Rusia libera a los comandantes de Azov para recuperar a un oligarca
Una guerra vendida como cruzada contra el nazismo ucraniano termina con los mandos del regimiento señalado como nazi en libertad y un magnate de vuelta a Rusia. El canje que devolvió a los comandantes de Azov, su jefe incluido, a territorio bajo control de Kiev a cambio de un empresario cercano al Kremlin ha abierto la primera grieta seria en el relato con el que se justificó la invasión. No es una fisura menor. Se suelta precisamente a quienes se presentaba como el enemigo a batir. Y se suelta por un solo hombre. Uno con dinero.
Qué se intercambió exactamente
Las versiones que se manejan cifran el canje en
55 militares rusos y un oligarca por 200 prisioneros ucranianos, con los mandos de Azov entre los liberados. La proporción no cuadra con la propaganda: se entrega más por menos y, encima, se entrega a la unidad que daba sentido a toda la operación. Sobre ese detalle —no la cifra— se ha montado el desconcierto.
Hay un matiz que se apunta a modo de coartada: los prisioneros ucranianos eran prisioneros de guerra, no ejecutables. ¿Para qué mantener en casa a un comandante enemigo si no se le puede tocar? La lógica militar dice que se devuelve. La lógica del relato dice justo lo contrario. Y el relato es lo único que sostiene una campaña larga.
¿Por qué el canje rompe el relato de la desnazificación?
Porque Azov no era una unidad cualquiera en la propaganda. Sobre ese símbolo se construyó buena parte de la justificación pública de la invasión, y ahí estaba el compromiso implícito: esos hombres no salen, se pudren lejos. Verlos volver en un autobús deja al argumento sin columna vertebral.
Una corriente sostiene que el gesto obedece a intereses exteriores: guiños a Arabia Saudí, a Turquía, a quien presume de mediador. Otra lo rebaja a puro pragmatismo: quitarse de encima a prisioneros inservibles y recuperar a alguien de valor. Ninguna de las dos versiones se sostiene del todo con lo que se sabe.
El oligarca: activo estratégico o parásito con escolta
Aquí el desacuerdo es económico. Quien defiende el canje argumenta que una fortuna de ese calibre sostiene miles de empleos, paga impuestos y vertebra la producción; sin esa capa de grandes empresarios, dice esta tesis, el país se desmorona en cuestión de días. La tesis contraria ataca la naturaleza del propio oligarca: acumula monopolios, no delega ni cuando ya no hace falta y concentra rentas que no revierte. Se compara con Bezos, que dedica sus días a subirse a cohetes porque su compañía funciona sin él, o con las tecnológicas que no desaparecieron al morir su fundador.
Si la empresa sobrevive sin el dueño, su vida no vale doscientos prisioneros; si se hunde sin él, la economía entera depende de media docena de apellidos. Ninguna de las dos respuestas deja bien al sistema.
Sobre todo ello planea la hipótesis que más incomoda:
que el rescatado fuera el hombre elegido para gobernar Ucrania cuando todo empezó. Si es así, el canje no fue caridad, sino recuperar una pieza propia. Tampoco es nuevo: quienes hoy acumulan fortunas ocupaban ayer puestos de mando en la estructura soviética. La capa cambió de nombre y de traje, no de función.
La escala de valores: 500 presos por un soldado
Se saca a colación el precedente israelí, que ha intercambiado
500 prisioneros por un solo soldado. El ejemplo sirve para todo: para justificar cualquier canje y para recordar que el precio de una vida lo fija quien tiene el mando, no una tabla objetiva. Lo que en un país es un gesto de Estado, en otro se lee como una humillación.
Los oligarcas que aparecen muertos
En paralelo corre otra sospecha. En lo que va de conflicto, varios empresarios y figuras afines al poder han aparecido sin vida en circunstancias que se presentan oficialmente como suicidios. La pregunta que nadie cierra es quién aprieta el gatillo: un Kremlin que liquida a los que se desmarcan, manos contrarias que golpean a los fieles, o las dos cosas a la vez. La muerte de la hija de un ideólogo ultra en un atentado con coche bomba se cita como el episodio que rompió los guiones.
Dos décadas en el poder y la oligarquía sigue ahí, solo que ahora, en vez de comprarla, se la entierra.
Con la movilización en marcha y miles de familias mirando el buzón, la pregunta incómoda ya no es cuántos prisioneros entran en un autobús. Es esta: si el enemigo que justificaba la guerra vuelve a casa por un empresario, ¿con qué argumento se explica a quien va a ocupar su puesto en el frente?