Tiradores de precisión en el Congreso y una foto que sería de 2014
El despliegue existió. Tiradores de precisión ocuparon posiciones elevadas en el entorno del Congreso de los Diputados coincidiendo con la investidura y con las concentraciones frente a la sede federal del PSOE, en la calle Ferraz. Lo que no existe es una sola prueba de que su misión fuera disparar contra nadie. Y esa distancia —entre lo que se ve en una azotea y lo que se cuenta en una red social— es el verdadero asunto.
La chispa la puso una intervención que planteaba, sin rodeos, que
lo mejor que podía pasar era que los tiradores abrieran fuego contra los manifestantes, para que la prensa internacional se hiciera eco y quedara retratado el tipo de régimen. La propuesta, jaleada por unos y repudiada por otros, arrastró el resto de la conversación hacia un terreno previsible: el de los precedentes históricos, las sospechas cruzadas y la vieja manía de gobernar por relato.
Del despliegue policial a la orden de matar
Los elementos verificables son pocos y modestos. Hay una investidura en marcha, un nivel alto de alerta antiterrorista declarado y una concentración ciudadana diaria a las puertas de una sede socialista. En ese cóctel, la presencia de agentes con rifle en tejados es, para una parte de los intervinientes,
rutina protocolizada: se hace en visitas de jefes de Estado, en actos con autoridades y en cualquier escenario con riesgo declarado. «Quienes se apuestan en la fachada es el GEO y lo hacen siempre», resume una de las réplicas más repetidas.
Enfrente, la tesis contraria no admite matices. Un tirador existe para matar, se argumenta, y si alguien coloca tiradores frente a una manifestación es porque prevé usarlos contra ella. De ahí al escenario del Maidán ucraniano hay un paso, y media conversación lo dio sin freno: un gobierno que mata a su propia gente antes que dimitir. Nadie aportó una orden, un nombre ni un documento. Tampoco hacía falta: en el marco mental del despliegue, la ausencia de prueba se lee como prueba de la ocultación.
¿Francotiradores o tiradores de precisión? La palabra es la mitad del asunto
Buena parte de la refriega es terminológica, y no es un detalle menor. Un tirador de precisión es un funcionario policial con formación específica, integrado en dispositivos de protección y con reglas de uso de la fuerza tasadas. Un francotirador, en el imaginario común, es otra cosa: alguien oculto que dispara a matar sin aviso. La elección del término decide el marco entero de la discusión antes de que nadie discuta un solo dato.
De ahí que varios mensajes insistieran en desmontar el titular por la vía del vocabulario —«muy mal titulado», se lee— y en recordar que el despliegue en azoteas y balcones de edificios oficiales responde a la lógica de la prevención, no a la de la ejecución. Otros replicaron que el eufemismo es precisamente el problema: se llame como se llame, alguien con un rifle apuntando hacia una calle llena de gente introduce un factor de riesgo nuevo, y ese factor no se despacha con una nota de prensa.
La foto que se difundió como prueba sería de 2014
Aquí llega el dato incómodo para ambas trincheras. Según uno de los intervinientes, la imagen que circuló como evidencia gráfica del operativo no era del día y correspondería a
2014, a la proclamación del entonces príncipe Felipe como rey, un acto con despliegue de seguridad propio y sin relación con la investidura discutida. Lo apuntó una de las primeras réplicas, que pedía confirmación por otra fuente, y quedó ahí, sin que la corriente que había difundido la foto rectificara con la misma energía.
No es un caso aislado ni exclusivo de un bando. La recirculación de imágenes fuera de fecha es hoy el mecanismo más eficiente de fabricación de evidencia, y funciona porque casi nadie mira los metadatos. Un dispositivo real, con agentes reales, queda envuelto en una capa de prueba falsa que envenena cualquier discusión posterior sobre lo que efectivamente ocurrió.
Maidán, Ceaucescu, Sarajevo: el museo de los precedentes
Cuando falta el dato, se tira de historia. El repertorio invocado es amplio y heterogéneo. El Maidán ucraniano de 2014, donde se atribuye al gobierno de entonces haber dado órdenes de disparar contra civiles. La ejecución de Ceaucescu y su esposa, traída a colación como final posible de un gobernante que se enroca. La avenida de los francotiradores de Sarajevo, recordada como ejemplo de que los responsables de una masacre pueden vivir décadas sin castigo. Y el asesinato de Indira Gandhi a manos de sus propios escoltas, que inspiró una advertencia explícita: no conviene rodearse de demasiada gente armada.
El problema de este museo de precedentes es que solo funciona en una dirección. Sirve para insinuar desenlaces, nunca para explicar mecanismos. Que un gobierno haya ordenado fuego contra su población en un país y en un año concretos no dice nada sobre lo que ocurre en otro, salvo si uno ya ha decidido de antemano qué está mirando.
El relato del miedo y la sospecha sobre las cuentas
Hay una línea que recorre la conversación de arriba abajo y no es la del riesgo real: es la del uso político del dispositivo. Se sostiene que en pocas horas aparecieron multitud de noticias orientadas a un mismo mensaje, el de un gobierno legítimo amenazado por violentos, con diputados votando
valientemente como si temieran por su vida. El despliegue, en esa lectura, no protegería a nadie: escenificaría una victimización útil.
La sospecha se extiende a las propias cuentas que amplifican el mensaje. Hay quien sostiene que un perfil dado de alta el
31 de octubre acumulaba 1.428 mensajes en catorce días, a razón de 102 publicaciones diarias. El cálculo se lanzó al aire con retintín: esa dedicación solo se explica si alguien paga por ella. Puede ser simple obsesión. Puede no serlo. Nadie lo demostró.
Lo que sí queda claro es el patrón: un despliegue policial rutinario, una foto vieja haciéndose pasar por nueva y un catálogo de dictadores extranjeros invocados para hablar de lo que pasa en Madrid. Con ese material, cualquier conclusión es posible.
Lo previsible es que el dispositivo se repita, porque las concentraciones y la investidura no se agotan en una tarde. Y lo previsible es que cada nueva azotea ocupada reabra exactamente la misma discusión, con el mismo vocabulario, la misma foto reciclada y el mismo museo de precedentes. Cabe la posibilidad, remota, de que alguien mire la fecha de la imagen antes de compartirla.