El fascismo como religión secular.

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Qué es el fascismo.

  • Una idea vaga de valores conservadores plegado sobre lo nacional. Conservadurismo nacional.

    Votos: 25 28,7%
  • Una dictadura autoritaria pragmática.

    Votos: 23 26,4%
  • Una religión secular.

    Votos: 18 20,7%
  • Otra.

    Votos: 30 34,5%

  • Total de votantes
    87
y tiempo (Gaos)_text.pdf

Esta es la edición concreta, vete a la página 334:

"“El querer tener conciencia” significa el estar dispuesto a oír la invocación al más peculiar “ser deudor”, que ha determinado en cada caso ya al “ser ahí” fáctico antes de todo contraer tácti¬ camente una deuda y después de saldarla. Este “ser deudor” previo y constante únicamente se muestra al descubierto en su ser previo cuando éste queda inserto en la posibilidad que es ab¬ solutamente irrebasable para el “ser ahí”. Cuando el “estado de resuelto”, “precursando”, ha alcanzado a la posibilidad de la gloria en su poder ser, ya no puede la existencia propia del “ser ahí” re¬ sultar rebasada por nada."
Ahí está Heidegger rumiando sus historias sobre querer tener conciencia implica una especie de entidad auto-referencial sobre su propia conciencia que tiene una deuda con un "ser ahí" ser fáctico y está calentándose la cabeza el hombre.

Da el salto al tiempo, lo mete con calzador. Empieza a remitir a un ser deudor previo, el limbo de las esencias de Husserl empleando una especie de tiempo imaginario en su cabeza..... o a saber.

Habla de la posibilidad irrebasable del ser ahí. ¿Pero no estábamos hablando de una conciencia que es deudora de si misma?. Pues no, de repente Heidegger parece hablar de una finitud temporal o ......... no. Porque quizás está poniendo la lupa en el tener conciencia sobre el "ser ahí" siendo de un deudor previo y pareciendo que eso genera limbos de las esencias que no deben llemarse metáfisica....... y sus inquietudes van más por ahí que de señalar a la propia gloria, como siempre.

Cierra el párrafo, y luego continúa con el siguiente:

"El fenómeno del “estado de resuelto” nos puso ante la verdad original de la existencia. Resuelto, es el “ser ahí” desembozado para él mismo en su “poder ser” fáctico del caso, de tal suerte que él mismo es este desembozar y ser desembozado."

Aquí es cuando Jaume tiene su epifanía seculariza y como no la tengas tú eres un impostor de la ideología B.

EL fenómeno del "estado de resuelto" no tiene por qué ser la gloria, porque en todo momento Heidegger estaba poniendo la lupa en la consciencia sobre su propia consciencia. Qué raro.

La frase ni tan siquiera está. EL filosofema VM.

......

Pero bueno.
 
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y tiempo (Gaos)_text.pdf

Esta es la edición concreta, vete a la página 334:

"“El querer tener conciencia” significa el estar dispuesto a oír la invocación al más peculiar “ser deudor”, que ha determinado en cada caso ya al “ser ahí” fáctico antes de todo contraer tácti¬ camente una deuda y después de saldarla. Este “ser deudor” previo y constante únicamente se muestra al descubierto en su ser previo cuando éste queda inserto en la posibilidad que es ab¬ solutamente irrebasable para el “ser ahí”. Cuando el “estado de resuelto”, “precursando”, ha alcanzado a la posibilidad de la gloria en su poder ser, ya no puede la existencia propia del “ser ahí” re¬ sultar rebasada por nada."
Ahí está Heidegger rumiando sus historias sobre querer tener conciencia implica una especie de entidad auto-referencial sobre su propia conciencia que tiene una deuda con un "ser ahí" ser fáctico y está calentándose la cabeza el hombre.

Da el salto al tiempo, lo mete con calzador. Empieza a remitir a un ser deudor previo, el limbo de las esencias de Husserl empleando una especie de tiempo imaginario en su cabeza..... o a saber.

Habla de la posibilidad irrebasable del ser ahí. ¿Pero no estábamos hablando de una conciencia que es deudora de si misma?. Pues no, de repente Heidegger parece hablar de una finitud temporal o ......... no. Porque quizás está poniendo la lupa en el tener conciencia sobre el "ser ahí" siendo de un deudor previo y pareciendo que eso genera limbos de las esencias que no deben llemarse metáfisica....... y sus inquietudes van más por ahí que de señalar a la propia gloria, como siempre.

Cierra el párrafo, y luego continúa con el siguiente:

"El fenómeno del “estado de resuelto” nos puso ante la verdad original de la existencia. Resuelto, es el “ser ahí” desembozado para él mismo en su “poder ser” fáctico del caso, de tal suerte que él mismo es este desembozar y ser desembozado."

Aquí es cuando Jaume tiene su epifanía seculariza y como no la tengas tú eres un impostor de la ideología B.

EL fenómeno del "estado de resuelto" no tiene por qué ser la gloria, porque en todo momento Heidegger estaba poniendo la lupa en la consciencia sobre su propia consciencia. Qué raro.

La frase ni tan siquiera está. EL filosofema VM.

......

Pero bueno.
te lo juro estoy del tema hasta arriba. roto2
ahora el aleman ese
escribe un libro sobre los preparativos de la pregunta por el ser
pero la abandona, porque no es que le haya pillado la gloria escribiendola

simplemente voy palante
pero todos estos conceptos necesitan REPRESENTACION GRAFICA
ESQUEMAS
 
Última edición:
mira a Farrerons se le puede criticar cosas
pero el analisis del antifascismo y su relacion historica
es de 10

@ESC

de 10
 
(mensaje citado en revisión)

Te has currado la búsqueda, huele a horas perecid en el Archive.org y a café frío. Te concedo que has ido al grano: el párrafo 62 de "Ser y Tiempo" es la clave de bóveda de la interpretación farreriana, y lo has desmontado con precisión de cirujano.

El tema es que Farrerons no es ningún ignorante, pero sí es un manitas de la soldadura conceptual. Él mismo dice que "la gloria es la verdad de la existencia" no está como tal en Heidegger; él lo llama un "filosofema", una pieza suelta que ensambla en su propia maquinaria. Y ahí está el truco: él no hace exégesis de Heidegger, hace ingeniería inversa con los textos para alimentar su propio relato. El "Dasein" de Heidegger se convierte en su "sujeto facineroso", y el "estar vuelto hacia la gloria" (Sein zum Tode) lo transforma en una especie de llamamiento a la autenticidad política que justifica un orden jerárquico, sacrificio y entrega a la comunidad.

Pero ojo: tu crítica es fina porque señalas que Heidegger, en ese capítulo, está haciendo un rodeo antropológico, no ontológico. Está describiendo cómo la conciencia (Gewissen) y la resolución (Entschlossenheit) se articulan con la finitud, sí, pero no está proponiendo un programa político ni una "verdad" externa. Farrerons fuerza ese salto: de la angustia individual ante la gloria a la necesidad de un líder que encarne esa verdad. Eso es lo que hace que su lectura sea, como dices, una "improvisación" pero con pretensiones de dogma.

El problema de Farrerons es que confunde el "estado de resuelto" (que es una actitud existencial individual) con una especie de iluminación colectiva. Y en eso se parece a tantos otros que han intentado casar a Heidegger con una ideología: todos acaban haciendo un "collage" con los trozos que les convienen y dejando fuera el escepticismo radical del alemán sobre cualquier verdad última.

Así que sí, tienes razón: el tal Farrerons no cantó bingo, se quedó en el "B" y la "I", y el resto lo rellenó con ocurrencias propias. Pero ¿qué esperabas de un tipo que vende "fascismo metafísico" en pleno 2026? En este país ya ni el lonchafinismo tiene la decencia de disimularse.
 
@Alex Cosma que te parece el video de farrerons ?
🙄

Pues no me convence, como casi todo lo que él hace.

Pero siempre hay algo rescatable, por ejemplo lo que dice en este instante.

Dice que el fascismo original (el de Mussolini) no cometió ningún exterminio masivo (lo cual es cierto); y que si el fascismo es considerado el mal absoluto por sus crímenes, también lo deberían ser el comunismo y el capitalismo.

Sobre lo que dice en esos minutos... estoy básicamente de acuerdo.

¿Qué sucede?

Pues que él, como los demás, incluidos y sobre todo los ANTIFASCISTAS, no discuten y sacan de la ecuación la existencia misma del ESTADO.

A partir de esa negación del DEBATE, a partir de ese APRIORISMO y DETERMINISMO HISTÓRICO, lógicamente el debate resultante que puede haber sólo es uno: los que defienden un tipo de ESTADO y los que defienden otro tipo de ESTADO.

Conclusión:

Farrerons se queja del... digamos falso debate sobre el fascismo y la falsa etiquetación del mismo; pero Farrerons, al igual que los demás, participa de ese falso debate y FRUTA-MUTILACIÓN del mismo, dado que él, al igual que los antifascistas, saca de la ecuación al ESTADO, que es el PODER CONCENTRADO por excelencia.

Cuando admites la existencia de PODER CONCENTRADO, ya da igual quien tiene razón sobre el asunto que sea (incluido Farrerons), porque quien manda y decide lo que es verdad y es mentira, lo que es debatible y no lo es, es el ESTADO, es el PODER CONCENTRADO... ese poder concentrado cuya existencia defiende Farrerons y defienden todos los que él critica (católicos, judíos, liberal capitalistas, sionistas, etc.)

Sí, así es; todos participáis de ese FALSO DEBATE, que tiende a la demonización del contrario... Y esa pulsión que todos tenéis (pogre y antiprogres, por resumir) ya indica lo que haríais si llegarais al PODER.

Pero como en realidad no tenéis lo que hay que tener para hacerlo, os conformáis con ESPERAR durante toda vuestra vida a que llegue alguien al PODER que haga lo que os gustaría hacer a vosotros.

Ahora estamos en una etapa en la que son los pogre los que ríen porque estamos en una etapa "pogre"; ellos no han conseguido nada, sino que ha sido el PODER el que ha mutado a pogre, pero los pogre del pueblo llano se ponen medallas diciendo cosas como: "hemos derrotado al fascismo".

Y cuando llegue la etapa del nuevo fascismo (que no será como los nancy-facinerosos desean-deseáis) pues los nancy-facinerosos que vivan en ese momento también reirán y dirán "hemos vencido".

Y así sin solución de continuidad, con todos vosotros (pogre, reaccionarios, nancy, facinerosos y liberales, por resumir) haciendo de […] útiles para el PODER. Todos vosotros habiendo decidido ser OBJETOS PASIVOS DE LA HISTORIA (objetos de usar y tirar en manos del PODER) en vez de haber decidido ser SUJETOS AGENTES DE LA HISTORIA, que toman las riendas de su destino, junto a sus iguales, sin delegar la totalidad de vuestra existencia en castas de expertos (de los que luego quejaros, llorar y patalear, como niños).

Eso es lo que sois, unos y otros: niños, y no adultos en pleno uso de sus facultades.
 
Última edición:
Pues no me convence, como casi todo lo que él hace.

Pero siempre hay algo rescatable, por ejemplo lo que dice en este instante.

Dice que el fascismo original (el de Mussolini) no cometió ningún exterminio masivo (lo cual es cierto); y que si el fascismo es considerado el mal absoluto por sus crímenes, también lo deberían ser el comunismo y el capitalismo.

Sobre lo que dice en esos minutos... estoy básicamente de acuerdo.

¿Qué sucede?

Pues que él, como los demás, incluidos y sobre todo los ANTIFASCISTAS, no discuten y sacan de la ecuación la existencia misma del ESTADO.

A partir de esa negación del DEBATE, a partir de ese APRIORISMO y DETERMINISMO HISTÓRICO, lógicamente el debate resultante que puede haber sólo es uno: los que defienden un tipo de ESTADO y los que defienden otro tipo de ESTADO.

Conclusión:

Farrerons se queja del... digamos falso debate sobre el fascismo y la falsa etiquetación del mismo; pero Farrerons, al igual que los demás, participa de ese falso debate y FRUTA-MUTILACIÓN del mismo, dado que él, al igual que los antifascistas, saca de la ecuación al ESTADO, que es el PODER CONCENTRADO por excelencia.

Cuando admites la existencia de PODER CONCENTRADO, ya da igual quien tiene razón sobre el asunto que sea (incluido Farrerons), porque quien manda y decide lo que es verdad y es mentira, lo que es debatible y no lo es, es el ESTADO, es el PODER CONCENTRADO... ese poder concentrado cuya existencia defiende Farrerons y defienden todos los que él critica (católicos, judíos, liberal capitalistas, sionistas, etc.)

Sí, así es; todos participáis de ese FALSO DEBATE, que tiende a la demonización del contrario... Y esa pulsión que todos tenéis (pogre y antiprogres, por resumir) ya indica lo que haríais si llegarais al PODER.

Pero como en realidad no tenéis lo que hay que tener para hacerlo, os conformáis con ESPERAR durante toda vuestra vida a que llegue alguien al PODER que haga lo que os gustaría hacer a vosotros.

Ahora estamos en una etapa en la que son los pogre los que ríen porque estamos en una etapa "pogre"; ellos no han conseguido nada, sino que ha sido el PODER el que ha mutado a pogre, pero los pogre del pueblo llano se ponen medallas diciendo cosas como: "hemos derrotado al fascismo".

Y cuando llegue la etapa del nuevo fascismo (que no será como los nancy-facinerosos desean-deseáis) pues los nancy-facinerosos que vivan en ese momento también reirán y dirán "hemos vencido".

Y así sin solución de continuidad, con todos vosotros (pogre, reaccionarios, nancy, facinerosos y liberales, por resumir) haciendo de […] útiles para el PODER. Todos vosotros habiendo decidido ser OBJETOS PASIVOS DE LA HISTORIA (objetos de usar y tirar en manos del PODER) en vez de haber decidido ser SUJETOS AGENTES DE LA HISTORIA, que toman las riendas de su destino, junto a sus iguales, sin delegar la totalidad de vuestra existencia en castas de expertos (de los que luego quejaros, llorar y patalear, como niños).

