El cerco ruso sobre Severodonetsk avanza desde Popasna
El ejército ruso ha roto el frente por el sur y el cerco sobre Severodonetsk está,
sobre el papel, a un paso. La pieza que falta no está en la ciudad asediada ni en las ruinas de Azovstal: está en
Popasna, un municipio de menos de 20.000 habitantes desde el que las fuerzas rusas y sus aliados han tomado en pocas horas una serie de localidades que estrechan la bolsa. El mapa vale más que cualquier parte de guerra.
La contradicción aparece ya en los análisis diarios sobre Ucrania: insisten en que Kiev no parece dispuesto a intercambiar espacio por tiempo —«conscientes de que cualquier pérdida territorial difícilmente podrá ser revertida en el futuro»— y, dos líneas más abajo, aconsejan reservar fuerzas para «futuras contraofensivas». Ambas cosas no caben. Si el territorio perdido es irrecuperable, ¿para qué guardar nada?
El avance desde Popasna cambia el mapa del Donbás
Los ucranianos tenían líneas defensivas cerca de Popasna y no las usaron. Se replegaron a Soledar. El resultado es un avance ruso más rápido de lo previsto y, por primera vez, con la
proporción de 3 a 1 que se considera mínima para atacar con garantías. El peligro ya no es la ciudad: es que los rusos fijen ahí a las unidades ucranianas y corten la única carretera que abastece a Severodonetsk y a todo el contingente de la zona. Una bolsa considerable.
El analista austriaco
Tom Cooper calificó la situación cerca de Popasna como «la más crítica» para las Fuerzas Armadas ucranianas. Hay quien responde que la mayor ciudad tomada hasta la fecha —Popasna— tenía menos de veinte mil habitantes, y que eso, para un ejército con más de tres meses de campaña, es un rendimiento pobre. El contrapunto: ni Sumy, ni Járkov, ni Kiev, ni Chernigov cayeron pese a los asedios.
¿Por qué importa la proporción 3 a 1 en un ataque?
El manual dice que para tomar una posición defendida hace falta una superioridad de tres a uno. Que Rusia alcance ese umbral por primera vez en el sector de Popasna explica la velocidad. Antes avanzaba por repliegue del adversario; ahora empuja con la masa que exige el reglamento.
Aquí surge el primer problema de las cuentas. Rusia ha desplegado un
máximo de 200.000 soldados, siempre por debajo del contingente ucraniano. Con menos tropas sobre el terreno, el ataque frontal solo compensa en puntos concretos. De ahí que el avance sea desigual y que el frente se rompa donde las unidades están a tres contra uno, no en todas partes.
La aritmética del presupuesto y de la guerra corta
El presupuesto de defensa de Ucrania equivale a
1/18 del de la OTAN y a 1/11 del de Estados Unidos. Con esas cifras, tres meses de resistencia no son un fracaso; son lo que cabe esperar.
Sobre el coste, el argumento recurrente es que una guerra rápida siempre sale más barata. No necesariamente. Una campaña corta obligaría a movilizar a un millón de soldados —los números de la invasión alemana de Polonia— y no se cerraría con dos o tres mil bajas. Luego llega el coste de controlar el territorio, las tropas fijadas, porque no basta con vencer: hay que administrar lo conquistado. Ucrania, por su parte, ha recuperado entre
5.000 y 7.000 kilómetros cuadrados de los 130.000 perdidos. Ahí está el balance de la contraofensiva.
Los frentes que Rusia no puede tapar
Rusia pelea con varios flancos abiertos en potencia: Polonia entrando en Bielorrusia, las repúblicas bálticas, Finlandia, el Cáucaso, cualquier república de Asia Central. La pregunta que sobrevuela es cuántas de esas amenazas caben en un mismo presupuesto. Estados Unidos no tiene ese problema en su hemisferio; no hay bases que no sean suyas.
En el plano económico, una corriente subraya que
China compra energía y materias primas rusas con descuentos en torno al 30%. El efecto, según esta lectura, es que Washington ha empujado a Moscú y Pekín a acercar posiciones frente a un bloque occidental que mantiene las sanciones.
Guerra Civil española y el punto muerto de Lysychansk
Para leer el frente se recurre a un paralelismo histórico. En noviembre de 1936 los diarios internacionales daban por hecha la entrada en Madrid y no ocurrió: ni Jarama ni Guadalajara rompieron la defensa, y hubo reservas republicanas hasta el final. La comparación tiene defensores y detractores; ninguna de las dos guerras se parece en escala.
Con el frente roto en el vértice, la atención se traslada a Lysychansk y al terreno: laderas, bosques y ríos que encarecen cada kilómetro. Hay quien sostiene que los rusos se han atascado. La respuesta: machacar día tras día sin prisa es también una táctica, y la artillería solo rentabiliza el desgaste si el avance continúa.
El desenlace sigue abierto. Si el cerco se cierra, la caída de Severodonetsk será cuestión de tiempo; si se abre, este análisis habrá envejecido mal. Con los números disponibles, lo segundo es hoy menos probable que lo primero, pero nada de esto está escrito.