Diez FP, 48 años y ninguna oferta: el caso que retrata el mercado laboral
Un ERE en 2009 lo dejó fuera de la empresa donde llevaba más de una década. Antonio Miguel Moreno Hidalgo, jerezano criado en el barrio de La Granja, decidió entonces convertir el paro y la indemnización en formación. Hoy acumula una decena de títulos de
Formación Profesional —electromedicina, robótica, integración social, docencia para el empleo, entre otros— y, según su propio testimonio, sigue sin trabajo estable. «Nadie me llama», resume. La paradoja tiene miga: el hombre que podría reparar un TAC, programar una web o diagnosticar un robot de fábrica no levanta el teléfono de ningún departamento de recursos humanos.
Qué títulos acumula y para qué sirven
El listado impresiona sobre el papel. Electromedicina, la última incorporación, capacita —según la descripción que circula— para intervenir en equipos hospitalarios, desde escáneres hasta maquinaria de diagnóstico por imagen. A eso se suman robótica, integración social, formación para el empleo y un ramillete de certificados que, en teoría, cubren sectores tan dispares como la automoción, la sanidad o la docencia. En la práctica, el mercado no compra acumulación: compra especialización.
La crítica más repetida apunta precisamente ahí. Un título de FP no convierte a nadie en experto; da las bases para que una empresa termine de formar al candidato. Quien presenta diez titulaciones distintas transmite una señal ambigua: sabe de todo y no domina nada. El empresario que busca un tornero, un soldador o un electromecánico quiere a alguien que haya hecho eso mil veces, no diez cosas una vez.
Hay quien sostiene que el problema no es el exceso de formación, sino la ausencia de experiencia. Y hay quien replica que, a los 48 años y sin red de contactos, el currículum más brillante no compensa el sesgo de edad. Las dos cosas pueden ser verdad a la vez.
La trampa de la experiencia: prácticas sin contrato
El caso de Moreno Hidalgo no es único. En el material aparece otro perfil que siguió una ruta distinta: un trabajador de almacén que, tras 25 años en la misma empresa, se quedó fuera a los 44. Hizo un FP de tornero fresador, entró en prácticas, encadenó sustituciones y veranos, se sacó después el de soldador y esta vez sí consiguió que lo ficharan. La diferencia no fue el número de títulos, sino la secuencia: uno, prácticas, experiencia, otro, prácticas, contrato.
El contraste ilumina el error de estrategia. Acumular certificados sin haber pisado un taller entre curso y curso convierte la formación en un fin en sí mismo, no en un medio. Y el mercado penaliza esa deriva.
¿Por qué no se muda de ciudad?
Moreno Hidalgo lo explicó en televisión: no se plantea trasladarse porque rompería su círculo familiar y porque el precio del alquiler y la vivienda lo hacen inviable. Es una respuesta que muchos comparten y que choca con el discurso oficial de la movilidad como solución. La pregunta que sobrevuela es incómoda: ¿de qué sirve un sistema de FP que forma a miles de personas para empleos que no existen en su provincia?
El argumento de la movilidad tiene defensores y detractores. Los primeros señalan que el mercado laboral español es profundamente asimétrico: sobran candidatos donde no hay tejido industrial y faltan donde sí lo hay. Los segundos responden que pedir a un parado de 48 años que se mude a otra comunidad para cobrar un sueldo que apenas cubre el alquiler no es una política de empleo, es una broma de mal gusto.
El mercado laboral que no premia los títulos
La conversación deriva hacia un diagnóstico más amplio: en España, el título no garantiza nada. Hay quien apunta que la FP se ha convertido en un chiringuito que expide certificados sin conexión real con la demanda de las empresas. Hay quien recuerda que la formación profesional siempre fue el patito feo del sistema educativo y que ahora se ha inflado sin resolver el problema de fondo: la falta de tejido industrial.
El dato que descoloca no es que este hombre tenga diez títulos. Es que, con diez títulos, siga esperando una llamada que no llega.