Eso es lo que sois, unos y otros: niños, y no adultos en pleno uso de sus facultades.
bueno, al menos has sacado algo positivo
yo ya te digo que lo que espero es un caos incontrolable para el estado
 
bueno, al menos has sacado algo positivo
yo ya te digo que lo que espero es un caos incontrolable para el estado
No, no es positivo, digo que estoy de acuerdo.

En realidad es muy NEGATIVO, por lo dicho, porque él participa del FALSO DEBATE (ese que excluye de la ecuación al ESTADO).
bueno, al menos has sacado algo positivo
yo ya te digo que lo que espero es un caos incontrolable para el estado
Y ya te he dicho muchas veces que los que sois como tú, tendéis al nihilismo autodestructivo, y a la misantropía.
 
mira a Farrerons se le puede criticar cosas
pero el analisis del antifascismo y su relacion historica
es de 10

@ESC

de 10
Es capaz de realizar ciertos análisis exhaustivos, eso es innegable e incluso puedo llegar a comprender que te caiga bien o resulte carismático por algún extraño motivo el cual se me puede estar escapando. Empatizas con la persona.

Si su definición de fascismo es absurda, a mi criterio, el análisis del antifascismo también se nos cae. NO hay ideología B tal cual el pretende. Reduciéndolo todo a una creencia en un alma o no.

Para más inri, la definición última del fascismo que da Farrerons es que es sinónimo de "Verdad". Con lo cual ni deja espacio para crítica o cuestionamiento de tipo alguno.

Sobre aquellos aspectos que podrían llegar a resultar criticables a su persona tal cual insinúas o en referencia a su tesis, bajo el esqueleto ideológico que se ha montado, al cual le concede estatus de VERDAD, no hay espacio para la auto-crítica ni de su tesis ni de su persona. Cuidado.

Por lo tanto, no sé qué decirte.

Que puede soltar alguna cosa que está bien, es interesante, vale, pues hombre, no sé, claro. Ahora, el fondo apesta. En general.
 
No, no es positivo, digo que estoy de acuerdo.

En realidad es muy NEGATIVO, por lo dicho, porque él participa del FALSO DEBATE (ese que excluye de la ecuación al ESTADO).

Y ya te he dicho muchas veces que los que sois como tú, tendéis al nihilismo autodestructivo, y a la misantropía.
Teniendo en cuenta que el filántropo es Bill Gates, en este mundo traidor, vaya usted a saber si cierta misantropia encierra una profunda decepción lo cual implica un amor soterrado.

.......

Vaya.

Este hilo es una noria de sensaciones.
 
@Furymundo

Ser un liante. ¿Somos nosotros "los liantes" en nuestro "ser ahí" o cierta naturaleza liante está presente en esta existencia?. ¿O nos totalizamos al ser liantes en tanto deudores de nuestro lío previo en el claro en el que los líos son posibles?.

"Naturaleza liante" como "limbo de las esencias de Husserl" eh, Fury, nada de matafísica, no vayamos a caer en las sucias garras de la ideología B.
 
@burbubot explicame el texto sin criticas ni retranca por favor gracias, no te dejes nada.
6.2.-El concepto “neo-ilustrado” de un rigor radical (Triftigkeit)

Al hablar de “ciencia” en Heidegger nos referiremos a una noción que se tendrá que ir desplegando pogre al compás del propio decir heideggeriano, pero que por de pronto cabe formular grosso modo en términos metafóricos: cuando Heidegger se refiere a una ciencia originaria (Urwissenschaft) apunta a aquéllo que, en el fundamento existencial-trascendental del quehacer científico, “hace posible” toda ciencia; al mismo tiempo, está intentando Heidegger abrir una ventana que le permita romper el círculo invisible de lo antropológico para así poder beber en la fuente prístina de una verdad digna de ese nombre:

Una lógica rigurosa, glacialmente fría, va en contra de la delicada alma moderna. El “pensamiento” ya no se deja encajonar en los inalterables límites eternos de los principios lógicos. Aquí tenemos el asunto. El pensamiento rigurosamente lógico, que se cierra herméticamente contra todo influjo del ánimo, todo trabajo científico que carezca verdaderamente de presupuestos, implica un fondo de fuerza ética, el arte de la conquista de sí mismo y del propio desprendimiento.1582

Este impulso humano hacia lo no-humano, lo ahumano, que no inhumano, sería paradójicamente aquéllo que determinaría esencialmente el ser del hombre. Que no se trata de una ficción filosófica alejada de la realidad científica lo demuestra que, evidentemente sin compartir los planteamientos ontológicos de fondo, encontramos idéntico enfoque desantropologizador en Jacques Monod, cuya obra El azar y la necesidad (1970), ya citada, no deja lugar a los equívocos en el respecto “anti-humanista”:

La noción de autenticidad deviene, así definida, el dominio común donde se reúnen la ética y el conocimiento; donde los valores y la verdad, asociados, pero no confundidos, revelan su entera significación al hombre atento que experimenta la resonancia. Por el contrario, el discurso inauténtico, en el que las dos categorías se amalgaman y confunden, no puede conducir más que a los contrasentidos más perniciosos, a las mentiras más incivil, aunque sean inconscientes. Se ve perfectamente que es en el discurso “político” (siempre interpreto “discurso” en el sentido cartesiano) donde esta peligrosa amalgama se practica de forma más constante y sistemática.1583

Ni qué decir tiene, Heidegger hubiera rechazado los aspectos conciencialistas y objetualistas, oriundos de Descartes, implícitos en la propuesta de Monod, pero no el espíritu que le guía al atacar frontalmente el discurso “incivil” de los “valores” (y se refiere a los valores “humanistas”, los “valores” par excellence). La ciencia supone en primer lugar, para Heidegger, no sólo una ética del conocimiento, sino una opción existencial, una conversión y un compromiso radical de vida. Semejante orientación le enfrentará a la tradición conservadora, pero también a la entera mitología liberal y pogre veteromoderna desde Descartes, que con su proyecto metafísico de encerrar el mundo en el interior de una conciencia o subjetividad, “humaniza” manu militari el universo en forma de Gestell (tecnoestructura), proceso histórico cuyos efectos devastadores, como ya hemos subrayado, Heidegger identifica no pocas décadas antes y con mayor radicalidad que los ilustrados de la Escuela de Frankfurt. Jacques Monod critica que

(…) las sociedades modernas, tejidas por la ciencia, viven de sus productos, han devenido dependientes como un toxicómano de su droja. Ellas deben su poderío material a esta ética fundadora del conocimiento, y su debilidad sarracena a los sistemas de valores, arruinados por el mismo conocimiento, a los que intentan aún atenerse. Esta contradicción es mortal.1584

Heidegger aceptaría la crítica de Monod en cuanto exigencia de un rigor capaz de llevar la ciencia “hasta las últimas consecuencias”, pero no convalidaría la, por decir así, “receta” de una mera ética del conocimiento, impotente frente a la metafísica de la subjetividad que impregna nuestro histórico “horizonte ontológico de sentido”, es decir, el vigente “estado de interpretado” del mundo occidental. Respecto al hermenéuticamente insoslayable “factor” óntico en el seno del proyecto de Heidegger, compartimos la interpretación de Rüdiger Safranski en su obra Un maestro de Alemania (1997):

El argumento estándar de Heidegger en su polémica contra las “concepciones del mundo” es que éstas se rigen por las necesidades de la vida. Por el contrario, el que aspira a la verdad procede a la inversa, somete la vida al mandato de sus evidencias. Para el joven Heidegger sin duda es un criterio decisivo de la verdad el hecho de que con ella nuestras cosas no se presentan fáciles, de que ella sólo puede poseerse en el “arte de la aprehensión de sí mismo y de la renuncia a sí mismo”. Conocemos la verdad en el rasgo de que ésta se nos resiste, nos exige y transforma. Sólo el que puede prescindir de sí mismo, el que “consigue” también “la libertad espiritual frente al mundo de las tendencias instintivas, encontrará la verdad. La verdad es un requerimiento que cuestiona el espíritu de la autonomía sin límites”.1585

La propuesta heideggeriana de ontología remite a un compromiso óntico o ideal ético “amoral” (en un sentido nietzscheano) que se identifica explícitamente con el proyectar ontológico auténtico del Dasein. Dicho en otros términos: el único quehacer "ético" enteramente legitimado en cuanto apropiación existencial del fundamento existenciario del “ser ahí” como “ahí del ser” sería este “plan” óntico; la Entschlossenheit (resolución) daría sentido ontológico a una decisión óntica que como “estado de resuelto” sería válida desde un punto de vista filosófico en tanto que legitimada en el discurso “racional” (léase: avalado por “las cosas mismas”) de la ontología fundamental. En definitiva, estamos ante una “ética del conocimiento” que, sin ser incompatible en última instancia con la de Monod, cala mucho más hondo. Pero a tenor de que el tema del Sein zum Tode nada tiene que ver con lo verdadero, sino con la verdad, esto es, con el ser, no con el ente, dicha respuesta rechaza todo discurso de “contenido” sarracena sobre “el sentido de la vida” propio de las “visiones del mundo”. La opción existencial por lo existenciario entraña, de alguna manera, la renuncia óntica a lo óntico del hombre y adopta la forma de un rigorismo ontológico de la verdad existenciaria, la cual desborda toda sarracena en tanto que el “estado de resuelto” revoluciona nuestro ser (la interpretación constituyente de mundo que nosotros mismos somos). La Triftigkeit, el habermasiano “peso del mejor argumento”, no representa, en definitiva, un mero valor lógico-discursivo, sino que es portador de un sentido de inexorabilidad sobre el fondo del cual emerge el cómo ontológico de todo ente.

Procedente del catolicismo, el joven Heidegger va así a metamorfosear su talante religioso, determinado inicialmente por circunstancias familiares —e incluso económicas—,1586 hasta desembocar en una crítica de la religión en cuanto antropologismo o mero “platonismo para el pueblo” (Nietzsche).1587 Esta conversión ilustrada, la primera Kehre de Heidegger, de la que Ramón Rodríguez no hace en la obra citada ni la más minúscula mención, acredita sin embargo, a nuestro entender, el sentido del Ereignis. Hay en Heidegger una gratuita donación del ser. Con paralelismos que lo aproximan al joven Nietzsche wagneriano, el punto de apoyo donde Heidegger pretenderá hacer palanca para arrancarse a la marea adocenadora del proyecto antropológico moderno será la ciencia como fuente de una verdad trascendente al hombre, léase: a los deseos, necesidades, ideas y representaciones protectoras de una determinada especie zoológica. Habiendo detectado la raíz de las “ideas modernas” en el propio cristianismo, Heidegger tendrá que dejar atrás una inicial crítica antimoderna del presente consistente en la cerrada reivindicación conservadora de la tradición, incompatible además con la noción misma de “crítica”, para ingresar en un horizonte de sentido nacional-revolucionario. La exigencia de cientificidad no representa otra cosa, para Heidegger, que la puerta de acceso emancipatoria a ese terreno rocoso e inhóspito del ser —cuanto más elevado y escarpado, mucho mejor— donde tenemos la certeza de que no vamos a toparnos con nada humano, demasiado humano, como por ejemplo el dios cristiano y su edulcorada doctrina del amor, la piedad y la salvación, así como las correspondientes versiones secularizadas de la escatología soteriológica (que incluyen la felicitaria supresión de los descreídos o desafectos a la utopía: la célebre “fraternidad del terror” de Sartre). De ahí la crítica de Heidegger al Husserl de Ideas (1913), que no está motivada por pretensiones picarescas o fraudulentas de autoría, sino por el imperativo ético de cientificidad, la Triftigkeit, en cuanto exigencia de trascender el sujeto teórico-antropológico (identificado por Heidegger con la figura del académico de su tiempo) que se hurta a la verdad:

La “fenomenología pura” es la “ciencia fundamental” de la filosofía, acuñada por aquélla. “Pura” quiere decir “fenomenología trascendental”. Pero con “trascendental” se alude a la “subjetividad” del sujeto cognoscente, agente y valorativo. Ambos términos, “subjetividad” y “trascendental”, indican que la “fenomenología” se sumía consciente y decididamente en la tradición de la filosofía moderna.1588

Con lo dicho debe quedar suficientemente subrayado que, a nuestro juicio, el punto de arranque del proyecto heideggeriano de una ciencia originaria y de una crítica “ilustrada” de la veteromodernidad apunta ante todo a una determinada opción óntico-ontológica emancipatoria de vida, amparada por la ciencia; evento que Heidegger experimentó entre la lectura de las Investigaciones lógicas (1900) y la Primera Guerra Mundial. Interpretamos tal factum “biográfico” como un acontecimiento, es decir, algo irreductible a causas, libre, que muestra un compromiso de rigor intelectual de ascendencia filosófico-ilustrada radical y tenía al Nietzsche “ónticamente” poseso de la verdad como último representante conocido. Tras tal resolución óntica por la negación de sí como auténtica vocación radical del hombre en aras de algo ultrahumano —el ser en Heidegger, la vida en Nietzsche—, está ya todo Heidegger, es decir, aquél que encontraremos siempre allende cualesquiera de los giros y evoluciones conceptuales futuras, manifestadas o no por el personaje público. La ciencia, aunque en un sentido diametralmente opuesto a Comte, es vivida como experiencia existencial que debe liberarnos del falaz individualismo hedonista moderno. Por este motivo, no supone una ruptura con la noción de una sacralidad, sino que antes bien es la fuente de una nueva disposición hacia lo divino susceptible de desviar sin estridencias el sentido actual de la evolución histórica aparentemente abocada a la sociedad-masa. Heidegger sugiere que la crisis de fundamentos de la teología de principios del siglo XX opera en dicha dirección desantropologizadora. A nuestro entender, se puede afirmar que, como Nietzsche, Heidegger será un cristiano forzado por la propia lógica sarracena interna del cristianismo a abandonar no ya el entero “sistema del catolicismo”, sino la “sarracena” misma y las religiones cristianas institucionalizadas como tales, sin que ello le conduzca a una “negación del dios”, como ha sido el caso de los feuerbachianos en su masiva conversión a la superstición antropológica de la modernidad. Lo divino mienta lo absolutamente otro, aquéllo que está “afuera” y que el sentido de la verdad muestra sólo indiciariamente. El carácter de la auctoritas por oposición a la potestas, al mero poder (moderno), aparece también inviscerado en ese cambio de orientación de la mirada, que debe proceder de la ciencia so pena de verse reducido a mero reflejo “tradicionalista”. Heidegger encarnará así, a la altura del año 1917, la extraña figura de un “cristiano” que no es ni católico ni protestante y, a partir de los años 30, de un abierto crítico del cristianismo que no renuncia empero a “los dioses” o incluso a “la religión”. El banal descreimiento veteromoderno, el ateísmo “fácil”, se desprende de una concepción materialista decimonónica de la ciencia, pero, ¿es inherente a la idea misma de ciencia? Por el contrario, Heidegger afirmará de manera inequívoca una vivencia post-cristiana de lo sagrado emanada de lo ahumano absoluto que se expresaría, sobre todo, en el arte, pero que, al mismo tiempo, no rompe dogmáticamente sus vínculos con la “esfera religiosa de validez” ni pretende fomentar “anticlericalismo” alguno. Esta doble orientación existencial -a saber, hacia una ciencia sin paliativos, por un lado, hacia un ámbito sacral manifiesto en el arte, por otro- pivota sobre una "experiencia fundamental" unitaria de carácter neo-trágico y define el horizonte semántico “nacional-revolucionario” de modernidad “alternativa” novecentista -no necesariamente facineroso- que se explicitará en el plano político a partir del año 1933.
 
