El vacío que dicen sufrir los jóvenes ya lo lloraban Salinger y Camus
El vacío existencial de los jóvenes no es nuevo. Es una angustia con siglos de bibliografía a la espalda y quien crea que nació con TikTok se ha saltado unas cuantas estanterías. La tesis que arranca la conversación es tajante: ese malestar ha existido siempre y quedó escrito por
Salinger, Camus, Hesse o Stoker mucho antes de que existiera un vídeo vertical. La discrepancia llega al buscar la causa. Una parte lo atribuye a la condición humana; otra, a una mente condicionada por expectativas imposibles; y hay quien señala directamente al algoritmo que se alimenta de nuestra atención.
De Salinger a Drácula: el vacío es anterior al teléfono móvil
El catálogo que se maneja no es de ayer.
El Guardián entre el Centeno retrata a un chaval que no le ve sentido a nada y sueña con quehaceres estúpidos;
El Extranjero, piedra angular del existencialismo, cuenta lo mismo con otra voz y otra fecha. A esas dos se suman
Drácula, best-seller del siglo XIX al que se reprocha un final apresurado —detalle que, se admite, no le resta lectores—,
El lobo estepario de Hermann Hesse,
La conjura de los necios, que se llevó el Pulitzer, y
La insoportable levedad del ser, un libro que, dicen, hay que subrayar entero. También aparece
Dos habitaciones en Manhattan y su retrato de la soledad de las grandes ciudades.
La conclusión que se extrae es que el hueco interior no distingue entre siglos ni entre formatos: cambia el decorado, no el guion. Y asoma una comparación incómoda, la de
El Señor de las Moscas, cuya película de 1963 se cita como espejo: un veinteañero de hoy equivaldría, en capacidad de atención, a un chaval de doce años de entonces.
¿Por qué se siente vacío quien tiene de todo?
La respuesta que se da es literaria antes que económica. En
Sidharta, el protagonista lo tiene todo y una noche, sentado al pie de un mango de su jardín, se pregunta si es justo y necesario que alguien tenga un mango. Inmediatamente abandona la mansión con sus ropas lujosas y se marcha hacia lo desconocido. El patrón se repite en la vida real, según esta corriente: artistas y famosos que lo tuvieron todo y se autodestruyeron, con esa
muerte a los 27 que se cita como ejemplo de éxito sin dirección.
Frente a eso, la receta que se propone es deliberadamente modesta: los pequeños placeres. Ver una película, comerse un buen queso, salir a pasear cuando empieza a refrescar. Hay una formulación que resume la postura: la libertad depende del estado de consciencia y no de las circunstancias que te rodean, porque la gente tiende a confundir la vida con su situación de vida. El matiz es importante: quien lo tiene todo sin un propósito acaba destruido.
El algoritmo que aprende de ti y no te devuelve nada
Aquí el análisis se vuelve económico y tecnológico a la vez. Las plataformas de vídeo corto funcionan como sistemas que aprenden de quien las usa: registran gustos, retienen la atención y devuelven estímulo inmediato a cambio de horas. La comparación que se hace en la conversación es explícita y poco elegante, pero describe bien el mecanismo: es placer continuo, superficial y adictivo. ¿Qué conocimiento se adquiere tras dos horas de scroll? Prácticamente ninguno, incluso cuando el contenido es útil, porque nada se retiene.
A eso se suma el malestar de fondo que se atribuye a esta generación: criados para sentirse únicos, especiales e intocables, salen a la calle y se encuentran con el
mercado laboral.
La mayoría del trabajo es una tortura que embrutece, sostiene una de las tesis más repetidas, y encima se nos educa desde niños en que quien no trabaja es un inútil. El resultado es una brecha entre expectativa y nómina que ninguna pantalla tapa.
El encierro, un huerto y una hija: los remedios que se citan
Otra línea de la discusión baja al caso concreto. El encierro de la pandemia obligó a mucha gente a mirarse de frente sin ruido de fondo, y aquel silencio les dio miedo. Frente a la angustia, aparecen soluciones que no pasan por libros: uno cuenta que se le muere todo en un huerto vertical montado en la terraza, con sol de tarde y luminosidad de sobra, y bromea con que hasta un cactus de plástico se le marchitaría; otro ha empezado a tallar madera con música de fondo y describe la tranquilidad como total. Otro más lo resume en una imagen: una planta naciendo
cuatro días después de plantar la semilla.
Y luego está la respuesta más rotunda, la que no admite discusión:
el vacío se llenó el día que tuvo a su hija en brazos, y el resto pasó a importar muy poco. La soledad y el conocimiento de uno mismo aparecen como el denominador común de casi todos los remedios propuestos, por encima de gurús, best-sellers de autoayuda y promesas de salvación exprés.
¿Y a los 50? El vacío no entiende de edad
La pregunta recorre el intercambio de arriba abajo: si a los 30 se tiene esto, ¿qué pasa a los 40, a los 50, cuando uno es un jubilado? La respuesta mayoritaria es que el vacío no respeta edades. Quien lo cuenta asegura haber sentido de cerca la idea del suicidio de forma recurrente en épocas que se consideraban normales, y recuerda a chavales que lo hicieron entonces. Se recuerda también que el romanticismo del XIX convirtió esa tragedia en un subgénero literario casi aceptado, incluso bien visto.
De ahí sale la defensa de la religión como respuesta histórica: si siempre ha existido una creencia, argumentan, es porque el ser humano es un animal incompleto que necesita algo a lo que agarrarse. En el terreno espiritual se citan el budismo y la cábala como vías de paz interior y de propósito, con la advertencia de que ninguna tiene la verdad absoluta y todas serían versiones de lo mismo. La frase que mejor cierra esa parte es de manual: no importan los resultados, importa el camino.
Con esta bibliografía encima de la mesa, el pronóstico sigue abierto. Si el vacío lleva milenios documentándose, cabe esperar que la próxima generación también lo encuentre, con o sin aplicación de por medio. La duda es si lo leerá en un libro o solo en un comentario de quince segundos. Nadie se atreve a firmarlo todavía.