El novio de Ayuso: dos millones en comisiones y un piso de lujo
La noticia que ha reabierto el debate sobre la pareja de la presidenta madrileña tiene dos patas que no encajan entre sí. Por un lado, la denuncia adelantada por
elDiario.es y recogida por
El Confidencial sostiene que el novio de Isabel Díaz Ayuso, presentado en su día como técnico sanitario, aportó «facturas que no se corresponden con servicios realmente prestados» a través de dos sociedades: Maxwell Cremona Ingeniería y Procesos para el Fomento del Medioambiente SL, y Masterman & Whitaker Medical Supplies and Health Process Engineering SL. Por otro, la conversación pública ha ido derivando hacia un detalle que incomoda más que cualquier sumario: el hombre que iba a hacer a Ayuso más humana, más cercana al pueblo, resulta que es
empresario, que presta servicio a la sanidad privada y que, según lo publicado, se ha llevado
dos millones de euros en comisiones por la venta de mascarillas.
El relato oficial vendía otra cosa. Un técnico sanitario, en el lenguaje del pueblo, no es un empresario que puede defraudar a Hacienda y que factura a la sanidad privada. La distancia entre esas dos figuras —la del enfermero que atiende a niños heridos y viejecitas con achaques, y la del dueño de dos mercantiles con contratos públicos— es el corazón del asunto. Y no es un matiz menor: es la diferencia entre una historia de amor y una estructura societaria.
De técnico sanitario a empresario con dos sociedades
La denuncia describe un supuesto fraude articulado a través de dos empresas. La primera, Maxwell Cremona Ingeniería y Procesos para el Fomento del Medioambiente SL. La segunda, Masterman & Whitaker Medical Supplies and Health Process Engineering SL. Según la acusación, se habrían aportado facturas que no se corresponden con servicios realmente prestados. Es decir, la acusación no es de opacidad ni de desorden contable: es de falsedad documental y fraude fiscal.
Hay quien sostiene que todo esto es una operación de las cloacas del Estado, lanzada en tiempo y forma para tapar el caso Koldo y las derivadas del llamado caso Ábalos. La secuencia, argumentan, no es casual: la UCO avanza por un lado y, de repente, aparece el novio de Ayuso en todos los titulares. La misma maquinaria que en su día sacó los vídeos de Cifuentes robando cremas en un supermercado, ahora aprieta por el flanco sentimental. La sospecha, nunca demostrada, es que alguien guardaba este material a la espera del momento oportuno.
La versión opuesta es más prosaica y, quizá por eso, más difícil de esquivar. Resulta que fue la propia Comunidad de Madrid la que denunció a doce empresas supuestamente vinculadas con Koldo. Al investigar esas sociedades, Hacienda habría encontrado al humilde novio de la presidenta llevándose lo suyo calentito. Si eso es así, el tiro habría salido por la culata: la denuncia contra la trama socialista habría destapado a la pareja de la lideresa.
¿Qué se sabe del piso de un millón y del Maserati?
El novio de Ayuso fue visto hace un año llevándola en un
Maserati al hospital Puerta de Hierro. Y ahora ha salido que el piso de
800.000 euros lo ha comprado él solo para que vivan los dos. La presidenta madrileña, que vivía de alquiler en un pisito pequeño, ya no vive de alquiler. La pregunta que sobrevuela es sencilla: ¿cuánto cobra un técnico sanitario? Porque la respuesta estándar —lo que cobra cualquier ambulanciero— no da para ese nivel de vida.
La defensa más repetida es que el hombre lleva lustros vendiendo material sanitario y que las comisiones por mascarillas fueron ganancias legales. El problema, admiten incluso quienes le defienden, es que no las declaró. Si hubiera cobrado en dinero negro, Hacienda no habría podido hacer nada. Al declararlas mal, dejó un rastro. Y ese rastro es el que ahora se persigue.
El detalle que descoloca a propios y extraños es el destinatario de las mascarillas. Según lo publicado, el material se vendió al Ministerio de Sanidad que dirigía Salvador Illa, no a la Comunidad de Madrid. Es decir, el novio de Ayuso habría facturado al Gobierno central del PSOE durante la pandemia. Ese dato, repetido hasta la saciedad en la conversación, cambia por completo la geometría del escándalo: ya no es solo un problema de la derecha madrileña, es un problema de todos los que compraron material sanitario en 2020.
La oferta a la Fiscalía: ocho meses y 525.000 euros
El movimiento más revelador de todo el caso es procesal. La pareja de Ayuso propuso a la Fiscalía asumir
ocho meses de cárcel y 525.000 euros para evitar el juicio por fraude fiscal y falsedad documental. Quien ofrece un pacto de conformidad de ese calibre no está proclamando su inocencia en los tribunales: está intentando cerrar el asunto cuanto antes. Hay quien lee en ese gesto una maniobra para que la presidenta no tenga que sentarse en el banquillo de los testigos. Hay quien lee, simplemente, un cálculo de costes.
El caso, a fecha de esta discusión, sigue abierto. No hay sentencia firme, no hay condena, no hay archivo definitivo. La Fiscalía estudia la propuesta. La investigación avanza. Y mientras tanto, la presidenta de la Comunidad de Madrid sigue en su cargo, sin dar explicaciones que satisfagan a todos, y con un sector de su electorado que considera que todo esto es una persecución política y otro que empieza a hacer cuentas.
El relato de la chica del pueblo que salía con un sanitario
La operación de imagen era impecable. Ayuso, la chica del pueblo, la que vivía de alquiler en un pisito enano, la que salía con un sanitario. Un perfil que la conectaba con el proletario, con la gente corriente, con los que madrugan. El problema de los relatos construidos es que se sostienen sobre detalles concretos, y los detalles concretos son verificables.
El sanitario resultó ser empresario. El pisito enano resultó ser un piso de 800.000 euros. El coche discreto resultó ser un Maserati. Y las mascarillas, que en 2020 eran un bien escaso y un negocio redondo, resultaron ser dos millones en comisiones. No hace falta ser un genio de la comunicación política para entender que la secuencia no encaja con el personaje.
Queda el dato que nadie discute: la causa sigue viva. Y el novio, según lo publicado, ha intentado pactar. Ese es el punto exacto donde el análisis se atasca. Todo lo demás —si fue una operación de las cloacas, si fue una denuncia que se volvió contra quien la puso, si fue simple codicia o simple mala suerte— es interpretación. La única certeza es que el hombre que iba a humanizar a Ayuso ha acabado siendo su problema más difícil de explicar.