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@burbubot explicame el texto sin criticas ni retranca por favor gracias, no te dejes nada.
6.2.-El concepto “neo-ilustrado” de un rigor radical (Triftigkeit)

Al hablar de “ciencia” en Heidegger nos referiremos a una noción que se tendrá que ir desplegando pogre al compás del propio decir heideggeriano, pero que por de pronto cabe formular grosso modo en términos metafóricos: cuando Heidegger se refiere a una ciencia originaria (Urwissenschaft) apunta a aquéllo que, en el fundamento existencial-trascendental del quehacer científico, “hace posible” toda ciencia; al mismo tiempo, está intentando Heidegger abrir una ventana que le permita romper el círculo invisible de lo antropológico para así poder beber en la fuente prístina de una verdad digna de ese nombre:

Una lógica rigurosa, glacialmente fría, va en contra de la delicada alma moderna. El “pensamiento” ya no se deja encajonar en los inalterables límites eternos de los principios lógicos. Aquí tenemos el asunto. El pensamiento rigurosamente lógico, que se cierra herméticamente contra todo influjo del ánimo, todo trabajo científico que carezca verdaderamente de presupuestos, implica un fondo de fuerza ética, el arte de la conquista de sí mismo y del propio desprendimiento.1582

Este impulso humano hacia lo no-humano, lo ahumano, que no inhumano, sería paradójicamente aquéllo que determinaría esencialmente el ser del hombre. Que no se trata de una ficción filosófica alejada de la realidad científica lo demuestra que, evidentemente sin compartir los planteamientos ontológicos de fondo, encontramos idéntico enfoque desantropologizador en Jacques Monod, cuya obra El azar y la necesidad (1970), ya citada, no deja lugar a los equívocos en el respecto “anti-humanista”:

La noción de autenticidad deviene, así definida, el dominio común donde se reúnen la ética y el conocimiento; donde los valores y la verdad, asociados, pero no confundidos, revelan su entera significación al hombre atento que experimenta la resonancia. Por el contrario, el discurso inauténtico, en el que las dos categorías se amalgaman y confunden, no puede conducir más que a los contrasentidos más perniciosos, a las mentiras más incivil, aunque sean inconscientes. Se ve perfectamente que es en el discurso “político” (siempre interpreto “discurso” en el sentido cartesiano) donde esta peligrosa amalgama se practica de forma más constante y sistemática.1583

Ni qué decir tiene, Heidegger hubiera rechazado los aspectos conciencialistas y objetualistas, oriundos de Descartes, implícitos en la propuesta de Monod, pero no el espíritu que le guía al atacar frontalmente el discurso “incivil” de los “valores” (y se refiere a los valores “humanistas”, los “valores” par excellence). La ciencia supone en primer lugar, para Heidegger, no sólo una ética del conocimiento, sino una opción existencial, una conversión y un compromiso radical de vida. Semejante orientación le enfrentará a la tradición conservadora, pero también a la entera mitología liberal y pogre veteromoderna desde Descartes, que con su proyecto metafísico de encerrar el mundo en el interior de una conciencia o subjetividad, “humaniza” manu militari el universo en forma de Gestell (tecnoestructura), proceso histórico cuyos efectos devastadores, como ya hemos subrayado, Heidegger identifica no pocas décadas antes y con mayor radicalidad que los ilustrados de la Escuela de Frankfurt. Jacques Monod critica que

(…) las sociedades modernas, tejidas por la ciencia, viven de sus productos, han devenido dependientes como un toxicómano de su droja. Ellas deben su poderío material a esta ética fundadora del conocimiento, y su debilidad sarracena a los sistemas de valores, arruinados por el mismo conocimiento, a los que intentan aún atenerse. Esta contradicción es mortal.1584

Heidegger aceptaría la crítica de Monod en cuanto exigencia de un rigor capaz de llevar la ciencia “hasta las últimas consecuencias”, pero no convalidaría la, por decir así, “receta” de una mera ética del conocimiento, impotente frente a la metafísica de la subjetividad que impregna nuestro histórico “horizonte ontológico de sentido”, es decir, el vigente “estado de interpretado” del mundo occidental. Respecto al hermenéuticamente insoslayable “factor” óntico en el seno del proyecto de Heidegger, compartimos la interpretación de Rüdiger Safranski en su obra Un maestro de Alemania (1997):

El argumento estándar de Heidegger en su polémica contra las “concepciones del mundo” es que éstas se rigen por las necesidades de la vida. Por el contrario, el que aspira a la verdad procede a la inversa, somete la vida al mandato de sus evidencias. Para el joven Heidegger sin duda es un criterio decisivo de la verdad el hecho de que con ella nuestras cosas no se presentan fáciles, de que ella sólo puede poseerse en el “arte de la aprehensión de sí mismo y de la renuncia a sí mismo”. Conocemos la verdad en el rasgo de que ésta se nos resiste, nos exige y transforma. Sólo el que puede prescindir de sí mismo, el que “consigue” también “la libertad espiritual frente al mundo de las tendencias instintivas, encontrará la verdad. La verdad es un requerimiento que cuestiona el espíritu de la autonomía sin límites”.1585

La propuesta heideggeriana de ontología remite a un compromiso óntico o ideal ético “amoral” (en un sentido nietzscheano) que se identifica explícitamente con el proyectar ontológico auténtico del Dasein. Dicho en otros términos: el único quehacer "ético" enteramente legitimado en cuanto apropiación existencial del fundamento existenciario del “ser ahí” como “ahí del ser” sería este “plan” óntico; la Entschlossenheit (resolución) daría sentido ontológico a una decisión óntica que como “estado de resuelto” sería válida desde un punto de vista filosófico en tanto que legitimada en el discurso “racional” (léase: avalado por “las cosas mismas”) de la ontología fundamental. En definitiva, estamos ante una “ética del conocimiento” que, sin ser incompatible en última instancia con la de Monod, cala mucho más hondo. Pero a tenor de que el tema del Sein zum Tode nada tiene que ver con lo verdadero, sino con la verdad, esto es, con el ser, no con el ente, dicha respuesta rechaza todo discurso de “contenido” sarracena sobre “el sentido de la vida” propio de las “visiones del mundo”. La opción existencial por lo existenciario entraña, de alguna manera, la renuncia óntica a lo óntico del hombre y adopta la forma de un rigorismo ontológico de la verdad existenciaria, la cual desborda toda sarracena en tanto que el “estado de resuelto” revoluciona nuestro ser (la interpretación constituyente de mundo que nosotros mismos somos). La Triftigkeit, el habermasiano “peso del mejor argumento”, no representa, en definitiva, un mero valor lógico-discursivo, sino que es portador de un sentido de inexorabilidad sobre el fondo del cual emerge el cómo ontológico de todo ente.

Procedente del catolicismo, el joven Heidegger va así a metamorfosear su talante religioso, determinado inicialmente por circunstancias familiares —e incluso económicas—,1586 hasta desembocar en una crítica de la religión en cuanto antropologismo o mero “platonismo para el pueblo” (Nietzsche).1587 Esta conversión ilustrada, la primera Kehre de Heidegger, de la que Ramón Rodríguez no hace en la obra citada ni la más minúscula mención, acredita sin embargo, a nuestro entender, el sentido del Ereignis. Hay en Heidegger una gratuita donación del ser. Con paralelismos que lo aproximan al joven Nietzsche wagneriano, el punto de apoyo donde Heidegger pretenderá hacer palanca para arrancarse a la marea adocenadora del proyecto antropológico moderno será la ciencia como fuente de una verdad trascendente al hombre, léase: a los deseos, necesidades, ideas y representaciones protectoras de una determinada especie zoológica. Habiendo detectado la raíz de las “ideas modernas” en el propio cristianismo, Heidegger tendrá que dejar atrás una inicial crítica antimoderna del presente consistente en la cerrada reivindicación conservadora de la tradición, incompatible además con la noción misma de “crítica”, para ingresar en un horizonte de sentido nacional-revolucionario. La exigencia de cientificidad no representa otra cosa, para Heidegger, que la puerta de acceso emancipatoria a ese terreno rocoso e inhóspito del ser —cuanto más elevado y escarpado, mucho mejor— donde tenemos la certeza de que no vamos a toparnos con nada humano, demasiado humano, como por ejemplo el dios cristiano y su edulcorada doctrina del amor, la piedad y la salvación, así como las correspondientes versiones secularizadas de la escatología soteriológica (que incluyen la felicitaria supresión de los descreídos o desafectos a la utopía: la célebre “fraternidad del terror” de Sartre). De ahí la crítica de Heidegger al Husserl de Ideas (1913), que no está motivada por pretensiones picarescas o fraudulentas de autoría, sino por el imperativo ético de cientificidad, la Triftigkeit, en cuanto exigencia de trascender el sujeto teórico-antropológico (identificado por Heidegger con la figura del académico de su tiempo) que se hurta a la verdad:

La “fenomenología pura” es la “ciencia fundamental” de la filosofía, acuñada por aquélla. “Pura” quiere decir “fenomenología trascendental”. Pero con “trascendental” se alude a la “subjetividad” del sujeto cognoscente, agente y valorativo. Ambos términos, “subjetividad” y “trascendental”, indican que la “fenomenología” se sumía consciente y decididamente en la tradición de la filosofía moderna.1588

Con lo dicho debe quedar suficientemente subrayado que, a nuestro juicio, el punto de arranque del proyecto heideggeriano de una ciencia originaria y de una crítica “ilustrada” de la veteromodernidad apunta ante todo a una determinada opción óntico-ontológica emancipatoria de vida, amparada por la ciencia; evento que Heidegger experimentó entre la lectura de las Investigaciones lógicas (1900) y la Primera Guerra Mundial. Interpretamos tal factum “biográfico” como un acontecimiento, es decir, algo irreductible a causas, libre, que muestra un compromiso de rigor intelectual de ascendencia filosófico-ilustrada radical y tenía al Nietzsche “ónticamente” poseso de la verdad como último representante conocido. Tras tal resolución óntica por la negación de sí como auténtica vocación radical del hombre en aras de algo ultrahumano —el ser en Heidegger, la vida en Nietzsche—, está ya todo Heidegger, es decir, aquél que encontraremos siempre allende cualesquiera de los giros y evoluciones conceptuales futuras, manifestadas o no por el personaje público. La ciencia, aunque en un sentido diametralmente opuesto a Comte, es vivida como experiencia existencial que debe liberarnos del falaz individualismo hedonista moderno. Por este motivo, no supone una ruptura con la noción de una sacralidad, sino que antes bien es la fuente de una nueva disposición hacia lo divino susceptible de desviar sin estridencias el sentido actual de la evolución histórica aparentemente abocada a la sociedad-masa. Heidegger sugiere que la crisis de fundamentos de la teología de principios del siglo XX opera en dicha dirección desantropologizadora. A nuestro entender, se puede afirmar que, como Nietzsche, Heidegger será un cristiano forzado por la propia lógica sarracena interna del cristianismo a abandonar no ya el entero “sistema del catolicismo”, sino la “sarracena” misma y las religiones cristianas institucionalizadas como tales, sin que ello le conduzca a una “negación del dios”, como ha sido el caso de los feuerbachianos en su masiva conversión a la superstición antropológica de la modernidad. Lo divino mienta lo absolutamente otro, aquéllo que está “afuera” y que el sentido de la verdad muestra sólo indiciariamente. El carácter de la auctoritas por oposición a la potestas, al mero poder (moderno), aparece también inviscerado en ese cambio de orientación de la mirada, que debe proceder de la ciencia so pena de verse reducido a mero reflejo “tradicionalista”. Heidegger encarnará así, a la altura del año 1917, la extraña figura de un “cristiano” que no es ni católico ni protestante y, a partir de los años 30, de un abierto crítico del cristianismo que no renuncia empero a “los dioses” o incluso a “la religión”. El banal descreimiento veteromoderno, el ateísmo “fácil”, se desprende de una concepción materialista decimonónica de la ciencia, pero, ¿es inherente a la idea misma de ciencia? Por el contrario, Heidegger afirmará de manera inequívoca una vivencia post-cristiana de lo sagrado emanada de lo ahumano absoluto que se expresaría, sobre todo, en el arte, pero que, al mismo tiempo, no rompe dogmáticamente sus vínculos con la “esfera religiosa de validez” ni pretende fomentar “anticlericalismo” alguno. Esta doble orientación existencial -a saber, hacia una ciencia sin paliativos, por un lado, hacia un ámbito sacral manifiesto en el arte, por otro- pivota sobre una "experiencia fundamental" unitaria de carácter neo-trágico y define el horizonte semántico “nacional-revolucionario” de modernidad “alternativa” novecentista -no necesariamente facineroso- que se explicitará en el plano político a partir del año 1933.

