Cabras contra el Estado: el pastoreo que frena el desierto
¿Puede un rebaño de cabras hacer más por un bosque que una consejería entera de Medio Ambiente? La tesis que abre esta discusión sostiene que sí, y que el problema no es la cabra sino quien la persigue. El planteamiento es tan incómodo como concreto: las cabras clarean el monte, lo fertilizan, podan las ramas bajas y dispersan semillas; el Estado, en cambio, lleva siglos talando, roturando y cerealizando. La discusión, que arranca con un texto largo sobre el pastoreo bajo los árboles, deriva pronto hacia un asunto más áspero: quién paga la fiesta del monte y quién cobra por limpiarlo.
Qué hace realmente una cabra en el bosque
El punto de partida es agronómico. Al germinar muchas semillas juntas, los brinzales no prosperan entre sí por falta de luz, espacio y suelo, y crecen esmirriados. La cabra hace algo parecido al repique de las zanahorias en el huerto: deja los árboles robustos y hermosos. A eso se suma el estiércol —miles de toneladas que llegan hasta peñas donde ningún tractor sube— y el ramoneo de las ramas bajas, que concentra la energía del árbol en la producción de bellotas, castañas, nueces o hayucos. El texto va más lejos: si las cabras hacen que los árboles den más fruto,
los osos crían mejor gracias a las cabras. La saliva del animal fomenta el rebrote, su pelaje y su estómago difunden semillas y el pisoteo siembra bellotas. Hay quien añade un cuarto servicio: la carroña de las cabras viejas alimenta a lobos, osos, buitres, alimoches y quebrantahuesos.
El Estado que tala y la aldea que vigila
La parte histórica del planteamiento es la más discutida. Se afirma que quien mimó los bosques fue el aldeano que en concejo abierto hacía cumplir normativas orientadas a la sustentabilidad, con los llamados «caballeros de la sierra» vigilando que no se violaran las normas consensuadas. La destrucción masiva llegaría después y tendría un responsable: el Estado. Primero el romano, luego el visigodo y el califal; a partir del siglo XIV, la Corona de Castilla necesitó millones de árboles para barcos, cañones y carbón vegetal. Con el Estado liberal llegaría, según esta lectura, la catástrofe mayor: la desamortización de Madoz puso en venta casi
dos decenas de millones de hectáreas comunales y territorios enteros como Albacete quedaron pelados. La conclusión del texto original no admite matices: la erosión, la contaminación y la deforestación actuales tienen un responsable, la voluntad de poder del Estado.
¿Por qué la administración multa al pastor y subvenciona el desbrozado?
Aquí el asunto se vuelve económico y la ironía se dispara. En muchos sitios no hay más que prohibiciones para pastorear los montes, o como poco se cobra por poder hacerlo, cuando lo lógico sería pagar al pastor por limpiar, fertilizar y convertir en alimento lo que no se aprovecharía de otra manera. Se cita el caso de Estados Unidos, que va tres décadas por delante en agricultura y ganadería, donde las cabras se meten incluso en instalaciones públicas porque no gastan gasolina, no hacen el ruido de la desbrozadora y evitan fertilizantes químicos. En Cataluña hay municipios que dan subvenciones a rebaños a cambio de que pastoreen por los bosques del término, aunque son pocos. El problema añadido es humano: encontrar gente dispuesta a cuidar un rebaño es difícil, porque es un oficio esclavo sin un día de descanso.
El cabrero extremeño, el pirineo y la mujer que tira del hombre
La conversación se encona cuando se cruzan modelos de vida. Un cabrero de Extremadura con presencia en YouTube, que habla pestes de los neorurales, protagoniza uno de los episodios más citados: llegaron unos cuantos, montaron una asociación y acabaron pidiéndole que pusiera sus bienes a nombre de la nueva entidad para vivir todos del cuento. Frente a él se reivindica a los cabreros del Pirineo, que además de saber de su trabajo no cobran subvenciones y saben de política e historia. La pulla no tarda:
seres de luz, ironiza alguien. Y en medio del rifirrafe aparece un comentario que desvía el foco hacia el género —la centralidad del problema sería que una mujer quiera ser pastora junto a su pareja—, lo que provoca una respuesta dura y una acusación de machismo que nadie recoge después.
Brucelosis, listeria y el ordeño a mano
El choque más serio llega con la sanidad alimentaria. Se defiende el ordeño a mano y el queso artesanal; la réplica es contundente:
toda la generación anterior de una familia pasó la brucelosis, y sin control administrativo habría más ingresos por listeria. Se recuerda que la leche ordeñada a máquina ya puede dar recuentos altos de bacterias, así que imagínese la ordeñada a mano en un jarro. El caso que se pone sobre la mesa es el de un cabrero que lleva treinta años produciendo queso de cabra con leche ordeñada a mano y soportando el acoso de la administración, obligado a instalar un ordeño mecánico que no usaba y que solo mostraba en las inspecciones. La defensa del modelo tradicional responde que quien idealiza es quien cree en el progreso infinito y siempre para bien.
El concejo abierto existe en la ley: ¿por qué nadie lo usa?
La propuesta política que atraviesa todo el texto es el concejo abierto, la asamblea, los cargos anuales rotatorios y la rendición de cuentas. La objeción es de una lógica aplastante: el concejo abierto lo recoge la ley y permite convertir cualquier municipio a ese régimen, así que por qué sus partidarios no colonizan algún pueblo y lo piden. La respuesta que se da es que el Estado no va a colapsar solo, que hay que hacerlo colapsar demostrando que es innecesario, y que quien crea que puede tener una sola cabra dependiendo de las leyes está acabado. La contrarréplica acusa de construir un neoestado con otro nombre, donde el dogma fundacional no admite crítica. El cierre más sensato del asunto lo pone quien lamenta que un asunto tan interesante se haya estropeado con disertaciones ideológicas.
Al final, la cabra sigue tirando al monte y el Estado sigue cobrando por dejarla pastar. Todo cuadra, salvo que el monte se muere y la multa llega antes que el incendio.