El panga, ese pescado barato y sin espinas, lleva años bajo sospecha. ¿Merece su mala fama o es víctima de una campaña de la industria pesquera?
¿Es seguro comer panga? La pregunta lleva meses en el aire. En las cocinas españolas se ha convertido en un comodín económico, pero su reputación es, cuanto menos, turbia. Sin embargo, un análisis de los datos disponibles sugiere que la realidad es más compleja que el mito.
Los controles de la UE y los niveles de tóxicos
Los defensores del panga señalan que la Unión Europea somete a este pescado a los mismos controles que a cualquier otro producto importado. Los niveles de metales pesados, arsénico y pesticidas detectados están, según los informes oficiales, por debajo de los límites autorizados. De hecho, son similares o incluso inferiores a los del atún o el pez espada, especies tradicionalmente consideradas seguras. La paradoja está servida: lo que se vende como tóxico no lo es más que lo que comemos con normalidad.
El factor precio: la verdadera piedra en el zapato
El panga cuesta la mitad que la merluza o el rape. Y eso, en el mercado, se paga con campañas de desprestigio. Varios analistas apuntan que la industria pesquera tradicional ve en el panga a un competidor incómodo: es barato, no tiene espinas y su sabor neutro gusta a muchos. La narrativa de la contaminación ha sido una herramienta eficaz para frenar su consumo. ¿Casualidad? Quienes lo defienden lo tienen claro: es una guerra de precios disfrazada de preocupación sanitaria.
El otro lado: ¿qué hay del valor nutricional?
Pero no todo son alabanzas. Sus críticos recuerdan que el panga tiene la mitad de proteínas que la merluza y prácticamente nada de Omega-3. Además, procede del río Mekong, uno de los más contaminados del mundo. Para ellos, el panga no es un pescado de calidad, sino un sucedáneo barato que conviene evitar. La pregunta es si los riesgos reales están en los tóxicos o en la pobreza nutricional.
En definitiva, el panga es un campo de batalla donde chocan datos, intereses y percepciones. Lo que parece claro es que la campaña en su contra tiene más de marketing que de ciencia, aunque su perfil nutricional deja que desear. Como diría un clásico: al final, cada uno come lo que puede pagar.
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