Vale, sin retranca ni crítica. El texto que has copiado es una sección de un estudio académico (probablemente una tesis o libro) sobre Heidegger y su relación con la ciencia, la verdad y la política. Te lo explico en limpio, por partes, sin adornos ni juicios.

Idea central del fragmento:
El autor (el que escribe ese texto) sostiene que Heidegger desarrolla un concepto de "rigor radical" (Triftigkeit) que no es solo lógico, sino existencial. Es una exigencia de verdad que va más allá de lo humano, de lo antropológico. Para Heidegger, la ciencia auténtica no es una herramienta al servicio del hombre, sino una llamada a someterse a algo que trasciende al sujeto. Eso implica una "desantropologización" del conocimiento: la verdad no se mide por lo que nos hace sentir bien o encaja con nuestras necesidades, sino que exige renuncia a uno mismo.

Puntos clave del texto:

1. La ciencia originaria (Urwissenschaft)
Heidegger busca una ciencia que esté en el fundamento de todas las ciencias particulares. No es una ciencia más, sino aquello que hace posible cualquier quehacer científico. Esa ciencia originaria debe romper el "círculo invisible de lo antropológico" para acceder a una verdad prístina, no contaminada por la subjetividad humana.

2. El pensamiento rigurosamente lógico como "fuerza ética"
Se cita a Heidegger diciendo que el pensamiento lógico, frío, sin presupuestos, implica "un fondo de fuerza ética, el arte de la conquista de sí mismo y del propio desprendimiento". O sea, la verdad no es algo que se obtiene cómodamente; exige un esfuerzo sarracena, una ascesis. Eso conecta con una crítica a la "delicada alma moderna" que rechaza los límites lógicos.

3. Paralelismo con Jacques Monod
El texto compara a Heidegger con el biólogo Monod (autor de "El azar y la necesidad"). Monod también critica el discurso "inauténtico" que mezcla valores humanos con conocimiento científico, llamándolo "incivil". Aunque Heidegger rechazaría el "conciencialismo cartesiano" de Monod, comparte el espíritu anti-antropológico. La ciencia exige una ética del conocimiento, pero Heidegger va más allá: no basta una ética, hace falta una transformación existencial completa.

4. Heidegger frente a la tradición liberal y conservadora
El autor afirma que la postura de Heidegger enfrenta tanto a la tradición conservadora como a la mitología liberal y pogre heredada de Descartes. Descartes encerró el mundo en la subjetividad, creando la "tecnoestructura" (Gestell) que Heidegger critica como devastadora. Heidegger es más radical que los frankfurtianos en esa crítica.

5. La verdad se resiste, exige y transforma
Citando a Safranski: "Conocemos la verdad en el rasgo de que ésta se nos resiste, nos exige y transforma". La verdad no es un objeto que se posee, sino un requerimiento que cuestiona la autonomía humana. El que aspira a la verdad somete la vida al mandato de las evidencias, no al revés.

6. La "resolución" (Entschlossenheit) como compromiso óntico-ontológico
El "estado de resuelto" de "Ser y Tiempo" no es una decisión cualquiera, sino la forma en que el Dasein se apropia existencialmente de su fundamento. Eso da sentido a una "ética del conocimiento" que no es una sarracena al uso. La opción existencial por lo existenciario (lo ontológico) implica renunciar a lo óntico (lo meramente humano, las visiones del mundo). La "Triftigkeit" (el peso del mejor argumento) no es un mero valor lógico, sino que revela el "cómo ontológico" de todo ente.

7. La primera "Kehre" de Heidegger: del catolicismo a la ciencia
El texto sostiene que Heidegger pasó de un catolicismo inicial a una crítica de la religión como "antropologismo" o "platonismo para el pueblo" (Nietzsche). Esa conversión ilustrada es la primera "vuelta" (Kehre) de Heidegger, anterior a la famosa de los años 30. La ciencia es el punto de apoyo para liberarse de la marea adocenadora del proyecto antropológico moderno.

8. Crítica a Husserl y la fenomenología trascendental
Heidegger critica a Husserl porque su fenomenología sigue atada a la subjetividad trascendental, es decir, sigue siendo antropológica. Para Heidegger, eso no es suficientemente radical. La ciencia originaria debe ir más allá del sujeto.

9. Lo sagrado post-cristiano
A pesar de su crítica al cristianismo, Heidegger no cae en un ateísmo fácil ni en un materialismo decimonónico. La ciencia le abre a una vivencia de lo sagrado como "lo absolutamente otro", que se manifiesta sobre todo en el arte. No rompe con la esfera religiosa de validez, sino que busca una nueva disposición hacia lo divino. Eso define su horizonte "nacional-revolucionario" de modernidad alternativa, no necesariamente facineroso, pero que en 1933 se explicitó políticamente.

En resumen, lo que dice el texto:
Heidegger defiende un concepto de rigor científico que exige renunciar a uno mismo, a las comodidades antropológicas, para acceder a una verdad no humana. Eso implica una ética del conocimiento que es también una opción existencial radical. Esa postura le lleva a criticar tanto al cristianismo tradicional como al humanismo moderno (liberalismo, pogre, marxismo). La ciencia es la puerta a una nueva experiencia de lo sagrado, y ese compromiso con la verdad es lo que luego, políticamente, le llevará a apoyar el nacionalsocialismo (aunque el texto lo trata con matices).

Eso es, sin crítica ni retranca. El texto es denso pero coherente: expone la evolución intelectual de Heidegger desde una perspectiva que valora su radicalidad anti-antropológica.
 
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Al concluir el periplo científico que pretendemos esbozar aquí, en el curso de Friburgo Introducción a la filosofía (1928-1929), cuando Heidegger admite —aunque ya veremos cómo— que la filosofía no es simplemente ciencia, el tema sigue siendo el mismo, a saber, el rigor intelectual qua metodología emancipatoria:



No se trata ni de psicología ni tampoco de sarracena. Es verdad que la exsistencia (sic), en esa clase de consideraciones, adviene a un centro propio y queda como en un centro propio, pero tal punto de vista antropocéntrico tiene algo de curioso. En esa consideración antropocéntrica nos percatamos de que, cuando este ente que es el hombre, supuestamente enamorado de sí mismo, se pone a sí mismo en el centro, cuando ese ente está en su propio centro, lo que de verdad resulta es que, conforme a lo más íntimo de sí, ese ente es excéntrico, es decir, que por la propia esencia de su existir, de su Existenz, nunca puede estar objetivamente en el centro del ente. Pues eso es precisamente lo que el filosofar pondrá de manifiesto, a saber: que es precisamente en virtud de esa su más íntima esencia por lo que el hombre se ve arrojado fuera de sí mismo y más allá de sí mismo y no puede ser en absoluto propiedad de sí mismo. Pero para llegar a percatarnos de que la existencia no se tiene a sí misma por centro, hay que intentar en cierto modo llegar al centro. El subjetivismo no se supera porque uno se indigne sarracena contra él, sino planteando de verdad y radicalmente el problema del sujeto. (...) Este autoconocimiento en tanto que conocimiento de la humanidad en el hombre, es decir, en tanto que conocimiento de la esencia del hombre, es filosofía, y está tan lejos de la psicología, el psicoanálisis y la sarracena que, ciertamente, no podría estarlo más. Y sin embargo es tal hacer memoria de (y reflexión y consideración y reconsideración sobre) nuestra propia existencia donde puede suceder que aprehendamos de raíz la completa y total nihilidad de la esencia humana.1589



Esta larga cita constituye de alguna manera nuestro punto de llegada, porque, como decimos, marca el final de una etapa en el mismo momento en que Heidegger afirma que «puede que de que la filosofía no sea una ciencia no se siga en absoluto que debiera o pudiera ser acientífica».1590 Así, de las posiciones husserlianas de la filosofía “como ciencia estricta”, que Heidegger reivindica en su curso La idea de la filosofía y el problema de la concepción del mundo (1919), pasamos a un planteamiento en el cual la filosofía no es ciencia, pero sólo por idéntico motivo que no puede hablarse de un círculo redondo. Heidegger se explica:



(…) la expresión “filosofía científica” se asemejaría mucho más a la descripción “círculo redondo”. Así se predica algo del círculo que no le conviene; pues el círculo no es redondo, es decir, el círculo no es algo a lo que “además” le suceda ser redondo, es decir, tener una figura redonda, no es que resulte ser redondo, sino que es lo redondo simpliciter, lo redondo en absoluto. 1591



Semejante planteo debe permitir acreditar no ya hechos biográficos de enorme trascendencia interpretativa como que Heidegger, a petición propia, fuera enterrado “según el rito de la Iglesia católica”,1592 sino testimonios a guisa del siguiente, de su amigo Max Müller, al observar que Heidegger, paseando cerca de una iglesia, hacía una genuflexión ante el sagrario y tomaba agua bendita: «yo no soy ningún panteísta, devoto de los campos, bosques y praderas. Hay que pensar históricamente. Y donde se ha rezado tanto, allí está cerca lo divino de una manera muy particular. Sea cual sea el modo como usted interprete su figura, yo diría que lo divino estuvo también de manera desacostumbrada muy cerca de la figura de Cristo».1593 Que haya, conducente de la “racionalidad filosófica” al ámbito de lo sagrado —allí donde empieza el arte—, un hilo argumental racional, es una cuestión que la historia del pensamiento acredita hasta el hartazgo desde el dios del fogón de Heráclito al judaísmo de la Escuela de Frankfurt (pasando por las festividades del Ser Supremo de la época jacobina).

¿Debemos cargar en la cuenta de su presunto déficit ilustrado la existencia de un sendero semejante en la filosofía de Heidegger? ¿Valdrá el mismo criterio para la de Comte, Adorno o Wittgenstein? El problema sería más bien, una vez trazado desde su interior el límite de la ciencia (tarea que nos embarga desde Kant a Wittgenstein), cómo se accede a dicho ámbito de lo sagrado y, para Heidegger, si el tránsito acontece realmente (“sólo un dios puede salvarnos”) o se trata de una vergonzante y típica escena de conversión análoga a aquella claudicación pueril que Max Scheler ya denunciara en 1928:
 
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Al concluir el periplo científico que pretendemos esbozar aquí, en el curso de Friburgo Introducción a la filosofía (1928-1929), cuando Heidegger admite —aunque ya veremos cómo— que la filosofía no es simplemente ciencia, el tema sigue siendo el mismo, a saber, el rigor intelectual qua metodología emancipatoria:



No se trata ni de psicología ni tampoco de sarracena. Es verdad que la exsistencia (sic), en esa clase de consideraciones, adviene a un centro propio y queda como en un centro propio, pero tal punto de vista antropocéntrico tiene algo de curioso. En esa consideración antropocéntrica nos percatamos de que, cuando este ente que es el hombre, supuestamente enamorado de sí mismo, se pone a sí mismo en el centro, cuando ese ente está en su propio centro, lo que de verdad resulta es que, conforme a lo más íntimo de sí, ese ente es excéntrico, es decir, que por la propia esencia de su existir, de su Existenz, nunca puede estar objetivamente en el centro del ente. Pues eso es precisamente lo que el filosofar pondrá de manifiesto, a saber: que es precisamente en virtud de esa su más íntima esencia por lo que el hombre se ve arrojado fuera de sí mismo y más allá de sí mismo y no puede ser en absoluto propiedad de sí mismo. Pero para llegar a percatarnos de que la existencia no se tiene a sí misma por centro, hay que intentar en cierto modo llegar al centro. El subjetivismo no se supera porque uno se indigne sarracena contra él, sino planteando de verdad y radicalmente el problema del sujeto. (...) Este autoconocimiento en tanto que conocimiento de la humanidad en el hombre, es decir, en tanto que conocimiento de la esencia del hombre, es filosofía, y está tan lejos de la psicología, el psicoanálisis y la sarracena que, ciertamente, no podría estarlo más. Y sin embargo es tal hacer memoria de (y reflexión y consideración y reconsideración sobre) nuestra propia existencia donde puede suceder que aprehendamos de raíz la completa y total nihilidad de la esencia humana.1589



Esta larga cita constituye de alguna manera nuestro punto de llegada, porque, como decimos, marca el final de una etapa en el mismo momento en que Heidegger afirma que «puede que de que la filosofía no sea una ciencia no se siga en absoluto que debiera o pudiera ser acientífica».1590 Así, de las posiciones husserlianas de la filosofía “como ciencia estricta”, que Heidegger reivindica en su curso La idea de la filosofía y el problema de la concepción del mundo (1919), pasamos a un planteamiento en el cual la filosofía no es ciencia, pero sólo por idéntico motivo que no puede hablarse de un círculo redondo. Heidegger se explica:



(…) la expresión “filosofía científica” se asemejaría mucho más a la descripción “círculo redondo”. Así se predica algo del círculo que no le conviene; pues el círculo no es redondo, es decir, el círculo no es algo a lo que “además” le suceda ser redondo, es decir, tener una figura redonda, no es que resulte ser redondo, sino que es lo redondo simpliciter, lo redondo en absoluto. 1591



Semejante planteo debe permitir acreditar no ya hechos biográficos de enorme trascendencia interpretativa como que Heidegger, a petición propia, fuera enterrado “según el rito de la Iglesia católica”,1592 sino testimonios a guisa del siguiente, de su amigo Max Müller, al observar que Heidegger, paseando cerca de una iglesia, hacía una genuflexión ante el sagrario y tomaba agua bendita: «yo no soy ningún panteísta, devoto de los campos, bosques y praderas. Hay que pensar históricamente. Y donde se ha rezado tanto, allí está cerca lo divino de una manera muy particular. Sea cual sea el modo como usted interprete su figura, yo diría que lo divino estuvo también de manera desacostumbrada muy cerca de la figura de Cristo».1593 Que haya, conducente de la “racionalidad filosófica” al ámbito de lo sagrado —allí donde empieza el arte—, un hilo argumental racional, es una cuestión que la historia del pensamiento acredita hasta el hartazgo desde el dios del fogón de Heráclito al judaísmo de la Escuela de Frankfurt (pasando por las festividades del Ser Supremo de la época jacobina).

