La vida: un estado violento cuyo único fin es la depredación mutua en pos de la supervivencia. Facturas sistemáticas, requerimientos burocráticos aberrantes, personas incapaces de amar. Animales hacinados o directamente pisados, ecosistemas diezmados y niños expuestos a la química industrial, tejiendo en geografías atroces; ellos jamás verán las estrellas. Y todo este engranaje de pavor, únicamente para que el niño lunar pueda continuar un día más. Despertar cada mañana para saciar la inercia de un cuerpo sediento y hambriento que jamás se da por satisfecho. Ducharse, afeitarse, planchar la ropa, higienizar el apartamento, abastecerse de alimento, buscar desesperadamente un vestigio de compañía femenina para el afecto y el desahogo; un bucle perpetuo e infinito. Acto seguido, consumir música para anestesiar la mente y terminar sumergido en este erial de Procusto el Condescendiente, mendigando que una criatura como Constanza se digne, al menos, a entonar una nana. Padecer la decadencia física en todas sus formas, liquidar ejercicio por pura obligación para no colapsar. Buscar el desahogo efímero en playas y paisajes de postal, conducir a deshoras, sufrir el insomnio de las madrugadas encadenado al sesgo del futuro: ¿Qué haré? ¿Matilde se detendrá? ¿Prosperará esta idea? Qué va a prosperar... Esa palabra es sinónimo de esperanza, un constructo para no admitir que en cuanto naciste, perdiste. Observar a ese vagabundo al que nadie socorre; mirar a esa mujer, en absoluta soledad; contemplar a esa masa de personas alienadas despertándose a las seis de la mañana para marchar directas al matadero. Es un absurdo metafísico. ¿Y todo eso por qué aconteció? Es muy sencillo: unos bichejos llamados the thing o la cosa, repletos de miedo, ego, codicia y vanidad, se reprodujeron sin conciencia y crearon el desastre ontológico: la vida.
