Iberos: ¿matriarcado o mito de infidelidades consentidas?
¿Hasta qué punto la sociedad íbera fue un matriarcado donde las mujeres decidían sobre la fidelidad? La pregunta, lanzada en un foro de historia, desata una guerra de interpretaciones. Por un lado, la tesis de un pueblo mercantil y culto donde la mujer era cabeza de familia y titular de las propiedades –una rareza en la Edad del Hierro–, y donde el adulterio, según algunos, se gestionaba con pragmatismo comunitario. Por otro, la visión de una sociedad obsesionada con la guerra, patriarcal y con escasas libertades femeninas, a juzgar por la arqueología.
La covada y la matrilinealidad
El rito de la covada –el marido acostado simulando el parto mientras la mujer volvía al trabajo– se cita como ejemplo de matrilinealidad. Según algunas interpretaciones, servía para fidelizar al varón en una sociedad donde la paternidad podía estar en duda. Pero los críticos recuerdan que Estrabón ya describía esta costumbre en cántabros, no en íberos, y que su función era más simbólica que política. La propia palabra «matriarcado» se confunde a menudo con matrilinealidad: el poder lo ejercía el tío materno, no la madre.
¿Infidelidades consentidas o control comunitario?
La hipótesis de que las mujeres íberas pudieran mantener relaciones extramatrimoniales con consentimiento del grupo choca con la evidencia de una sociedad belicosa y fuertemente estratificada. Los enterramientos y exvotos muestran una obsesión guerrera, y los nombres conocidos –Indibil, Indortes, Orisón– son masculinos. Solo Himilce, esposa de Aníbal, aparece citada. Un participante señala que la familia era sagrada y que la ruptura del matrimonio implicaba la expulsión del adúltero, lo que en un mundo violento equivalía a una condena a muerte. Difícil cuadrar eso con la libertad sexual.
La batalla ideológica del pasado
El debate trasciende la arqueología. Se critican las lecturas contemporáneas que intentan ver en los íberos un paraíso feminista pre-patriarcal, mientras otros defienden la obra de Marija Gimbutas y la posibilidad de una «edad de oro» matriarcal en el Paleolítico. Lo cierto es que las fuentes escritas sobre los íberos son escasas y sesgadas: los cronistas grecorromanos tendían a exagerar las diferencias para subrayar la «barbarie» de los pueblos conquistados. Con esos mimbres, cualquier afirmación rotunda sobre la sexualidad ibera es, cuando menos, aventurada.
Al final, la pregunta original –«infidelidades consentidas»– queda sin respuesta definitiva. Quizá lo más instructivo sea que, 2.500 años después, los íberos sigan siendo un campo de batalla ideológico. La historia, como el sexo, se presta a cuentos que cada cual se cree a medida.