¿Debemos cargar en la cuenta de su presunto déficit ilustrado la existencia de un sendero semejante en la filosofía de Heidegger? ¿Valdrá el mismo criterio para la de Comte, Adorno o Wittgenstein? El problema sería más bien, una vez trazado desde su interior el límite de la ciencia (tarea que nos embarga desde Kant a Wittgenstein), cómo se accede a dicho ámbito de lo sagrado y, para Heidegger, si el tránsito acontece realmente (“sólo un dios puede salvarnos”) o se trata de una vergonzante y típica escena de conversión análoga a aquella claudicación pueril que Max Scheler ya denunciara en 1928:

Sin crítica ni retranca, va. Explicación del texto que acabas de poner:

El fragmento continúa la línea del anterior: la relación entre filosofía, ciencia y rigor intelectual en Heidegger, pero ahora en una fase posterior (curso de 1928-1929 "Introducción a la filosofía").

Idea central:
Heidegger sostiene que la filosofía no es una ciencia, pero no por ello es acientífica. La comparación que usa es la del "círculo redondo": decir "filosofía científica" es tan redundante como decir "círculo redondo", porque el círculo *es lo redondo mismo, no algo que además sea redondo. La filosofía es* el rigor mismo, no una disciplina que aspire a ser rigurosa como las ciencias.

Puntos clave:

1. Antropocentrismo excéntrico: Heidegger dice que cuando el hombre se pone a sí mismo en el centro (antropocentrismo), descubre que su esencia es excéntrica. El hombre no puede ser propiedad de sí mismo, está arrojado fuera de sí. El filosofar muestra que la existencia no se tiene a sí misma por centro. Para ver eso, hay que intentar llegar al centro, pero el resultado es que el centro está vacío de humanidad.

2. Superación del subjetivismo: No se supera indignándose sarracena contra él, sino planteando radicalmente el problema del sujeto. El autoconocimiento filosófico no es psicología, psicoanálisis ni sarracena. Es una reflexión sobre la existencia que puede llevar a aprehender "la completa y total nihilidad de la esencia humana".

3. Filosofía no es ciencia, pero puede ser científica: Heidegger dice explícitamente: "puede que de que la filosofía no sea una ciencia no se siga en absoluto que debiera o pudiera ser acientífica". La filosofía es el rigor mismo, no una ciencia entre otras.

4. Transición desde 1919: El texto recuerda que en 1919 Heidegger reivindicaba la filosofía como "ciencia estricta" (como Husserl). Ahora, diez años después, dice que no es ciencia, pero por la misma razón por la que un círculo no es "además" redondo: la filosofía es la forma originaria del rigor.

5. Conexión con lo sagrado: El autor del texto (no Heidegger, sino quien escribe el estudio) vincula esta posición con la religiosidad personal de Heidegger: sus gestos (genuflexión, agua bendita) y la idea de que "lo divino estuvo cerca de la figura de Cristo". El autor defiende que hay un hilo racional desde la filosofía al ámbito de lo sagrado, que no es un "déficit ilustrado" sino algo que comparte con Comte, Adorno o Wittgenstein.

6. Pregunta final: El texto se pregunta si ese sendero hacia lo sagrado debe cargarse como un déficit de Ilustración. La respuesta implícita es que no: se trata de cómo se accede a lo sagrado una vez trazado el límite de la ciencia. Y para Heidegger, ese tránsito no es una claudicación, sino una cuestión de si realmente acontece ("sólo un dios puede salvarnos") o es una escena de conversión vergonzante (como denunciaba Max Scheler en 1928).

En resumen, el texto explica que Heidegger, al final de los años 20, redefine la filosofía como el rigor mismo, no como una ciencia, y que esa postura le permite mantener abierta la puerta a una experiencia de lo sagrado post-cristiana, sin caer en el subjetivismo moderno ni en la simple irracionalidad.

Eso es lo que dice, sin añadidos.
 
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La necesidad de hallar salvación y amparo en una omnipotencia extrahumana y extramundana equiparada con la bondad y la sabiduría, es demasiado grande como para no romper todos los diques de la prudencia y de la reflexión en los tiempos en que el hombre aún no había alcanzado la mayoría de edad. (...) El ser absoluto no existe para amparar al hombre ni como mero remedio a sus debilidades y necesidades.1594



Una raíz común vincula las sendas posturas de Heidegger ante lo sagrado y la ciencia. Este fenómeno de sentido es el objeto temático que nos interesa aquí, a saber, el Geist alemán (intraducible por el esprit francés o el espíritu castellano) como transfondo existencial de la Triftigkeit. De manera que la evolución heideggeriana, a la altura del colapso capitalista de 1929 y por lo que respecta al concepto de ciencia y conocimiento, no supone el abandono de la etapa científica y el banderín de enganche a las evasiones de una doctrina irracionalista, sino la renuncia definitiva y consecuente a la concepción liberal y antropológica de la filosofía heredada del siglo XIX. En otros términos: la filosofía pasa de representar la neokantiana matriz de la ingenua ciencia positivista —el lugar donde ésta se conoce a sí misma— a acotar un campo propio, irreductible a las tareas del científico a la par que marcado por un espíritu (Geist) de rigor intelectual del que las disciplinas empírico-positivas, a lo sumo, sólo recogen las migajas en forma de teorías de “hechos”. Estamos ante una idea de la filosofía fundada por el Nietzsche “ilustrado” en su despedida del cristiano Richard Wagner:



¿Cuánta verdad soporta, cuanta verdad osa un espíritu? Eso se fue convirtiendo cada vez más, para mí, en auténtica unidad de medida. El error (-el creer en el ideal-) no es ceguera, el error es cobardía... Toda conquista, todo paso adelante en el conocimiento es consecuencia del valor, de la dureza consigo mismo, de la limpieza consigo mismo...1595



Heidegger será así totalmente coherente con la tarea de una crítica que, en primer lugar, debe superar el complejo de inferioridad que la filosofía arrastra desde la época positivista y que la ha forzado una y otra vez a justificar su existencia, ofreciendo dudosos servicios filosóficos como “especialista en generalidades”, a efectos de devenir útil y respetable en la construcción de la nueva Icaria antropológica. El ejercicio de la crítica, que en Heidegger se desenvuelve bajo el rótulo de “deconstrucción” o “destrucción” (Destruktion), es en efecto incompatible con semejante actitud lacayuna. El “cientificismo positivista” forma parte de aquéllo que hay que poner en cuestión hasta el final desde el punto de vista de la crítica genuina, mas ¿cómo hacerlo bajo el mandato de una supuesta “filosofía científica” acomplejada e impotente, cuyo ejemplo paradigmático sería el neokantismo, pero, a la postre, también la fenomenología trascendental librada a los poderes del “sujeto”? El abandono de la noción decimonónica de la filosofía como mera reflexión sobre la “ciencia de hechos” emana así del interior mismo del proyecto de una ciencia originaria y no supone, antes bien todo lo contrario, la renuncia a las tareas “ilustradas” de conquista de la "mayoría de edad" y emancipación tal y como las hemos definido hasta aquí. La madurez del hombre, esto es, la compresión del fenómeno de la gloria y la “deconstrucción” tanto del dios paterno-pueril cuanto de las correspondientes utopías compensatorias post-cristianas (de estado o de mercado) emanadas de la matriz axiológica eudemonista, eran ya entonces, y son también hoy —quizá más que nunca—, cuestiones insoslayables a afrontar por una filosofía crítico-ilustrada.



A principios del siglo XX, Husserl responde a las consecuencias sociales e intelectuales de la concepción positivista de ciencia, la reducción del hombre a cosa y del sujeto a realitas psíquica manipulable (operación conceptual que constituye el supuesto de la ingeniería social, muy visible, por ejemplo, en el conductismo de Skinner), con un positivismo radical que cuestiona dicho empirismo desde los propios supuestos y exigencias de objetividad reclamados por los científicos naturalistas. Son las cosas mismas las que muestran los impensados (=creencias) metafísicos del naturalismo y el carácter postulatorio y autocontradictorio (en un sentido que anticipa la contradicción performativa de la ética del diálogo) de una ideología que aspira a hacerse pasar por canon de la ciencia:



Aquéllo que caracteriza todas las formas del naturalismo extremo y consecuente, comenzando por el materialismo popular y acabando por el más reciente monismo de las sensaciones y el energeticismo, es, de un lado, la naturalización de la conciencia (...) y, de otro lado, la naturalización de las ideas y, con ellas, de todos los ideales y normas absolutas.1596



Sin embargo, no por ello este proyecto deja en efecto de ostentar proliferantes pretensiones de actuaciones forzosas que anuncian los rasgos mostrencos de la inminente "banalidad del mal" (Hannah Arendt):



(…) el naturalista es un idealista que erige y supuestamente fundamenta teorías que niegan precisamente aquéllo que él, sea edificando teorías, sea fundamentando y a la vez recomendando valores y normas prácticas como las más bellas y las mejores, presupone en su comportamiento idealista. (...) El naturalista enseña, predica, sarracena, reforma. Pero niega aquéllo que toda prédica, toda exigencia como tal, presupone en su sentido.1597
 
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La necesidad de hallar salvación y amparo en una omnipotencia extrahumana y extramundana equiparada con la bondad y la sabiduría, es demasiado grande como para no romper todos los diques de la prudencia y de la reflexión en los tiempos en que el hombre aún no había alcanzado la mayoría de edad. (...) El ser absoluto no existe para amparar al hombre ni como mero remedio a sus debilidades y necesidades.1594



Una raíz común vincula las sendas posturas de Heidegger ante lo sagrado y la ciencia. Este fenómeno de sentido es el objeto temático que nos interesa aquí, a saber, el Geist alemán (intraducible por el esprit francés o el espíritu castellano) como transfondo existencial de la Triftigkeit. De manera que la evolución heideggeriana, a la altura del colapso capitalista de 1929 y por lo que respecta al concepto de ciencia y conocimiento, no supone el abandono de la etapa científica y el banderín de enganche a las evasiones de una doctrina irracionalista, sino la renuncia definitiva y consecuente a la concepción liberal y antropológica de la filosofía heredada del siglo XIX. En otros términos: la filosofía pasa de representar la neokantiana matriz de la ingenua ciencia positivista —el lugar donde ésta se conoce a sí misma— a acotar un campo propio, irreductible a las tareas del científico a la par que marcado por un espíritu (Geist) de rigor intelectual del que las disciplinas empírico-positivas, a lo sumo, sólo recogen las migajas en forma de teorías de “hechos”. Estamos ante una idea de la filosofía fundada por el Nietzsche “ilustrado” en su despedida del cristiano Richard Wagner:



¿Cuánta verdad soporta, cuanta verdad osa un espíritu? Eso se fue convirtiendo cada vez más, para mí, en auténtica unidad de medida. El error (-el creer en el ideal-) no es ceguera, el error es cobardía... Toda conquista, todo paso adelante en el conocimiento es consecuencia del valor, de la dureza consigo mismo, de la limpieza consigo mismo...1595



Heidegger será así totalmente coherente con la tarea de una crítica que, en primer lugar, debe superar el complejo de inferioridad que la filosofía arrastra desde la época positivista y que la ha forzado una y otra vez a justificar su existencia, ofreciendo dudosos servicios filosóficos como “especialista en generalidades”, a efectos de devenir útil y respetable en la construcción de la nueva Icaria antropológica. El ejercicio de la crítica, que en Heidegger se desenvuelve bajo el rótulo de “deconstrucción” o “destrucción” (Destruktion), es en efecto incompatible con semejante actitud lacayuna. El “cientificismo positivista” forma parte de aquéllo que hay que poner en cuestión hasta el final desde el punto de vista de la crítica genuina, mas ¿cómo hacerlo bajo el mandato de una supuesta “filosofía científica” acomplejada e impotente, cuyo ejemplo paradigmático sería el neokantismo, pero, a la postre, también la fenomenología trascendental librada a los poderes del “sujeto”? El abandono de la noción decimonónica de la filosofía como mera reflexión sobre la “ciencia de hechos” emana así del interior mismo del proyecto de una ciencia originaria y no supone, antes bien todo lo contrario, la renuncia a las tareas “ilustradas” de conquista de la "mayoría de edad" y emancipación tal y como las hemos definido hasta aquí. La madurez del hombre, esto es, la compresión del fenómeno de la gloria y la “deconstrucción” tanto del dios paterno-pueril cuanto de las correspondientes utopías compensatorias post-cristianas (de estado o de mercado) emanadas de la matriz axiológica eudemonista, eran ya entonces, y son también hoy —quizá más que nunca—, cuestiones insoslayables a afrontar por una filosofía crítico-ilustrada.



