El modelo vasco-navarro que divide al fútbol español
El País Vasco y Navarra concentran el mayor capital futbolístico por habitante de España. Hasta 1975, eran el estándar del futbolista español, la encarnación de la “furia”. Hoy, ese modelo divide a la afición: algunos lo veneran como último refugio de la identidad; otros lo ven como una losa económica.
El Athletic de Bilbao es el ejemplo extremo. Nunca ha descendido, eso nadie lo discute. Pero la filosofía tiene un precio: 15 millones de euros por un delantero portugués, Djaló, que apenas ha jugado; salarios astronómicos para Iñaki Williams, cuyo rendimiento ha caído en picado; y una plantilla con nombres como Lekue, Vesga o Villalibre que difícilmente estarían en Primera sin el escudo del “solo vascos”. La pregunta es si la épica justifica el coste.
El modelo no se exporta
Fuera de Bilbao, el vasco-navarro pierde fuelle. La Real Sociedad es el paradigma de cantera y provincia, pero ha tenido épocas oscuras. Alavés, Eibar y Osasuna son equipos de la liga normal: con mérito, pero con techo. Que una temporada coincidieran cinco equipos de la región en Primera fue una casualidad, no una tendencia. El sueño de “una Real por provincia” suena bien, pero choca con la realidad de un fútbol globalizado.
La selección que eligió otro camino
La decadencia del modelo vasco como referencia nacional es evidente. España viro del jugador vasco como modelo al tiki-taka en 2008, de la mano de Luis Aragonés. Y los números son tozudos: con la gente de Los Palacios en el cuadro, España sumó cinco títulos (dos Mundiales y tres Eurocopas); sin ellos, solo uno, en 1964. Duros con el mito, los andaluces pesaron más que la “furia”.
Entonces, ¿el modelo vasco-navarro es un anacronismo costoso o el último dique de autenticidad? La respuesta, como suele pasar en el fútbol, sigue sin estar en los datos.