Rusia no domina ni el territorio prorruso un año después
Al cumplirse un año del inicio de la invasión, el reproche más repetido no va de derecho internacional ni de moral: va de resultados. El ejército ruso, según ese reproche, no ha sido capaz de avanzar mucho más allá de las fronteras anteriores al conflicto, ni siquiera en zonas con mayoría de población prorrusa. Sobre el terreno ha dejado
unidades enteras dilapidadas, y no precisamente de segunda fila: paracaidistas, fuerzas especiales y divisiones acorazadas. Es, en buena parte, lo mejor que tenía Rusia.
El goteo de bajas de mando refuerza esa impresión. Varios generales han muerto en atentados dentro de Rusia o alcanzados por drones en suelo ucraniano, un patrón que apunta a problemas de seguridad y de mando. A eso se suma el
Nord Stream reventado, la salida de miles de empresas del país y un frente diplomático donde Suecia y Finlandia, dos países que difícilmente habrían entrado en la OTAN, están más cerca que nunca de hacerlo.
¿Por qué Rusia no ha ganado la guerra en un año?
Porque el plan inicial asumía una rendición rápida que nunca llegó. La tesis más repetida es que Moscú contaba con decidir la guerra en semanas, no en meses, y que la resistencia ucraniana desbarató ese calendario. Otros matizan el marco: Ucrania no era un rival cualquiera, sino el mayor ejército de Europa después del ruso, con años de preparación desde 2014 y un arsenal heredado de la etapa soviética.
En lo que insisten los mensajes críticos es en el desgaste. Las fuerzas rusas han consumido material y hombres a un ritmo que no se corresponde con el terreno ganado. La comparación que apareció en el hilo es la de
Afganistán: una potencia que se deja miles de millones para, años después, dejar el terreno más o menos como estaba. Aquí el final sigue por escribir.
Jersón y el frente que no cierra ninguna de las dos partes
La zona de Jersón que sigue en manos rusas se describe, con retintín, como un descampado con cuatro casas: la capital y el grueso de la población y la economía del óblast quedaron del lado recuperado por Ucrania. Los intentos de vender cada avance como un triunfo se topan con la aritmética. Hay quien recuerda que esos mapas que se exhiben a escala 1:100.000 no representan ni 50 kilómetros en seis meses.
El frente, mientras, es el argumento más incómodo para las dos narrativas. Para unos, Rusia combate contra un ejército de tercera y no controla ni el cien por cien del área prorrusa, lo que califican directamente de histórico. Para otros, la OTAN envía armamento cada vez más pesado y no logra doblegar a un puñado de mercenarios y voluntarios: el ridículo, dicen, es el de Occidente.
Qué le queda a Rusia: economía, territorios y África
El relato del desastre total choca con otro cuadro, el que exhibe la parte más resistente del argumento ruso: la economía apenas ha caído, se suman territorios y millones de nuevos habitantes, crece el dominio sobre África y la posición como potencia mundial se mantiene. Como mínimo, se sostiene, Crimea se la quedan y buena parte del territorio también. Menos da una piedra.
En ese recuento crítico, los aliados reales se reducen a un puñado de nombres —Bielorrusia y Moldavia—, lo que dejaría la posición rusa dependiendo más de su capacidad de aguante que de su red diplomática. El antirrusismo en Europa y en buena parte del mundo, señalan los críticos, no estaba tan alto en décadas.
Del Fantasma de Kiev al submarino S-80: la guerra de los relatos
La propaganda ha jugado en las dos direcciones, y eso explica parte de la confusión. Se vendió como decisivo el Fantasma de Kiev, que habría derribado decenas de aviones; un francotirador que habría matado a tres generales; los drones Bayraktar; los Himars. Para los escépticos del foro, cada uno de esos relatos se desinfló o se quedó a medias.
En el capítulo doméstico, el submarino español S-80 protagonizó su propio episodio de exageración. Para vender algo antes hay que probarlo, y el S-80 apenas ha navegado unas horas en superficie; el sistema de propulsión independiente de aire prometía tres semanas bajo el agua, cuando antes se habían prometido cinco. De tres a cinco y de vuelta a tres, como el misterio de la Santísima Trinidad.
Dónde se atasca el análisis
El punto muerto no está en si Rusia ha rendido por debajo de lo esperado. Está en si eso basta para hablar de derrota. Un año de guerra no ha dado a Moscú el control completo del área prorrusa, ni a Kiev la recuperación de todo su territorio. Cada cifra nueva —los más de 200.000 militares ucranianos muertos que se citan, los territorios sumados, los generales caídos— sirve para las dos conclusiones opuestas.
Mientras el balance siga siendo ambiguo, la discusión no se cerrará: habrá quien vea un fracaso histórico y quien vea a un país aguantando contra media OTAN. Nadie ha encontrado todavía el dato que zanje la pregunta.