A principios del siglo XX, Husserl responde a las consecuencias sociales e intelectuales de la concepción positivista de ciencia, la reducción del hombre a cosa y del sujeto a realitas psíquica manipulable (operación conceptual que constituye el supuesto de la ingeniería social, muy visible, por ejemplo, en el conductismo de Skinner), con un positivismo radical que cuestiona dicho empirismo desde los propios supuestos y exigencias de objetividad reclamados por los científicos naturalistas. Son las cosas mismas las que muestran los impensados (=creencias) metafísicos del naturalismo y el carácter postulatorio y autocontradictorio (en un sentido que anticipa la contradicción performativa de la ética del diálogo) de una ideología que aspira a hacerse pasar por canon de la ciencia:



Aquéllo que caracteriza todas las formas del naturalismo extremo y consecuente, comenzando por el materialismo popular y acabando por el más reciente monismo de las sensaciones y el energeticismo, es, de un lado, la naturalización de la conciencia (...) y, de otro lado, la naturalización de las ideas y, con ellas, de todos los ideales y normas absolutas.1596



Sin embargo, no por ello este proyecto deja en efecto de ostentar proliferantes pretensiones de actuaciones forzosas que anuncian los rasgos mostrencos de la inminente "banalidad del mal" (Hannah Arendt):



(…) el naturalista es un idealista que erige y supuestamente fundamenta teorías que niegan precisamente aquéllo que él, sea edificando teorías, sea fundamentando y a la vez recomendando valores y normas prácticas como las más bellas y las mejores, presupone en su comportamiento idealista. (...) El naturalista enseña, predica, sarracena, reforma. Pero niega aquéllo que toda prédica, toda exigencia como tal, presupone en su sentido.1597

Sin crítica ni retranca. Explicación del texto:

El fragmento continúa el análisis sobre Heidegger, la ciencia, lo sagrado y la Ilustración. Se estructura en varias partes:

1. Cita inicial (Max Scheler, 1928): Scheler critica la necesidad humana de buscar un ser absoluto que sea bondad y sabiduría para salvarle. Dice que esa necesidad rompe toda prudencia en épocas pre-modernas. Concluye: "El ser absoluto no existe para amparar al hombre ni como mero remedio a sus debilidades y necesidades".

2. Vínculo entre lo sagrado y la ciencia en Heidegger: El autor sostiene que hay una raíz común entre la postura de Heidegger ante lo sagrado y ante la ciencia. Ese fenómeno de sentido es el "Geist alemán" (espíritu/espíritu, intraducible como "esprit" francés) como trasfondo existencial del concepto de "Triftigkeit" (el peso del mejor argumento, el rigor).

3. Evolución de Heidegger en 1929: Tras el colapso capitalista de 1929, Heidegger no abandona la etapa científica para pasarse al irracionalismo. Lo que hace es renunciar definitivamente a la concepción liberal y antropológica de la filosofía heredada del siglo XIX. La filosofía ya no es la "matriz neokantiana" de la ciencia positivista (el lugar donde la ciencia se conoce a sí misma), sino un campo propio, irreductible a las tareas del científico, pero marcado por un espíritu de rigor intelectual del que las ciencias empíricas solo recogen migajas.

4. Cita de Nietzsche: El autor usa a Nietzsche para apoyar esta idea de verdad como medida de valor y de dureza consigo mismo: "¿Cuánta verdad soporta, cuanta verdad osa un espíritu? Eso se fue convirtiendo cada vez más, para mí, en auténtica unidad de medida. El error no es ceguera, el error es cobardía...".

5. Crítica del complejo de inferioridad de la filosofía: Heidegger sería coherente con una tarea crítica que supere el complejo de inferioridad que la filosofía arrastra desde el positivismo. Ese complejo forzaba a la filosofía a justificarse ofreciendo servicios dudosos como "especialista en generalidades" para ser útil a la construcción de la nueva Icaria antropológica. La "Destruktion" (deconstrucción/destrucción) heideggeriana es incompatible con esa actitud lacayuna.

6. Crítica al cientificismo positivista: El cientificismo positivista es parte de lo que hay que cuestionar desde la crítica genuina. Pero no se puede hacer esa crítica desde una supuesta "filosofía científica" acomplejada (neokantismo, fenomenología trascendental). El abandono de la noción decimonónica de filosofía como mera reflexión sobre ciencia de hechos emana del interior mismo del proyecto de una ciencia originaria. No supone renunciar a la Ilustración, sino a madurar: comprender la gloria y "deconstruir" tanto al dios paterno-pueril como a las utopías post-cristianas (de estado o de mercado) basadas en el eudemonismo.

7. Respuesta de Husserl al positivismo: A principios del siglo XX, Husserl responde a la reducción del hombre a cosa y a las consecuencias del positivismo con un "positivismo radical" que cuestiona el empirismo desde sus propios supuestos de objetividad. Las cosas mismas muestran los impensados metafísicos del naturalismo y su carácter contradictorio.

8. Cita de Husserl sobre naturalismo: El naturalismo (materialismo, monismo de sensaciones, energeticismo) se caracteriza por "la naturalización de la conciencia" y "la naturalización de las ideas y de todos los ideales y normas absolutos".

9. Cita de Husserl sobre la contradicción del naturalista: El naturalista es un idealista que niega precisamente lo que presupone en su comportamiento idealista (enseñar, predicar, sarracena, reformar). "Niega aquello que toda prédica, toda exigencia como tal, presupone en su sentido".

Resumen del fragmento: El texto defiende que el abandono heideggeriano de la filosofía como "ciencia de la ciencia" no es un giro irracionalista, sino una adoctrinamiento de la Ilustración que abandona el antropocentrismo y el eudemonismo. La filosofía debe ser el lugar del rigor intelectual que no se doblega a la utilidad positivista, y eso conecta con una experiencia de lo sagrado no infantil. Se apoya en Nietzsche y en la crítica de Husserl al naturalismo para mostrar que el positivismo se contradice a sí mismo.

Eso es lo que dice, sin más.
 
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El naturalismo proclama con su actuar lo que niega con sus palabras: afirma que la verdad es al cerebro lo que la bilis al bazo, pero pretende que esa afirmación relativista sea válida, y no un producto hormonal; niega la sarracena, pero propone reglas de salud pública fundadas en dicha negación (por ejemplo, la esterilización administrativa de personas con discapacidad intelectual, emprendida en Estados Unidos y Suecia mucho antes que en Alemania); abjura de los valores metafísicos de belleza, pero nos muestra la imagen comtiano-baconiana de un mundo higienista singularmente hermoso, etcétera. El cuestionamiento fenomenológico de la racionalidad utilitaria moderna se despliega, en definitiva, desde la propia razón y bajo el mandato de atenerse a la verdad, es decir, a lo que se muestra tal como se muestra. La filosofía le “toma la palabra” a la ciencia positiva, opone ciencia a positivismo. Antes de convertirse en un conjunto de sensaciones, moléculas y átomos, una flor había sido siempre ya fenómeno, unidad de significación que aparece en el estrato primario e irreductible del mundo de la vida: los discursos botánicos, biológicos y químico-orgánicos sobre la flor son construcciones de segundo grado y presuponen a un sujeto que, en un lugar más originario, vivió el simple mostrarse de la flor como intuición perceptiva. Ahora bien, precisamente la verdad, ese ideal que proclama la ciencia naturalista cuando niega todo ideal en nombre de brutalidad cósica de los hechos sensibles y de la “utilidad”, esa validez que rige incluso la idea de materia y por ende prescribe una idealidad reglamentadora de la negación de lo ideal, ese imperativo de objetividad que entusiasma a los científicos, etcétera, brota en el mundo sobre el fondo de un previo fenómeno de la verdad. Así pues, en cuanto evidencia, no se da -hay que enfatizarlo- un hecho empírico de la verdad, el cual literalmente no existe en ningún lugar y en vano intentaremos experimentalmente hacer comparecer ante nosotros. La verdad qua evidencia es así «la luminosa certeza de que lo que hemos reconocido es, o lo que hemos rechazado no es».1598 Hete aquí la cuestión del ser. Por ello la filosofía no pretende suplantar a la ciencia, construyendo more Hegel un sistema metafísico que abarque todo el saber. Antes bien, la filosofía, que con Husserl reclama en principio sus derechos y, con Nietzsche como paradigma vitalista-existencial, transmite el auténtico impulso filosofante al primer Heidegger postcatólico, ha renunciado de antemano a toda forma de sistema constructivo de informaciones positivas. Subrayémoslo: su tema es la verdad en cuanto tal, no lo verdadero. La fenomenología se constituye admitiendo como único criterio legitimador de su discurso los fenómenos, las cosas mismas, pero en primer lugar el fenómeno de la ciencia, del conocimiento y de la verdad. Estamos ante una tasación “científica”, aunque el propio científico naturalista no vea justamente aquéllo que tiene más cerca, aquéllo que él es. La tarea de la filosofía, de alguna manera, es complementaria a la de la ciencia empírica. Se trata de abrirle los ojos al científico sobre el sentido existencial de su quehacer cotidiano y, por tanto, sobre el sinsentido de los dogmas naturalistas, positivistas y utilitarios. Éstos pretenden abolir para siempre —aunque en realidad se limiten a realizarlo ciegamente manu militari mediante la celebérrima inversión materialista— el sistema metafísico encarnado paradigmáticamente por la figura y la obra de Hegel, circunstancia harto patente, por ejemplo, en el marxismo. Así, frente a la especulación, el científico reclama hechos (=datos matematizables) y relaciones factuales regulares (leyes causales) como fundamento de todo discurso y praxis válida. La respuesta de la filosofía es que el campo de lo dado no se reduce a hechos, que la propia ciencia empírica debe admitir los fenómenos lógicos y matemáticos como supuestos de su propia actividad, y que dichos requisitos metodológicos tan alegremente soslayados trascienden el campo fenoménico de la empiria sensible. No sólo eso, la exigencia de remitir el discurso válido a los “hechos” —acto de reaseguramiento utilitarista del sujeto moderno—en una relación de fundamentación, no puede ser él mismo catalogado como hecho, a la misma subyace un discurso pseudofilosófico que rompe con el principio sensualista en el mismo momento en que pretende legitimarlo allende toda filosofía. El acto de tirar la “escalera de Wittgenstein” una vez usada no sería sólo un gesto literario, sino una trampa que resume el carácter insolvente y fraudulento de todos los empirismos, los cuales abusan de la filosofía amparándose en el dogma del “sentido común”, de lo razonable y útil, de la felicidad y del bienestar, auténtico populismo del pensamiento y síntesis de demagogia intelectual sólo superada por sus híbridos profético-utópicos. Frente a tamaña decadencia y vulgaridad del raciocinio cosmovisional, común a racistas biológicos, marxistas y liberales utilitaristas, Husserl representa el retorno de la filosofía a sus auténticos problemas, a saber, la cuestión trascendental de la validez, del “peso del mejor argumento”, de la Triftigket en suma. En lugar del mencionado “principio” empirista —en realidad un declarado prejuicio metafísico de la peor especie— Husserl erige el genuino “principio de todos los principios”, que debe regir las pautas de actuación del quehacer científico (porque pertenece al ámbito previo del conocimiento en cuanto tal, ostente o no “rango” científico):



Ninguna teoría concebible nos puede llevar a error en el principio de todos los principios: que toda intuición originariamente donadora es una fuente de derecho del conocimiento.1599



En definitiva, la ciencia, si es fiel a sus supuestos de atenerse a lo dado, ha de renunciar en cuanto institución a fijar sus pilares en el inestable terreno de los hechos sensibles porque los mismos son, sin excepción, contingentes, y sin embargo la ciencia positiva no sólo se contempla a sí misma como verdadera, sino que incluso sueña con fijar los criterios de lo que tout court sea una verdad racional (=vinculante), algo que, por definición, escapa a las posibilidades del discurso empírico. Ahora bien, esta problemática sigue actualmente abierta y no otro es para Husserl el imperativo científico de la filosofía: el universo previo de los fenómenos lógicos en cuyo seno, y como fenómeno de la veritas, se constituye la propia ciencia empírica antes de haber tenido la más remota noticia de "hecho" alguno. La filosofía retrocede ante la ciencia y abandona el campo de los datos empírico-sensibles, pero sólo para encastillarse en el plano transcendental del que la propia ciencia depende logísticamente en orden a ejercer sus más elementales funciones metodológicas y operativas:
 
