«Frente Amplio»: el eufemismo cursi…
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«Frente Amplio» no designa un programa nuevo: es una etiqueta reciclada de los frentes populares europeos de los años treinta y del Frente Amplio uruguayo de 1971. La coalición que preparan Sumar, Izquierda Unida, Más Madrid y los comunes se presenta como muro de contención frente a la derecha, pero arrastra la misma tensión entre unidad táctica y coherencia que acabó diluyendo a sus antecesores.
La coalición que preparan Sumar, Izquierda Unida, Más Madrid y los comunes se llama «Frente Amplio». No es un nombre nuevo. Es una etiqueta que viene de lejos y que arrastra una historia concreta: la de las alianzas de izquierda que unieron a partidos muy distintos contra un adversario común y que, casi siempre, terminaron diluyendo su programa en la gestión o rompiéndose por dentro. Quien elige ese nombre no elige inocencia. Elige cargar con ese peso.
El Frente Amplio uruguayo se fundó en 1971, inspirado en buena medida por la Unidad Popular de Salvador Allende en Chile. Agregó socialistas, comunistas, democristianos de izquierda y restos de todo lo que oliera a ruptura. Resistió la dictadura uruguaya y llegó al poder en 2005. Gobernó durante quince años.
Los resultados no fueron el paraíso progresista ni el desastre total. Hubo redistribución limitada, expansión del Estado y un clientelismo perfeccionado. Al final, el desgaste fue suficiente para perder el gobierno. Fue, simplemente, la gestión de una izquierda que aprendió a administrar el poder sin transformar de verdad las estructuras.
En Chile, la etiqueta «Frente Amplio» sirvió de plataforma a Gabriel Boric. Llegó a La Moneda con la promesa de refundar el país. El resultado fue una constelación de promesas incumplidas, una constitución fallida y un giro a la derecha que nadie en la izquierda española parece querer mirar de frente. El nombre no evoca éxitos brillantes: evoca coaliciones heterogéneas que unen por el rechazo al adversario más que por un proyecto coherente.
El linaje más incómodo está en los Frentes Populares europeos de los años treinta. En Francia, el Front Populaire de Léon Blum se formó en 1936 y unió a socialistas, comunistas y radicales contra el fascismo. Logró reformas sociales como la semana de 40 horas y las vacaciones pagadas, que hoy se recuerdan con nostalgia.
También generó fuga de capitales, tensión económica y división interna. En poco más de un año, el gobierno colapsó. No detuvo el avance del autoritarismo en Europa. Se limitó a gestionar la debilidad.
En España, el episodio fue aún más revelador. El Frente Popular de febrero de 1936 no fue un experimento de amplitud democrática: fue la unión de socialistas, comunistas, republicanos de izquierda y nacionalistas periféricos. Tras una victoria estrecha, abrió la puerta a una espiral de violencia, ocupaciones y polarización que terminó en guerra civil. La «amplitud» se reveló como la incapacidad de contener a los extremos del propio campo. El resultado no fue la justicia social: fue la victoria de Franco y cuatro décadas de dictadura.
Los comunistas, que tanto impulsaron la táctica del frente popular por indicación de Moscú, demostraron que la unidad era instrumental: servir a la Unión Soviética antes que a la democracia española.
Hoy, en España, el mismo nombre se recicla para una coalición que no es amplia. Es la reunión de lo que queda a la izquierda del PSOE después de años de fragmentación, pugnas internas y erosión electoral. Se presenta como muro de contención frente a la derecha, pero arrastra el mismo vicio de siempre: la pretensión de monopolizar la «verdadera» izquierda mientras se pelean por cuotas, candidatos y el derecho a definir quién es puro y quién no.
Llamarlo «Frente Amplio» no es inocente. Es una señal de identidad: nos situamos en la tradición de los frentes que priorizan la unidad táctica sobre la coherencia, la movilización emocional sobre el realismo económico y la denuncia permanente sobre la construcción de mayorías estables.
La ironía es demoledora. Un nombre que en los años treinta sirvió para combatir el fascismo se usa ahora para combatir al PP y a Vox con el mismo lenguaje de emergencia existencial. Un nombre que en América Latina sirvió para unificar izquierdas heterogéneas se usa aquí para maquillar una coalición que aún no sabe si quiere a Podemos dentro, si puede integrar a los nacionalistas o si sobrevive a su propia lucha de egos.
No hay originalidad. Hay reciclaje ideológico. No hay amplitud real. Hay el intento de hacer pasar por amplio lo que es, simplemente, la izquierda radical reunida otra vez bajo una etiqueta prestada. «Frente Amplio» no es un programa. Es un amuleto, un meme para invocar fantasmas históricos y dar solemnidad a una operación electoral.
Los fantasmas, sin embargo, tienen memoria: recuerdan gobiernos cortos, reformas incompletas, polarizaciones letales y derrotas que dejaron el campo abierto al adversario. Quien elige ese nombre no elige inocencia. Elige cargar con el peso de todas las veces que la unidad de la izquierda se convirtió en preludio de su propio hundimiento.
«Frente Amplio»: el eufemismo cursi…