Retrato de los perfiles prorrusos: los arquetipos que el debate ha puesto de moda
Poner nombre y apellidos a quien defiende a Moscú en internet. Eso propone una suerte de taxonomía que circula por los mentideros digitales sobre la guerra de Ucrania: un catálogo de arquetipos que agrupa a los comentaristas prorrusos en «subespecies» reconocibles. La idea no es discutir con ellos, sino inventariarlos. El resultado se lee como un cuadro de costumbres, mitad sátira, mitad radiografía de una polarización ya enquistada.
El ejercicio arrancó con un catálogo inicial que fue creciendo con aportaciones sucesivas. A los perfiles clásicos se sumaron otros conforme cambiaba el frente. Detrás de cada etiqueta hay un estereotipo, no un dato: sirven para el chiste rápido, no para entender por qué alguien defiende hoy a quien invade.
¿Qué perfiles reúne el bestiario prorruso?
El texto fundacional describe, entre otros, al veterano que idealiza el periodo soviético y sostiene que el conflicto busca restaurar antiguas fronteras; al que rechaza Occidente desde posiciones antiliberales y presenta a Rusia como último baluarte frente a una supuesta decadencia moral; y al seguidor de teorías conspirativas, convencido de que existe un
nuevo orden mundial contra el que Moscú sería la última resistencia. Esa tesis conspirativa no está respaldada por ninguna prueba.
A la lista se añaden figuras más domésticas. Quien se casó con una ciudadana rusa esperando un ideal que no encontró, y que ahora defiende a Rusia por pura inercia conyugal. El aficionado a la geopolítica de mapas y manuales, fascinado por la extensión territorial más que por los argumentos. El que reescribe cada derrota militar como una jugada maestra. Y el que convierte a cualquier víctima civil en sospechosa según el bando que la sufre.
La contradicción anti-NOM y el argumento de la supervivencia
También se señaló una contradicción llamativa. Autodenominarse enemigo del
nuevo orden mundial y a la vez apoyar a Moscú resulta difícil de encajar, porque Rusia —y antes la Unión Soviética— se cuenta entre los pilares de ese orden. Un participante lo resumió con una frase: «Cualquier persona con 2 dedos de frente respeta a Rusia aunque la deteste, por simple motivos de supervivencia».
A esa lógica se agarra otra corriente: el respeto no nace de la simpatía, sino del miedo a un arsenal nuclear que nadie quiere provocar. Es un argumento que no discute ideologías, solo hace cuentas con el riesgo.
El pacifista: la subespecie que nace de la contraofensiva
Según el propio catálogo, la incorporación más reciente es «el pacifista», teorizado como una evolución del anterior. Su rasgo definitorio: quiere acabar con el conflicto, y la vía para lograrlo sería satisfacer las demandas del Kremlin para que reine la calma. Los autores sitúan su aparición coincidiendo con la debacle rusa en Járkov, como una adaptación al nuevo terreno adverso.
Se apunta la aparición de una variante, el pacifista-víctima, que da un paso más y presenta a Ucrania como la verdadera agresora del conflicto. Es la vuelta de tuerca que convierte al invadido en culpable y al invasor en defensor. El patrón se repite: cambia el frente, cambia la coartada.
De Járkov a Jersón: el relato cambia con el frente
Los arquetipos no son estáticos. Evolucionan al ritmo de las operaciones militares, y el catálogo lo deja claro. Con cada revés sobre el terreno aparece una excusa nueva, y con cada avance se reciclan las viejas.
Los hitos marcan el calendario de la conversación. La contraofensiva ucraniana en Járkov supuso una debacle para el ejército ruso y trajo de la mano al pacifista de conveniencia. Los referéndums de anexión en provincias ocupadas abrieron la puerta al pacifista-víctima. La recuperación de Jersón por Kiev amplió de nuevo el inventario. Y el momento en que el jefe del grupo Wagner puso rumbo a Moscú hizo especular con una mutación imprevista de los perfiles.
El despliegue taxonómico revela menos sobre los retratados que sobre los retratistas: la discusión en el foro se convierte en un ejercicio de etiquetado.
Un país con el PIB de Italia y miles de carros de combate
Entre tanta caricatura asoma el argumento que descoloca. El inventario militar que se atribuye a Rusia —más de 10.000 tanques, más de mil aviones, casi 50 submarinos— choca con la escala de su economía, comparable a la italiana. Para uno de los participantes, el contraste entre ese inventario y lo que se ve en la campaña militar resume el farol.