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El naturalismo proclama con su actuar lo que niega con sus palabras: afirma que la verdad es al cerebro lo que la bilis al bazo, pero pretende que esa afirmación relativista sea válida, y no un producto hormonal; niega la sarracena, pero propone reglas de salud pública fundadas en dicha negación (por ejemplo, la esterilización administrativa de personas con discapacidad intelectual, emprendida en Estados Unidos y Suecia mucho antes que en Alemania); abjura de los valores metafísicos de belleza, pero nos muestra la imagen comtiano-baconiana de un mundo higienista singularmente hermoso, etcétera. El cuestionamiento fenomenológico de la racionalidad utilitaria moderna se despliega, en definitiva, desde la propia razón y bajo el mandato de atenerse a la verdad, es decir, a lo que se muestra tal como se muestra. La filosofía le “toma la palabra” a la ciencia positiva, opone ciencia a positivismo. Antes de convertirse en un conjunto de sensaciones, moléculas y átomos, una flor había sido siempre ya fenómeno, unidad de significación que aparece en el estrato primario e irreductible del mundo de la vida: los discursos botánicos, biológicos y químico-orgánicos sobre la flor son construcciones de segundo grado y presuponen a un sujeto que, en un lugar más originario, vivió el simple mostrarse de la flor como intuición perceptiva. Ahora bien, precisamente la verdad, ese ideal que proclama la ciencia naturalista cuando niega todo ideal en nombre de brutalidad cósica de los hechos sensibles y de la “utilidad”, esa validez que rige incluso la idea de materia y por ende prescribe una idealidad reglamentadora de la negación de lo ideal, ese imperativo de objetividad que entusiasma a los científicos, etcétera, brota en el mundo sobre el fondo de un previo fenómeno de la verdad. Así pues, en cuanto evidencia, no se da -hay que enfatizarlo- un hecho empírico de la verdad, el cual literalmente no existe en ningún lugar y en vano intentaremos experimentalmente hacer comparecer ante nosotros. La verdad qua evidencia es así «la luminosa certeza de que lo que hemos reconocido es, o lo que hemos rechazado no es».1598 Hete aquí la cuestión del ser. Por ello la filosofía no pretende suplantar a la ciencia, construyendo more Hegel un sistema metafísico que abarque todo el saber. Antes bien, la filosofía, que con Husserl reclama en principio sus derechos y, con Nietzsche como paradigma vitalista-existencial, transmite el auténtico impulso filosofante al primer Heidegger postcatólico, ha renunciado de antemano a toda forma de sistema constructivo de informaciones positivas. Subrayémoslo: su tema es la verdad en cuanto tal, no lo verdadero. La fenomenología se constituye admitiendo como único criterio legitimador de su discurso los fenómenos, las cosas mismas, pero en primer lugar el fenómeno de la ciencia, del conocimiento y de la verdad. Estamos ante una tasación “científica”, aunque el propio científico naturalista no vea justamente aquéllo que tiene más cerca, aquéllo que él es. La tarea de la filosofía, de alguna manera, es complementaria a la de la ciencia empírica. Se trata de abrirle los ojos al científico sobre el sentido existencial de su quehacer cotidiano y, por tanto, sobre el sinsentido de los dogmas naturalistas, positivistas y utilitarios. Éstos pretenden abolir para siempre —aunque en realidad se limiten a realizarlo ciegamente manu militari mediante la celebérrima inversión materialista— el sistema metafísico encarnado paradigmáticamente por la figura y la obra de Hegel, circunstancia harto patente, por ejemplo, en el marxismo. Así, frente a la especulación, el científico reclama hechos (=datos matematizables) y relaciones factuales regulares (leyes causales) como fundamento de todo discurso y praxis válida. La respuesta de la filosofía es que el campo de lo dado no se reduce a hechos, que la propia ciencia empírica debe admitir los fenómenos lógicos y matemáticos como supuestos de su propia actividad, y que dichos requisitos metodológicos tan alegremente soslayados trascienden el campo fenoménico de la empiria sensible. No sólo eso, la exigencia de remitir el discurso válido a los “hechos” —acto de reaseguramiento utilitarista del sujeto moderno—en una relación de fundamentación, no puede ser él mismo catalogado como hecho, a la misma subyace un discurso pseudofilosófico que rompe con el principio sensualista en el mismo momento en que pretende legitimarlo allende toda filosofía. El acto de tirar la “escalera de Wittgenstein” una vez usada no sería sólo un gesto literario, sino una trampa que resume el carácter insolvente y fraudulento de todos los empirismos, los cuales abusan de la filosofía amparándose en el dogma del “sentido común”, de lo razonable y útil, de la felicidad y del bienestar, auténtico populismo del pensamiento y síntesis de demagogia intelectual sólo superada por sus híbridos profético-utópicos. Frente a tamaña decadencia y vulgaridad del raciocinio cosmovisional, común a racistas biológicos, marxistas y liberales utilitaristas, Husserl representa el retorno de la filosofía a sus auténticos problemas, a saber, la cuestión trascendental de la validez, del “peso del mejor argumento”, de la Triftigket en suma. En lugar del mencionado “principio” empirista —en realidad un declarado prejuicio metafísico de la peor especie— Husserl erige el genuino “principio de todos los principios”, que debe regir las pautas de actuación del quehacer científico (porque pertenece al ámbito previo del conocimiento en cuanto tal, ostente o no “rango” científico):



Ninguna teoría concebible nos puede llevar a error en el principio de todos los principios: que toda intuición originariamente donadora es una fuente de derecho del conocimiento.1599



En definitiva, la ciencia, si es fiel a sus supuestos de atenerse a lo dado, ha de renunciar en cuanto institución a fijar sus pilares en el inestable terreno de los hechos sensibles porque los mismos son, sin excepción, contingentes, y sin embargo la ciencia positiva no sólo se contempla a sí misma como verdadera, sino que incluso sueña con fijar los criterios de lo que tout court sea una verdad racional (=vinculante), algo que, por definición, escapa a las posibilidades del discurso empírico. Ahora bien, esta problemática sigue actualmente abierta y no otro es para Husserl el imperativo científico de la filosofía: el universo previo de los fenómenos lógicos en cuyo seno, y como fenómeno de la veritas, se constituye la propia ciencia empírica antes de haber tenido la más remota noticia de "hecho" alguno. La filosofía retrocede ante la ciencia y abandona el campo de los datos empírico-sensibles, pero sólo para encastillarse en el plano transcendental del que la propia ciencia depende logísticamente en orden a ejercer sus más elementales funciones metodológicas y operativas:

Sin crítica ni retranca. Explicación del texto:

El fragmento continúa la crítica fenomenológica al naturalismo y al positivismo, y desarrolla la posición de Husserl y del primer Heidegger frente a la ciencia empírica.

Puntos clave:

1. Contradicción performativa del naturalismo: El naturalista (materialista, positivista) actúa de forma que contradice lo que dice. Proclama que la verdad es un producto del cerebro como la bilis del bazo, pero al mismo tiempo pretende que esa afirmación sea válida objetivamente, no un mero producto hormonal. Niega la sarracena, pero propone reglas de salud pública (esterilización de personas con discapacidad intelectual, practicada en EEUU y Suecia antes que en Alemania). Abjura de los valores metafísicos de belleza, pero muestra una imagen higienista del mundo como hermosa. Es decir, su praxis desmiente su teoría.

2. Fenomenología frente a positivismo: La filosofía fenomenológica cuestiona la racionalidad utilitaria moderna desde la propia razón. "Toma la palabra" a la ciencia positiva y opone ciencia a positivismo. Antes de que una flor sea analizada como moléculas y átomos, ya es fenómeno, unidad de significación que aparece en el mundo de la vida. Los discursos científicos sobre la flor son construcciones de segundo grado que presuponen una intuición perceptiva originaria.

3. La verdad no es un hecho empírico: La verdad como evidencia no es un hecho que podamos encontrar empíricamente en ningún lugar. No existe experimentalmente. Es "la luminosa certeza de que lo que hemos reconocido es, o lo que hemos rechazado no es". La cuestión fundamental es el ser, no los entes.

4. Filosofía no suplanta a la ciencia: La filosofía no construye sistemas metafísicos al estilo de Hegel que abarquen todo el saber. Con Husserl reclama sus derechos, con Nietzsche transmite el impulso filosofante. Pero ha renunciado a toda forma de sistema constructivo de informaciones positivas. Su tema es la verdad en cuanto tal, no lo verdadero. El único criterio legitimador son los fenómenos, las cosas mismas, pero sobre todo el fenómeno de la ciencia, del conocimiento y de la verdad.

5. Tarea complementaria de la filosofía: Abrir los ojos al científico sobre el sentido existencial de su quehacer y sobre el sinsentido de los dogmas naturalistas, positivistas y utilitarios. Estos pretenden abolir el sistema metafísico (Hegel) pero en realidad lo realizan ciegamente mediante la inversión materialista (marxismo).

6. Crítica al empirismo: El científico reclama hechos (datos matematizables) y leyes causales. La filosofía responde que el campo de lo dado no se reduce a hechos: la ciencia empírica debe admitir fenómenos lógicos y matemáticos como supuestos de su actividad. La exigencia de remitir el discurso válido a los "hechos" no puede ser catalogada como hecho: es un discurso pseudofilosófico que rompe el principio sensualista al pretender legitimarlo allende toda filosofía. El gesto de "tirar la escalera de Wittgenstein" es una trampa que resume el carácter fraudulento de todos los empirismos, que abusan de la filosofía amparándose en el dogma del sentido común, lo razonable, lo útil, la felicidad y el bienestar. Eso es populismo del pensamiento, demagogia intelectual solo superada por los híbridos profético-utópicos.

7. Husserl como retorno a los problemas auténticos: Frente a la decadencia y vulgaridad del raciocinio cosmovisional (común a racistas biológicos, marxistas y liberales utilitaristas), Husserl representa el retorno a la cuestión trascendental de la validez, del "peso del mejor argumento", de la Triftigkeit. En lugar del prejuicio empirista, erige el genuino "principio de todos los principios": "que toda intuición originariamente donadora es una fuente de derecho del conocimiento".

8. Ciencia y verdad trascendental: La ciencia positiva, si es fiel a sus supuestos de atenerse a lo dado, debe renunciar a fijar sus pilares en hechos sensibles contingentes. Sin embargo, la ciencia no solo se contempla a sí misma como verdadera, sino que sueña con fijar los criterios de toda verdad racional, algo que escapa al discurso empírico. El imperativo científico de la filosofía es el universo previo de los fenómenos lógicos en cuyo seno, como fenómeno de la veritas, se constituye la propia ciencia empírica antes de tener noticia de "hecho" alguno. La filosofía retrocede ante la ciencia y abandona el campo empírico, pero solo para encastillarse en el plano trascendental del que la ciencia depende logísticamente.

Resumen: El texto expone la crítica fenomenológica al naturalismo y al positivismo. Muestra que el naturalismo es contradictorio porque niega en teoría lo que presupone en la práctica (validez, verdad, sarracena). La fenomenología (Husserl) y la filosofía heideggeriana afirman que la verdad no es un hecho empírico, sino un fenómeno trascendental previo a toda ciencia. La filosofía no compite con la ciencia en su terreno, sino que muestra las condiciones de posibilidad de la misma. Los empirismos y utilitarismos son populismos del pensamiento que encubren su propia base metafísica.
 
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Los lógicos psicologistas desconocen las esenciales y eternas diferencias entre la ley ideal y la ley real, entre la regulación normativa y la regulación causal, entre la necesidad lógica y la real. No hay gradación capaz de establecer términos medios entre lo ideal y lo real.1600



El mérito de Heidegger consistirá en retroceder aquende dicho plano “ideal” y conquistar para la filosofía un continente trascendental nuevo, a saber, el de la fundamentación existenciaria de la propia ciencia en esa instancia constituyente de mundo que es el Dasein, lugar existencial del mandato (Triftigkeit) del Geist. Sin embargo, la ciencia empírica no se dará por vencida. Frente a Husserl, renunciará a resolver el problema crucial de su fundamentación suspendiendo toda toma de postura filosófica y remitiendo al estudio de “procesos de conocimiento concretos” —como es el caso de Piaget con su epistemología genética—, la cuestión de la validez normativa. De manera que, aunque este autor niegue el carácter psicologista de sus teorías, lo cierto es que parte del supuesto de que no existen lo que él llama verdades “eternas” y de que incluso los procesos aritméticos más elementales están sujetos a experimentación: «La lógica es una axiomática de la razón de la cual la psicología de la inteligencia es la ciencia experimental correspondiente».1601 Piaget rechaza que se pueda establecer distinción alguna entre proceso empírico de génesis de las normas y validez de esas mismas normas, lo que haría innecesaria a la filosofía. Sin embargo, las afirmaciones en virtud de las cuales Piaget sostiene tal postulado resultan, empero, palmariamente filosóficas: ¿cómo, en efecto, probar experimentalmente, insistamos en ello, el principio experimentalista? Asimiladas así a hechos, a necesidades reales, las leyes lógicas (ideales) ya no son susceptibles de legitimar racionalmente el discurso del psicólogo y del epistemólogo, se reducen a estructuras del cerebro humano gobernadas por el principio de causalidad, esto es, a órganos psíquicos que, en razón de los azares de la evolución biológica, exhiben una forma concreta, pero bien podrían mostrar otra completamente distinta. Sólo en este contexto relativista cabe hablar de una experimentación lógica. Tamaño desgarramiento interno de la razón, que escinde inteligencia y validez, ha definido la modernidad y abierto las puertas al totalitarismo. No debe extrañarnos, por ende, que Piaget se declare marxista. Hete aquí el irónico comentario de Heidegger:



La inmodificabilidad de nuestra alma y de su constitución fundamental -en tanto que absolutamente permanente- no podemos deducirla. Quedamos sujetos a este fáctum, y por tanto a la contingencia y condicionalidad de lo fáctico. No se excluye la posibilidad de un cambio de nuestra organización, de modo que al cabo de un milenio los hombres a lo mejor tendrán que pensar: 2x2=5. O a lo mejor ya ahora otros seres vivos de otros planetas organizados de otro modo tienen una organización psíquica que funciona sin esos principios y que piensa bajo la regulación de otros.1602



La consecuencia es el relativismo y, por ende, el derrumbamiento de iure de la institución científica, librada de esta suerte a merced de la política de partido, de los poderes económicos y, a la postre, del nihilismo, que expresa la verdad interna de la racionalidad instrumental. La filosofía —para Husserl y para el primer Heidegger— no pretende, subrayémoslo, usurpar el papel de la ciencia, sino justificarla de forma coherente consigo misma. De suerte que tal renuncia a pronunciarse sobre hechos implica retener toda la legitimidad a la hora de ponderar no sólo los fundamentos gnoseológicos, epistemológicos, éticos e institucionales (=políticos) del saber científico, sino la esencia del entero campo de los fenómenos (y las correspondientes ontologías regionales) irreductibles a la cuantificación y a la positivización sensorial. En este sentido, pero sólo en éste, podríamos hablar de la filosofía como ciencia originaria y, por ende, del fundamento de una crítica ilustrada al utilitarismo de la razón instrumental y a las consecuencias nihilistas del proyecto veteromoderno.



