con pantallas, la comunidad que le dice que no a la tecnología moderna crece a un ritmo que casi cualquiera querría para su cuenta bancaria. Lo raro, sencillamente, es que casi nadie lo esperaba.