La UE acabó con las grasas trans y de paso con el sabor de los Phoskitos
¿A alguien le sabe un Phoskitos igual que en 1996? La respuesta corta es no, y no es solo nostalgia deformada. Comerse una caja entera se convierte en un experimento de economía de la experiencia: el primero es esponjoso, el segundo aceptable, a mitad del tercero ya estás viendo los macros que no cuadran.
Una corriente de análisis culpa a la regulación europea. La normativa sobre grasas trans obligó a reformular la bollería industrial, y lo que se ganó en seguridad alimentaria se perdió en palatabilidad. Antes la grasa era manteca, con esa textura que no engañaba al paladar; ahora es otra cosa, más apta para las arterias, menos para el recuerdo. Además, algunos formatos han incorporado licor, ingrediente que los más puristas consideran una herejía equiparable al tiramisú con vino.
Hay quien mete el concepto económico en la ecuación: la utilidad marginal. Cada bollo adicional aporta menos placer que el anterior, lo que convierte el atracón en una experiencia de rendimientos decrecientes. Y queda la duda que separa al nostálgico del analista: si el producto cambió o el paladar adulto tiene otro baremo. La marca, mientras tanto, mantiene el precio.
Bruselas nos salvó las arterias. El paladar aún no lo ha perdonado.