Las mencionadas cuestiones son, a nuestro juicio, insoslayables si se quiere entender el punto de partida heideggeriano y el contexto de descubrimiento de su idea de ciencia. Tales preguntas fueron planteadas por Husserl mucho antes de que Heidegger intentara darles respuesta, por ejemplo en La filosofía como ciencia estricta (1911). En La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental (1934-1937) se manifiesta el tenor de la relación entre la cuestión teórica pura y su dramática expresión social, de la que Husserl se hizo tempranamente consciente, a pesar de que su preocupación sólo se fuera agravando y manifestando expresamente de forma paralela a la conflictiva evolución política del continente europeo:



La exclusividad con la que en la segunda mitad del siglo XIX se dejó determinar la visión entera del mundo del hombre moderno por las ciencias positivas y se dejó deslumbrar por la prosperity hecha posible por ellas, significó paralelamente un desvío indiferente respecto de las cuestiones realmente decisivas para una humanidad auténtica. Meras ciencias de hechos hacen meros hombres de hechos. El viraje en la estima y valoración públicas resultó inevitable sobre todo después de la guerra, y en la generación más joven dio de sí, como es bien sabido, un sentimiento claramente hostil. En nuestra indigencia vital -oímos decir- nada tiene esta ciencia que decirnos. Las cuestiones que excluye por principio son precisamente las más candentes para unos seres sometidos, en esta época desventurada, a mutaciones decisivas: las cuestiones relativas al sentido o sinsentido de la entera existencia humana.1603



Estas son las cuestiones que se plantea Heidegger en 1919, después de haber participado discretamente en la Primera Guerra Mundial y bajo la amenaza de una extensión a Alemania de la sanguinaria revolución bolchevique, ejemplo de cosificación del hombre y de su reducción a mero material desechable sólo sobrepujada, en ocasiones, por las prácticas del propio sistema liberal (como él mismo sostendrá más adelante en sus Beiträge, donde llega incluso a mencionar la quema de iglesias en la España republicana). El propio Heidegger hace referencia explícita al proceso de surgimiento de la fenomenología y a sus motivos de ruptura en dirección a la ontología fundamental. A tal efecto, son importantes textos como el capítulo I de la Parte Preparatoria en los Prolegómenos para una historia del concepto de tiempo (1925), donde resume el “origen e inicios de la investigación fenomenológica” y de alguna manera recapitula su trayectoria. El punto de partida de estas lecciones de 1925 es precisamente la crisis de las ciencias y la necesidad de superarla. Heidegger se expresa en términos análogos a los de Husserl en La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental citados más arriba:



(…) nos hallamos verdaderamente desesperados con las ciencias y su sentido (...) la verdadera crisis es la que se da en las propias ciencias, que consiste en que la relación fundamental de las ciencias particulares con las cosas que son su objeto de investigación se ha vuelto problemática, cuestionable.1604
 
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Los lógicos psicologistas desconocen las esenciales y eternas diferencias entre la ley ideal y la ley real, entre la regulación normativa y la regulación causal, entre la necesidad lógica y la real. No hay gradación capaz de establecer términos medios entre lo ideal y lo real.1600



El mérito de Heidegger consistirá en retroceder aquende dicho plano “ideal” y conquistar para la filosofía un continente trascendental nuevo, a saber, el de la fundamentación existenciaria de la propia ciencia en esa instancia constituyente de mundo que es el Dasein, lugar existencial del mandato (Triftigkeit) del Geist. Sin embargo, la ciencia empírica no se dará por vencida. Frente a Husserl, renunciará a resolver el problema crucial de su fundamentación suspendiendo toda toma de postura filosófica y remitiendo al estudio de “procesos de conocimiento concretos” —como es el caso de Piaget con su epistemología genética—, la cuestión de la validez normativa. De manera que, aunque este autor niegue el carácter psicologista de sus teorías, lo cierto es que parte del supuesto de que no existen lo que él llama verdades “eternas” y de que incluso los procesos aritméticos más elementales están sujetos a experimentación: «La lógica es una axiomática de la razón de la cual la psicología de la inteligencia es la ciencia experimental correspondiente».1601 Piaget rechaza que se pueda establecer distinción alguna entre proceso empírico de génesis de las normas y validez de esas mismas normas, lo que haría innecesaria a la filosofía. Sin embargo, las afirmaciones en virtud de las cuales Piaget sostiene tal postulado resultan, empero, palmariamente filosóficas: ¿cómo, en efecto, probar experimentalmente, insistamos en ello, el principio experimentalista? Asimiladas así a hechos, a necesidades reales, las leyes lógicas (ideales) ya no son susceptibles de legitimar racionalmente el discurso del psicólogo y del epistemólogo, se reducen a estructuras del cerebro humano gobernadas por el principio de causalidad, esto es, a órganos psíquicos que, en razón de los azares de la evolución biológica, exhiben una forma concreta, pero bien podrían mostrar otra completamente distinta. Sólo en este contexto relativista cabe hablar de una experimentación lógica. Tamaño desgarramiento interno de la razón, que escinde inteligencia y validez, ha definido la modernidad y abierto las puertas al totalitarismo. No debe extrañarnos, por ende, que Piaget se declare marxista. Hete aquí el irónico comentario de Heidegger:



La inmodificabilidad de nuestra alma y de su constitución fundamental -en tanto que absolutamente permanente- no podemos deducirla. Quedamos sujetos a este fáctum, y por tanto a la contingencia y condicionalidad de lo fáctico. No se excluye la posibilidad de un cambio de nuestra organización, de modo que al cabo de un milenio los hombres a lo mejor tendrán que pensar: 2x2=5. O a lo mejor ya ahora otros seres vivos de otros planetas organizados de otro modo tienen una organización psíquica que funciona sin esos principios y que piensa bajo la regulación de otros.1602



La consecuencia es el relativismo y, por ende, el derrumbamiento de iure de la institución científica, librada de esta suerte a merced de la política de partido, de los poderes económicos y, a la postre, del nihilismo, que expresa la verdad interna de la racionalidad instrumental. La filosofía —para Husserl y para el primer Heidegger— no pretende, subrayémoslo, usurpar el papel de la ciencia, sino justificarla de forma coherente consigo misma. De suerte que tal renuncia a pronunciarse sobre hechos implica retener toda la legitimidad a la hora de ponderar no sólo los fundamentos gnoseológicos, epistemológicos, éticos e institucionales (=políticos) del saber científico, sino la esencia del entero campo de los fenómenos (y las correspondientes ontologías regionales) irreductibles a la cuantificación y a la positivización sensorial. En este sentido, pero sólo en éste, podríamos hablar de la filosofía como ciencia originaria y, por ende, del fundamento de una crítica ilustrada al utilitarismo de la razón instrumental y a las consecuencias nihilistas del proyecto veteromoderno.



Las mencionadas cuestiones son, a nuestro juicio, insoslayables si se quiere entender el punto de partida heideggeriano y el contexto de descubrimiento de su idea de ciencia. Tales preguntas fueron planteadas por Husserl mucho antes de que Heidegger intentara darles respuesta, por ejemplo en La filosofía como ciencia estricta (1911). En La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental (1934-1937) se manifiesta el tenor de la relación entre la cuestión teórica pura y su dramática expresión social, de la que Husserl se hizo tempranamente consciente, a pesar de que su preocupación sólo se fuera agravando y manifestando expresamente de forma paralela a la conflictiva evolución política del continente europeo:



La exclusividad con la que en la segunda mitad del siglo XIX se dejó determinar la visión entera del mundo del hombre moderno por las ciencias positivas y se dejó deslumbrar por la prosperity hecha posible por ellas, significó paralelamente un desvío indiferente respecto de las cuestiones realmente decisivas para una humanidad auténtica. Meras ciencias de hechos hacen meros hombres de hechos. El viraje en la estima y valoración públicas resultó inevitable sobre todo después de la guerra, y en la generación más joven dio de sí, como es bien sabido, un sentimiento claramente hostil. En nuestra indigencia vital -oímos decir- nada tiene esta ciencia que decirnos. Las cuestiones que excluye por principio son precisamente las más candentes para unos seres sometidos, en esta época desventurada, a mutaciones decisivas: las cuestiones relativas al sentido o sinsentido de la entera existencia humana.1603



Estas son las cuestiones que se plantea Heidegger en 1919, después de haber participado discretamente en la Primera Guerra Mundial y bajo la amenaza de una extensión a Alemania de la sanguinaria revolución bolchevique, ejemplo de cosificación del hombre y de su reducción a mero material desechable sólo sobrepujada, en ocasiones, por las prácticas del propio sistema liberal (como él mismo sostendrá más adelante en sus Beiträge, donde llega incluso a mencionar la quema de iglesias en la España republicana). El propio Heidegger hace referencia explícita al proceso de surgimiento de la fenomenología y a sus motivos de ruptura en dirección a la ontología fundamental. A tal efecto, son importantes textos como el capítulo I de la Parte Preparatoria en los Prolegómenos para una historia del concepto de tiempo (1925), donde resume el “origen e inicios de la investigación fenomenológica” y de alguna manera recapitula su trayectoria. El punto de partida de estas lecciones de 1925 es precisamente la crisis de las ciencias y la necesidad de superarla. Heidegger se expresa en términos análogos a los de Husserl en La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental citados más arriba:



(…) nos hallamos verdaderamente desesperados con las ciencias y su sentido (...) la verdadera crisis es la que se da en las propias ciencias, que consiste en que la relación fundamental de las ciencias particulares con las cosas que son su objeto de investigación se ha vuelto problemática, cuestionable.1604

Sin crítica ni retranca. Explicación del texto:

El fragmento desarrolla la crítica al psicologismo, la defensa de la distinción entre leyes ideales y reales, y la posición de Heidegger frente a Husserl en la fundamentación de la ciencia.

Puntos clave:

1. Distinción tajante entre ideal y real (Husserl): Los lógicos psicologistas ignoran la diferencia esencial entre ley ideal y ley real, entre regulación normativa y causal, entre necesidad lógica y real. No hay gradación que establezca términos medios entre lo ideal y lo real.

2. El mérito de Heidegger: Retrocede "aquende" el plano ideal de Husserl y conquista un nuevo continente trascendental: la fundamentación existenciaria de la ciencia en el Dasein como instancia constituyente de mundo. El Dasein es el lugar existencial del mandato (Triftigkeit) del Geist.

3. Respuesta de la ciencia empírica (Piaget): Frente a Husserl, la ciencia empírica renuncia a resolver el problema de su fundamentación suspendiendo toda toma de postura filosófica. Piaget, con su epistemología genética, remite la cuestión de la validez normativa al estudio de "procesos de conocimiento concretos". Niega el carácter psicologista de sus teorías, pero parte del supuesto de que no existen verdades eternas y de que los procesos aritméticos más elementales están sujetos a experimentación. Su tesis: "La lógica es una axiomática de la razón de la cual la psicología de la inteligencia es la ciencia experimental correspondiente".

4. Crítica a Piaget: Rechaza la distinción entre proceso empírico de génesis de las normas y validez de esas normas. Eso haría innecesaria a la filosofía. Pero sus afirmaciones son filosóficas: ¿cómo probar experimentalmente el principio experimentalista? Al asimilar las leyes lógicas a hechos (necesidades reales), ya no legitiman racionalmente el discurso del psicólogo. Se reducen a estructuras cerebrales gobernadas por la causalidad, contingentes y variables. En ese contexto relativista cabe hablar de "experimentación lógica".

5. Consecuencia: relativismo y derrumbe de la ciencia: Si la lógica depende de la organización psíquica humana, no se excluye que en un milenio los hombres tengan que pensar "2x2=5" o que otros seres de otros planetas piensen con otras reglas. Eso es el relativismo, el derrumbamiento de iure de la institución científica, librada a la política de partido, los poderes económicos y el nihilismo, que expresa la verdad interna de la racionalidad instrumental. El texto añade: "No debe extrañarnos por ende que Piaget se declare marxista".

6. Filosofía no usurpa la ciencia: La filosofía (Husserl, primer Heidegger) no pretende ocupar el lugar de la ciencia, sino justificarla de forma coherente consigo misma. Renuncia a pronunciarse sobre hechos, pero retiene legitimidad para ponderar los fundamentos gnoseológicos, epistemológicos, éticos e institucionales del saber científico, así como la esencia de fenómenos irreductibles a la cuantificación. Solo en ese sentido cabe hablar de filosofía como ciencia originaria y fundamento de una crítica ilustrada al utilitarismo y al nihilismo del proyecto veteromoderno.

7. Contexto histórico: La crisis de las ciencias europeas (Husserl, 1934-37): La exclusividad de las ciencias positivas en el siglo XIX y la prosperity que generaron llevaron a un desvío de las cuestiones decisivas para una humanidad auténtica. "Meras ciencias de hechos hacen meros hombres de hechos". Tras la guerra, la generación joven siente hostilidad hacia la ciencia, que nada tiene que decir en la indigencia vital. Las cuestiones que excluye son las más candentes: el sentido o sinsentido de la existencia humana.

8. Heidegger en 1919: Plantea estas cuestiones tras la Primera Guerra Mundial, bajo la amenaza de la revolución bolchevique, ejemplo de cosificación del hombre. En sus Beiträge menciona la quema de iglesias en la España republicana como ejemplo de esa cosificación.

9. La crisis de las ciencias y la fenomenología (Heidegger, 1925): En los Prolegómenos para una historia del concepto de tiempo, el punto de partida es la crisis de las ciencias y la necesidad de superarla. Heidegger: "nos hallamos verdaderamente desesperados con las ciencias y su sentido (...) la verdadera crisis es la que se da en las propias ciencias, que consiste en que la relación fundamental de las ciencias particulares con las cosas que son su objeto de investigación se ha vuelto problemática, cuestionable".

Resumen: El texto defiende la distinción entre leyes ideales y reales (Husserl) frente al psicologismo y el relativismo (Piaget). La filosofía no compite con la ciencia empírica sino que fundamenta sus condiciones de posibilidad. Heidegger lleva esa fundamentación al plano existenciario del Dasein. El relativismo lógico (Piaget) lleva al nihilismo y al totalitarismo. La crisis de las ciencias es la incapacidad de responder a las preguntas sobre el sentido de la existencia, cuestión que Husserl y Heidegger retoman desde la fenomenología.
 

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