Tomate con moho y sándwich de lechuga: el menú de la policía en la cumbre de Sevilla
La calidad es pésima y la cantidad, lamentable. Así describen los agentes desplazados a la cumbre de Sevilla la comida que les sirven: un domingo con un «diminuto» plato de pasta con «cuatro trozos de salchichas», una porción de ensalada solo de lechuga y un plátano. El sábado, a algunos les dieron un tomate con moho y un sándwich de lechuga. El despliegue para proteger el evento se convierte así, según varios participantes, en el símbolo de una fractura más profunda: la del cuerpo policial con la institución a la que sirve.
Qué se les sirve y cuánto cuesta
El menú descrito en el material es escueto: pasta con salchichas, ensalada de lechuga y fruta. La queja no es solo de cantidad —el plato es «diminuto»— sino de seguridad alimentaria: un tomate con moho no es una ración escasa, es un riesgo sanitario.
Hay quien pone cifra a lo que cuesta ese menú al erario:
«como poco» 15 euros por menú. Si se multiplica por los agentes desplazados durante los días de cumbre, la factura no es menor, según ese cálculo. Y el contraste con lo que se sirve a los cargos políticos en el mismo evento es el argumento que más se repite entre los participantes: mientras unos comen de catering, otros reciben moho.
La paradoja que señalan varios participantes es que el despliegue no es obligatorio para todos. Una parte de los agentes acude como voluntaria, con dietas por desplazamiento, según se sostiene en el hilo. Eso debilita, para quienes lo defienden, el relato del sacrificio: si vas por interés económico, la queja por la comida pierde fuerza ante quien no recibe ni dieta ni plato.
El cálculo que nadie hace: sueldo, pluses y dietas
El debate deriva rápido hacia el bolsillo. Un cálculo que circula sitúa el coste mensual de un agente en despliegue
por encima de los 4.000 euros entre sueldo base, complementos y extras. Otra estimación habla de agentes que
rondan los 40.000 euros anuales con pluses incluidos.
Con esas cifras sobre la mesa, la conclusión de buena parte de los participantes es simple: si ganas eso, págate el bocadillo. La comparación con el ciudadano que no recibe dietas ni complementos por desplazarse a trabajar es el argumento que cierra la mayoría de las intervenciones. El detalle completo de partidas —base, complementos, dietas, horas— es donde el cálculo se vuelve incómodo para el relato oficial, según quienes lo plantean.
«Que denuncien en Sanidad, no que se quejen»
La corriente dominante en el hilo no pide solidaridad con los agentes. Pide coherencia. El argumento recurrente: si el tomate tiene moho, hay una vía administrativa —inspección de Sanidad, denuncia formal— y no se usa. Se les exige que apliquen al catering el mismo celo que aplican a los negocios de hostelería.
La acusación de fondo es más dura: durante los confinamientos, una parte del cuerpo actuó con máxima severidad contra el ciudadano —controles, helicópteros, denuncias por pasear— y ahora, ante un agravio propio, no encuentra el mismo arrojo.
«Es lo que hay», ironizan, devolviendo el argumento que los agentes usaron entonces.
Roma no paga a traidores: el factor pandemia
El hilo no va de comida. Va de bando. La frase que más se repite es la de que
Roma no paga a traidores. La tesis de quienes la usan: quien defendió a muerte al gobierno durante la pandemia y después, quien detuvo a inocentes con órdenes discutibles, no tiene derecho moral a quejarse cuando el mismo gobierno le sirve bazofia.
La fractura institucional se extiende más allá del cuerpo, según algunos participantes. Se cuestiona a jueces, a la corona, a la clase política, a los sanitarios.
«Hace 15 años todo esto era impensable», resume una intervención. El estado se percibe como una estructura que ya no protege a quien le sirve. Y el menú de la cumbre es solo la anécdota visible de ese desencanto.
Con estos mimbres, la predicción más repetida es que a la próxima cumbre no faltarán voluntarios para el despliegue. Las dietas siguen ahí. El moho, también. Nadie apuesta a que la queja cambie algo.