La mili vuelve al debate un mes después de que Robles la descartara
La ministra de Defensa, Margarita Robles, aseguró en una comisión del Senado que el servicio militar no volvería: «No creo que se le haya pasado por la cabeza a nadie», dijo, rotunda. Apenas un mes después, un artículo de
20 minutos sobre la reintroducción del servicio militar obligatorio en varios países europeos ha reabierto el asunto. Y la reacción no ha sido tibia. El argumento que más se repite es el de la propaganda: «ej que en musho paiseh europedos ya la tienen y en otroh tantoj la van a volver a poner», resume con retintín uno de los mensajes más citados.
La discusión, con 156 respuestas acumuladas, arranca con una encuesta cuyos resultados se ponen en duda de entrada. ¿Son reales o cocinados por la creciente propaganda pro-mili? Esa sospecha recorre todo el intercambio y marca el tono: no se discute solo si la mili vuelve, sino quién está moviendo el tablero para que vuelva.
Qué dice la ministra y qué dicen los datos
El punto de partida es la contradicción. Robles negó el retorno en el Senado hace un mes y ahora el tema reaparece en prensa. Para una parte de los participantes, ese desmentido es precisamente la señal de que se está trabajando en ello: «Si la charo castuza lo ha negado, es que le están dando vueltas al asunto», sostiene uno de los mensajes más valorados. La lógica es la del globo sonda: se filtra, se mide la reacción y se decide.
La otra corriente no ve conspiración, sino pura inercia. «Con un Real Decreto bastaría para que la mili vuelva, solo fue suspendida», apunta un participante. Es decir, no haría falta ni reforma constitucional ni ley orgánica: bastaría con deshacer por decreto lo que se hizo por decreto. Ese detalle jurídico, que suele pasar desapercibido, cambia por completo el marco del debate.
El problema logístico que nadie quiere mirar
Más allá de la política, el obstáculo material es enorme. «La pregunta es de dónde sacan suboficiales, oficiales, etc. Ir a la mili no es ir a la discoteca», resume un análisis muy secundado. Los cuarteles se han vendido o reconvertido en otros edificios públicos, el armamento es cuestión de dinero, pero la formación de mandos intermedios es un proyecto a muy largo plazo. No se improvisa una cadena de mando.
La contraoferta llega desde otro ángulo: en caso de movilización general, los soldados profesionales ascenderían a suboficiales, los sargentos a tenientes y los capitanes a comandantes. «Que estamos hablando de la milicia, no de neurocirugía», zanja quien defiende esa vía. Los únicos indispensables serían los técnicos y el Estado Mayor. El resto, carne de cañón reemplazable al peso.
Quién la haría y quién se libraría
El reparto de la carga es otro de los ejes. Hay quien sostiene que los jóvenes votan en contra y los mayores a favor, porque son los primeros los que tendrían que ir. «Es un clásico», sentencia un mensaje. Y sobre los servicios alternativos, la duda es si seguirían existiendo o si ahora ni eso: si se van en masa a los servicios sociales, el problema se multiplica en plena crisis.
La cuestión territorial también aparece, con ironía: «¿Vascos y catalanes se libran?». Y la objeción de conciencia se convierte en arma arrojadiza entre participantes que se acusan mutuamente de ser demasiado mayores para ir o de no tenerla reconocida. El cruce de reproches personales es constante, pero debajo late una pregunta real: qué exenciones quedarían y a quién beneficiarían.
El ejército profesional y el giro de Aznar
Una de las intervenciones más citadas apunta a la naturaleza del modelo actual. «En teoría y solo en teoría, a un ejército de leva es más difícil meterlo en guerras que no sean de defensa del territorio», señala. El ejército profesional introducido en la etapa de Aznar serviría para lo contrario: proyectarse en el extranjero sin que nadie rechiste. La mili obligatoria, paradójicamente, sería un freno a la intervención exterior.
Ese argumento choca con el contexto internacional que recorre el subforo. La discusión sobre Ucrania, la OTAN y el gasto en defensa planea sobre todo el intercambio. «Ya le ha puesto a España una hoja de ruta pero no lo dicen», sostiene quien cree que los planes existen y solo falta el anuncio. En España no llegan a 70.000 soldados profesionales y muchos cumplirán 45 años en los próximos años, según ese mismo cálculo.
La brecha generacional y el relato oficial
El choque de edades vertebra el desencuentro. Quienes ya hicieron la mili recuerdan la jerga, el «Quinto levanta, tira de la manta» y las mañanas de turuta. Quienes no la hicieron ven en el retorno una amenaza difusa. «Si voy a morir prefiero que me pegue un tiro el guardia en el momento a que me lo pegue un ruso», escribe uno de los participantes más jóvenes. La frase, brutal, condensa el estado de ánimo.
La desconfianza hacia el relato oficial es transversal. Se cuestionan las encuestas, se cuestiona el artículo, se cuestiona el desmentido de la ministra. «Pues parece que os ha costado a todo el ejército ucraniano», ironiza un mensaje sobre la movilización forzosa. La conclusión que se impone es que nadie se cree del todo nada, ni a favor ni en contra.
Con estos mimbres, lo más probable es que el asunto siga en el limbo: ni decreto inminente ni descarte definitivo. La mili volverá al debate cada vez que Europa apriete, y se irá cuando amaine. Pero la pregunta de fondo —quién la haría, con qué mandos y para qué guerra— seguirá sin respuesta mientras nadie se atreva a ponerla por escrito.