Afganistán: la derrota de EEUU que algunos leen como un pacto
Llueven las explicaciones y ninguna cuadra del todo. Un país con una de las rentas per cápita más bajas del planeta, sin aviación ni industria militar, pone fin a la guerra más larga de Washington. La toma de Kabul en agosto de 2021 dejó abierta una pregunta incómoda: ¿cómo un ejército con todo el dinero del mundo se marcha en cuestión de días ante un rival que ni siquiera vuela? Un lado del asunto lo explica por la
fe y la cohesión interna, que valdrían más que cualquier presupuesto de Defensa. El otro sospecha que aquí no hubo milagro, sino
función teatral a mayor gloria del contribuyente.
¿Ganaron los talibanes o les dejaron ganar?
Hay una lectura que recorre buena parte de los análisis: el desplome del ejército afgano fue tan rápido que no cabía esperar otra cosa. Formado y financiado durante dos décadas, se deshizo sin apenas combatir y entregó el terreno. Quien defiende esta tesis añade un detalle incómodo: cuando el adversario decide no pelear, ninguna superioridad de material sostiene la posición. «Es de primero de Estrategia no mantener tropas tanto tiempo en territorio enemigo», resume uno de los argumentos que más se repiten.
En contra pesa la objeción obvia. Retirarse no es ganar, y presentar una huida como un cálculo frío es lo que hace todo el que pierde. La velocidad del avance, la caída de provincias enteras sin un disparo y la estampida del personal local apuntan menos a una decisión quirúrgica que a un
fracaso de inteligencia y de moral que nadie firmó. El matiz importa porque cambia quién paga la factura: si fue una elección, la culpa es política; si fue un derrumbe, es estructural.
El opio, las bases y el ojo puesto en Irán
La segunda línea de análisis abandona el plano militar y baja al mapa. Circula la hipótesis de un entendimiento tácito entre los talibanes y determinados intereses regionales para convertir el país en plataforma contra Irán. La pega es de lógica elemental: sacar de Afganistán las bases que servirían precisamente para rodear al vecino iraní es un movimiento raro para quien preparase esa jugada. La contradicción se queda sin resolver, y ahí sigue.
Lo que sí tiene recorrido es el dinero. El primer régimen talibán prohibió el cultivo de amapola en 2000 y el país volvió después a producir la mayor parte de la heroína mundial. Quien miraba ese dato entonces se pregunta ahora si la libertad de acción interna se negocia a cambio de que el opio vuelva a fluir hacia fuera. No hay cifra que lo cierre, solo la sospecha razonable.
A escala estratégica aparece otra tesis: que Afganistán funciona como laboratorio de terceros, un conflicto por delegación donde se prueba barato lo que saldría carísimo en directo. «Puede que tengan pensado hacer un conflicto proxy con Irán apoyando a los talibanes indirectamente, es menos costoso en vidas y en presupuesto», apunta una de las hipótesis que se barajan.
Las teorías que circulan sin pruebas
Conviene separar el análisis de la fantasía. En paralelo a las lecturas geopolíticas corre un relato que lo ata todo a una supuesta mano oculta global, a un pacto secreto entre potencias y a la idea de que nada de lo que se ve en pantalla es real. Las imágenes de gente aferrada a un avión en la pista se leen como montaje, igual que antes se negaron las escenas de la pandemia. De esas afirmaciones no hay prueba alguna, y varias de ellas se apoyan en tópicos
conspiranoicos de viejo cuño que ningún dato respalda.
El mismo saco recoge ocurrencias sueltas: que si los talibanes no están vacunados y por eso no se mueren, que si el covid reorganiza el tablero. Son bravatas de barra de bar con formato de tesis. El detalle que sí se sostiene es otro: que la caída de Kabul rompió el aura de invencibilidad del ejército estadounidense, y esa imagen, real o no, es la que vale en el mercado de los relatos.
La fe como ventaja competitiva: el relato del vencedor
La parte que más se jalea en determinados círculos es la que atribuye el resultado a una superioridad espiritual. Un país con una religión fuerte, un código cerrado y tolerancia cero con la disidencia interna estaría inmunizado contra la propaganda y la desmovilización que corroen a las sociedades secularizadas. La idea se adorna con episodios históricos de resistencia numantina y con la sentencia de que quien teme a Dios no teme a la muerte.
El problema de ese romanticismo es que confunde imponer con convencer. El dominio talibán no se asienta en una adhesión libre, sino en la fuerza: castigos ejemplares, amputaciones por hurto y ejecuciones públicas sostienen el orden. «La gente de allí no quiere talibanes, ellos se imponen a la fuerza», resume la letra pequeña que el entusiasmo por el vencedor suele saltarse. Confundir obediencia con legitimidad es el error más viejo del manual.
Queda la pregunta gorda, la que nadie cierra: si el que se marcha pierde y el que se queda gana, ¿qué impide replicar el método en cualquier país con fe a mano y vecino interesado? Quien tenga una respuesta limpia, que la enseñe.