De empollón de clase a auxiliar de biblioteca municipal: plaza fija y rutina tranquila
Siempre con un libro bajo el brazo, gafas y ningún interés por el fútbol. A ese chaval los profesores le auguraban un cargo de jefe, de mandamás, de responsable de algo. Ha terminado de auxiliar en una biblioteca municipal de distrito. El caso, contado sin nombres propios, ha reunido 255 intervenciones a lo largo de casi tres años y deja una pregunta incómoda: ¿es un fracaso o es la jugada más rentable que se puede hacer con un título?
La escuela premia la memoria. El mercado paga otra cosa. Y en ese desfase se ha instalado una generación que hizo los deberes y se encontró la puerta cerrada.
El relato del mérito se rompe justo cuando el que sacaba matrículas de honor acaba colocando libros en una estantería y el que copiaba en los exámenes presume de cochazo.
¿Es un chollo el puesto de auxiliar de biblioteca?
Reaparece un dato recurrente: los estudios de satisfacción laboral sitúan al bibliotecario entre los oficios más felices. Responsabilidad justita, un trabajo desenfadado, rodeado de libros y con sueldo de funcionario.
Funci, dicen. Y lo rematan:
en ocho horas da tiempo a hacer dos trabajos, porque entre devolución y devolución sobran tiempos muertos.
El argumento se estira hasta el detalle doméstico. Nadie te vigila, cierras en tu horario, acumulas vacaciones, la baja no te la discute nadie y en invierno trabajas calentito. Hay quien sostiene que compensa más eso que un puesto algo mejor pagado con un jefe encima y el móvil sonando a las diez de la noche. La diferencia entre un sueldo y una nómina con paz mental no aparece en ninguna estadística oficial, y ahí el cálculo se pone interesante.
La carrera de la rata premium ya no la quiere nadie
El segundo bloque del asunto es generacional. Quien ha visto en su familia que promocionar apenas mueve la nómina pero multiplica las reuniones acaba eligiendo un puesto intermedio: horario flexible, compañeros apañados, sueldo que cubre y cero ambición por el cargo.
Ascender se percibe como postureo, no como progreso.
Se lo ha llamado la
carrera de la rata premium y la etiqueta ha calado. Los que se quedan en la mitad de la pirámide no se sienten perdedores: se sienten listos. Y miran con sorna al que llama éxito a un despacho con más responsabilidad y las mismas vacaciones recortadas.
De camionero con matrículas de honor a becario con 500 euros
Los ejemplos que se cruzan van todos en la misma dirección. Un licenciado en Derecho con matrículas de honor
a cascoporro que se puso de camionero porque era su sueño. Un becario de investigación en astronomía a 500 euros al mes con 33 años y viviendo con sus padres. El número uno de selectividad de su promoción en España, hoy en trabajo social. Y en el otro lado, el segundo más empollón de la clase, director de una universidad al que cesaron a los cuatro años.
También están los que sí llegaron. El empollón convertido en consejero delegado de una empresa de 45 trabajadores que exporta el 80% de su facturación, unos 10 millones de euros. Nadie discute esos casos: el problema es que
la excepción se vende como norma y luego cada promoción descubre el reparto real.
Inteligentes contra listos: quién se lleva la pasta
Aquí el diagnóstico más repetido es de una crudeza útil: la pasta la hacen los listos, no los inteligentes. Se citan incluso espacios de divulgación económica para defender que un coeficiente intelectual alto es casi incompatible con el éxito empresarial, y que en la parada del taxi hay más gente de cociente elevado de la que uno imagina.
Cierto o no, la frase ordena el desorden. Sugiere que la inteligencia académica es una herramienta excelente para aprobar y mediocre para negociar, vender o especular. De ahí que el título universitario funcione como suelo y no como techo: garantiza una nómina modesta y estable, no el
pelotazo.
«El país está quebrado porque todos acaban de funcionarios»
La versión agria del asunto culpa al empleo público del estancamiento: demasiada gente sobrevalorada memorizando leyes y aportando poco a cambio de un sueldo garantizado. Es una corriente que se repite con insistencia y que mezcla dos cosas distintas —el tamaño del sector público y la calidad del empleo privado— para llegar a una conclusión que no se sostiene sola.
Frente a eso, la defensa es sencilla: el que tiene plaza fija no depende del humor de un jefe ni de una ronda de financiación. Y hay un diagnóstico de fondo que sí merece atención: el modelo escolar que separa por notas y promete recompensa automática a quien obedece estaría dando sus últimos coletazos.
Dónde se atasca la comparación
Nadie ha medido todavía la felicidad con la nómina. El del coche caro sigue en
cortocircuito porque su vecino llega a la playa con un vehículo de segunda mano y cero gastos de reparación. El de la biblioteca coloca el libro en su sitio a las cinco y se va a casa. Y el que sacó matrículas de honor conduce un camión y dice que es feliz.
Con esos mimbres, el veredicto depende por completo de dónde se ponga la raya: en el sueldo, en el estatus o en las horas que uno pasa sin que nadie le dé órdenes. El asunto se cierra siempre en el mismo punto ciego, y ahí sigue.